lunes, 6 de octubre de 2014

TEMA: CAMINOS Y MEDIOS PARA VIVIR NUESTRA ESPIRITUALIDAD MISIONERA


Cada uno de nosotros, ¿cuáles pasos podríamos dar ahora en nuestra escuela de amor con Jesús? ¿Qué estilo de vida, cuál espiritualidad asumir? ¿Cómo realizar nuestra identidad personal en la comunidad eclesial concreta y en la misión que realizamos? Reflexionemos juntos para encontrar respuestas a estos interrogantes vitales.



Antes de responder a estas preguntas vitales, definamos el concepto de espiritualidad. La espiritualidad es el conjunto de caminos y medios propios para vivir según el Espíritu, o sea, para colaborar a la obra de santificación que el Espíritu se propone realizar en nosotros y en el mundo (cfr. Pontificium Opus a Sancta Infantia).

La espiritualidad cristiana:

·         - Hace referencia a la obra del Espíritu Santo en nosotros,

·         - Indica "caminar según el Espíritu" (Rom 8,4.9), bajo su acción renovadora ,

·         - Vivir una vida "espiritual", en la cual conseguimos una renovación continua.

·        -  Vivir el "estilo" de vida "cristiano", como El, dejando que el Espíritu Santo nos configure progresivamente a Él.



         La ESPIRITUALIDAD MISIONERA es:

·         - Centrar y orientar la vida a la misión, en plena docilidad al Espíritu Santo.

·         - Vivir la vida cristiana con su esencial dimensión misionera universal.

·         - Vivir según el estilo "misionero" de Cristo, Buen Pastor.

·         - Asumir la misión como fuente, camino y medio propio para la santificación personal y comunitaria. Nos santificamos en la misión y por la misión conseguimos las tres cosas que caracterizan la santidad cristiana (cf Lumen Gentium. 4 0 ): unirnos más a Dios, perfeccionar nuestra caridad y tener una vida más "cristiana".



         Aparece claro, entonces, que la espiritualidad auténticamente cristiana es misionera. Ella es la base de nuestra comunión con Jesús y con las demás personas; es la fuente y motor de nuestro servicio misionero. Pensamos, sentimos, vivimos y servimos como misioneros, al estilo del Buen Pastor, bajo la guía del Espíritu Santo, que es el protagonista de la misión.



         Así, pues, asumimos y vivimos nuestra espiritualidad misionera para ser santos, para producir frutos en nuestra vida personal y para tener la eficacia evangélica en nuestra misión.


         Esta espiritualidad misionera tiene su fuente y su término en la Trinidad (dimensión Trinitaria), se vive en la comunidad eclesial (dimensión eclesial) y encarna la Caridad pastoral en el servicio al hombre en la historia y en el mundo (dimensión antropológica). 


1. ESPIRITUALIDAD DE COMUNION CON DIOS: CON EL PADRE, POR CRISTO, EN EL ESPIRITU

·         La espiritualidad misionera ayuda a ir hacia el Padre, por Cristo, en el Espíritu. Configura la vida del cristiano y de la comunidad a imagen de la Vida, Verdad y Amor que se viven en la comunión Trinitaria. Hace que el cristiano aproveche la comunión trinitaria siempre como su fuente y modelo de vida.

·         Lleva a vivir en una comunión íntima de vida y de servicio con El y conforme a su estilo. La vida y la misión servirán para anunciar la salvación universal en Jesucristo. Ayuda a ser "contemplativo" en el discernimiento espiritual de la Voluntad de Dios.

·         Lleva a vivir la vida en plena docilidad y colaboración al Espíritu (RM 88) que obra en nosotros y a través de nosotros. Se vive y se sirve con la vida nueva que alimenta el Espíritu, mediante su acción y sus dones. Somos instrumentos al servicio del Espíritu.

·         Damos a Dios la respuesta continua a través de la fe, la esperanza y la caridad teologales.

Como hemos visto, el seguimiento de Jesucristo , en su escuela de amor, implica vivir con Él y vivir como El :

        Vivir con El: cada día, acercarnos y unirnos más a Él, compenetrarnos como sus amigos, permanecer en Su Amor. Para ello es fundamental comprender a Jesucristo como el "enviado" que nos envía Eso exige que nosotros lo descubramos presente, actuante como Salvador hoy, mañana y siempre; que nosotros vivamos en una íntima comunión con El. Nos reconocemos y obramos como enviados de Jesús. Y vamos acompañándolo. Somos sus enviados, sus compañeros, sus mensajeros, los que vamos a mostrarlo en donde ya Él nos esté esperando (Cfr. RM 88). En la profundización de esta convivencia amorosa con Él nos ayuda de manera especial la Eucaristía, la escucha de la Palabra y la oración personal.

         Vivir como El, asemejarnos a El: en mentalidad, criterios; manera de sentir y de actuar, en actitudes y en las acciones. Con humildad y obediencia entregar nuestra vida al estilo de Jesús. Es el Espíritu Santo quien va realizando esa transformación en nosotros para vivir como El. Esto exige comprometernos con El cada vez más: Ser "discípulo" y "testigo", escuchando la Palabra y poniéndola en práctica... Poner a disposición de Jesús toda nuestra persona, vida, corazón, mente y bienes.

         El fundamento de nuestra vida, de nuestro crecimiento y de nuestra misión está en " vivir con El" y " vivir como El”.

         El camino seguro para ello es la docilidad plena al Espíritu Santo. Como los Apóstoles hemos de tener "docilidad", o sea una apertura y colaboración activa a lo que el Espíritu Santo quiere obrar en nosotros. Él nos ayuda de muchas maneras pero, sobre todo, en dos formas: la primera, dándonos el don de la fortaleza, que se manifiesta después en valentía apostólica, en ardor misionero, en entusiasmo, en fortaleza. La segunda, con el don del discernimiento, que es conocimiento, luz, para comprender y obrar la voluntad de Dios; capacidad que Dios pone en nosotros para que comprendamos y comuniquemos la sabiduría de Dios. La obra del espíritu Santo es la de ir plasmando, forjando, en nosotros la imagen de Jesús para que la podamos transparentar. Entonces, la docilidad es dejarse conducir por el Espíritu Santo, dejar que El obre en uno para vivir y obrar según el estilo de Jesús. El estilo del misionero es el de la persona humilde y dócil al Espíritu Santo.

2. ESPIRITUALIDAD PARA VIVIR LA COMUNION ECLESIAL MISIONERA (RM 89)

         Jesús nos llama y nos ayuda a "unirnos en El": a vivir una creciente comunión misionera. Seguir a Jesús requiere vivir la Comunión Fraterna. Nuestra comunión con Él es la fuente y el dinamismo para la comunión con nuestros hermanos. "Unirnos en El ", es la condición para la misión.

        Jesús ha prometido estar en medio de nosotros (Mt 18, 19-20 ) , vivificando, guiando, enseñando, consolando, obrando como Buen Pastor. Nos ha pedido vivir el amor a Dios y al prójimo como el mandamiento principal, vivirlo en comunidad. Con la presencia y amistad de Jesús podemos conocernos, amarnos y servirnos los unos a los otros como expresión del amor de Dios: amar con El, como El y por El a nuestros hermanos. Esa comprensión mutua, esa unión, ese amor, nos impulsa a crecer, nos hace ser como Jesús. Alimentos decisivos para la vida comunitaria son el compartir de la Palabra, la fraternidad y el servicio, con amor a la Iglesia.

        Estamos llamados a amar a la Iglesia como la ama Jesús. Amar la Iglesia, amar en la Iglesia y amar desde la Iglesia. Este amor el misionero lo expresa en la comunión fraterna que vive con los demás y a través de la cual realiza su misión. Vive en comunidad eclesial y ayuda a madurar otras comunidades eclesiales. Realiza su misión en la Iglesia, en comunión con los pastores. Es una espiritualidad comunitaria que hace crecer la apertura para compartir en favor de la misión.

         Esta comunión fraterna hay que vivirla en comunidades eclesiales vivas, dinámicas y misioneras. O sea, reunidos en el nombre del Señor, amándonos, sirviéndonos; en Iglesia, compartiendo la fe y todo lo que tiene que ver con la fe; evangelizándonos y evangelizando. Comunidades vivas, que vivan en el Señor, que crezcan por la fuerza del Espíritu Santo y que hagan crecer a los demás comunicando la fe: comunidades misioneras.

         Una expresión del amor eclesial es hacerse "hermano universal". El estilo de Jesús es amar y servir sin fronteras, para todos y en todo; sin desesperarse de nadie, sin excluir a nadie. Él se ha entregado a la Iglesia y desde ella al mundo entero. El misionero que quiere tomar ese estilo de Jesús, ha de amar a la Iglesia como la ama Jesús, querer esta familia de la Iglesia, no andar como rueda suelta, sino estar siempre en una comunión fraterna de familia, de parroquia, de diócesis. Nuestro camino hacia Dios pasa por la Iglesia, como el de Dios hacia nosotros pasa también por ella. La Iglesia es signo e instrumento de Dios para la salvación de las personas y de las comunidades.

         ¿Cuándo se puede decir que una persona es hermano universal? Cuando tiene un corazón sin fronteras, cuando vive en comunión abierta, en comunión que se proyecta a todos. Se tendrá que notar la apertura a todos, sobre todo, a los más necesitados, a los que tienen más "hambre de Dios", sin discriminaciones y sin excluir a nadie y con una especial solicitud por toda la Iglesia universal.

         La tarea es unirnos en El, para que el mundo crea, (ver Juan 17, 21), unirnos con corazón misionero universal.

3. ESPIRITUALIDAD PARA VIVIR LA CARIDAD APOSTOLICA AL SERVICIO DEL HOMBRE (RM 89):

         "Ir con El", en su Nombre y con su poder. Es el cumplimiento del mandato y la misión: vayan y evangelicen a todas las gentes (Mt. 28, 19-20 ). "Ir con El" a "dar la vida", movidos por la caridad pastoral de Jesucristo, conforme a nuestra propia misión.

         El camino es ser santos para ser misioneros y ser misioneros para ser santos: Para ello, se nos propone que asumamos el estilo de Jesús Buen Pastor (cf. Jn 10), que conoce las ovejas, va delante de ellas, las guía, las orienta, les da lo que necesitan, las ayuda. Y, lo más expresivo: el Buen Pastor da la vida por las ovejas con un amor hasta el extremo. Vivir una espiritualidad misionera exige anonadarse con Jesús y como El, asumir esos sentimientos, su manera de actuar, su estilo de vida. Ese estilo de vida y de servicio, esa caridad pastoral, es lo que se llama caridad apostólica.

         La caridad apostólica se describe como sentir el ardor de Cristo por las personas, el celo apostólico por las personas, según el modelo de Jesús incansable, entregado, obediente, no ahorra esfuerzos, se dá de todo corazón. Esa caridad apostólica se manifiesta, por ejemplo, en ternura, como la que tenía Jesús en el trato con la gente; atención, con dedicación a cada persona y a cada comunidad; compasión, para no ser un juez del otro sino un hermano, dándole la mano; acogida, disponibilidad, interés por las necesidades de los otros.

         La vida y la misión del cristiano se desarrollan en una sintonía creciente con Cristo Pastor. Esto lo lleva a asumir su caridad o amor de Buen Pastor, con lo cual se adquieren unas actitudes interiores especiales, que hacen más fecunda en frutos la misión. Expresión de esta espiritualidad es la disponibilidad misionera creciente para dar la vida con Jesús, como El y por El, sobre todo por la misión ad gentes (primera evangelización de los no cristianos).

          El cristiano, conforme a su propia vocación, encuentra su plenitud en la realización auténtica de su misión. La espiritualidad misionera le ayuda a comprender y a encarnar en su propia vida los valores evangélicos, que después él mismo ha de promover en su comunidad y más allá de sus fronteras. Crece su sensibilidad misionera y su compromiso de servir a los más necesitados. Por otra parte, al tomar conciencia de la propia responsabilidad misionera, el cristiano asume con renovado entusiasmo su vocación a la santidad. Vivir la espiritualidad misionera es estar en el camino hacia la plena vivencia de las Bienaventuranzas, con una alegría interior universal, que no tiene comparación.

         El Señor nos ha dado vida nueva para que nosotros la comuniquemos y produzcamos fruto. Y la orientación fundamental de toda nuestra vida es evangelizarnos y evangelizar. Evangelizar a todas las gentes, cada uno según su propia vocación, según los dones que haya recibido. Tenemos que ser honrados con Dios y ser misioneros comunicando, como buenos administradores de los bienes de Dios, lo que el nos da para servir a los demás. Así, seremos los primeros en recibir más dones, tanto de Dios como de los demás hermanos.

         El misionero es, entonces, el hombre de la caridad, la persona que más ama con el amor de Dios; es signo y especial instrumento del amor de Dios, dando la vida por sus hermanos.

         En cada servicio, pequeño o grande, el misionero aprende a unirse más a Jesús, perfecciona su caridad apostólica y da pasos en su configuración con el Buen Pastor, por obra del Espíritu Santo.

        La espiritualidad misionera demuestra un amor filial a María y promueve una continua imitación de su caridad y de su amor materno, que comunica vida dando a Jesús.

        Así, todos nosotros podemos ir con El, en Su nombre, dar la vida con El, con caridad pastoral, como El y por El.