LUZ PARA LOS PUEBLOS

sábado, 29 de octubre de 2016

RESTITUIR LA DIGNIDAD PERSONAL: MISIÓN NOBLE DE JESUS Y LOS CRISTIANOS


«Era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis» (Mateo 25, 35-36). Partiendo de estas palabras del Señor Jesús, el Papa Francisco dice lo siguiente, reflexionado sobre una de las obras de misericordia corporales: “Y la otra cosa es vestir a quien está desnudo: ¿qué quiere decir si no devolver la dignidad a quien la ha perdido? Ciertamente dando vestidos a quien no tiene; pero pensemos también en las mujeres víctimas de la trata, tiradas por las calles, y demás, demasiadas maneras de usar el cuerpo humano como mercancía, incluso de los menores. Así como también no tener un trabajo, una casa, un salario justo es una forma de desnudez, o ser discriminados por la raza, por la fe; son todas formas de «desnudez», ante las cuales como cristianos estamos llamados a estar atentos, vigilantes y preparados para actuar (Audiencia General, 26 de octubre de 2016). Sinceramente, la pregunta que hizo el Papa me impactó: ¿qué quiere decir si no devolver la dignidad a quien la ha perdido? De modo corporal está claro de proporcionar vestido a quien está desnudo, no se necesita tanta explicación porque es entendible, más al vestir la desnudez como una aplicación espiritual, el Papa Francisco en su pregunta nos pone como núcleo “la dignidad”. Que cosa más hermosa: devolver la dignidad a la persona que la ha perdido. “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 357). En los evangelios podemos encontrar textos donde Jesús devuelve la dignidad a las personas, en este escrito solo nos concentraremos en la historia de Zaqueo. La misión de la Iglesia, de los cristianos es la misma de Jesús: restituir, devolver, recobrar la dignidad en quien la ha perdido.

El Papa nos da ejemplos concretos: “pensemos también en las mujeres víctimas de la trata, tiradas por las calles, y demás, demasiadas maneras de usar el cuerpo humano como mercancía, incluso de los menores. Así como también no tener un trabajo, una casa, un salario justo es una forma de desnudez, o ser discriminados por la raza, por la fe”. Ciertamente, de cada uno de los ejemplos dados por el Papa, podemos hacer temas enteros con sus valoraciones, pero de modo general, invito a considerar las veces en que varias personas se nos han cruzado en la vida, se nos están cruzando o se nos cruzaran con la dignidad perdida, ante esta realidad, solo tenemos tres opciones: aprovecharnos de esa dignidad herida, destrozada; con madurez y espíritu cristiano ayudar a repararla, o simplemente hacernos indiferentes. Qué triste y escandaloso cuando una persona cristiana, “de iglesia” y en el peor de los casos un sacerdote, se aprovecha de esa persona con su dignidad perdida, herida, lastimada, desgarrada en su inocencia, para la satisfacción de su egoísmo; esa persona se hunde más. Debemos pedir un profundo perdón los sacerdotes y cristianos, cuando en vez de reparar hemos terminado de derrumbar lo que aun queda en pie de esa persona, imagen de Dios. Qué triste cuando contribuimos a la cadena de atropelladores de la dignidad de una persona. Horroroso ha de ser el manchar la inocencia de un ser humano.

San Lucas (19,1-10):Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús. 

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy he de quedarme en tu casa.» Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador. 

Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido”. Jesús le restituye, le devuelve la dignidad a Zaqueo. Nos enfocamos en este texto, para relacionarlo con el Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo c.


En la tradición judeocristiana, la ciudad de Jericó es conocida como el lugar donde los israelitas retornaron de la esclavitud en Egipto, dirigidos por Josué, el sucesor de Moisés (Josué 6). En esa ciudad vivía Zaqueo. Lucas le señala tres características: rico, jefe de los publicanos, hombre de baja estatura. San Lucas no ha señalado estas características por casualidad o simple modo de escribir, pues no, hay una intención para ello.

Zaqueo era rico. Ser rico no es el problema. Cuanta gente estudia honestamente para obtener una profesión, con vistas a trabajar o trabaja duro para mejorar su nivel de vida personal y familiar. Pero, otra manera de ser rico es a base de corrupción, robo, engaño, fraude. Zaqueo cobraba para las arcas de Roma, y el ser jefe le daba más espacio para hacer algo indebido en relación al dinero.

Jefe de publicanos. Los de «segunda clase» y como recaudadores de impuestos que abusaban de su poder (éstos eran odiados, ya que cobraban más de lo que la ley les exigía, y al estar amparados por ella, las personas no tenían defensa. Por otra parte, eran odiados por los judíos, ya que cobraban de más a su propio pueblo en beneficio de los invasores). Los publicanos eran tenidos como pecadores, y no digamos a Zaqueo por ser líder.

Era de baja estatura. Las personas formaban un muro para su visión y acercamiento a Jesús. Eran un obstáculo para el encuentro con el Señor.

Zaqueo quería conocer a Jesús. El texto no nos dice si por curiosidad o movido por un deseo inexplicable. Aunque hay personas que la llegada del Papa a un país, un personaje de la Iglesia o un acontecimiento cultual o de religiosidad popular les da igual, a Zaqueo no. Se puede pensar que había una multitud, para que Zaqueo haya optado por subirse a un árbol. Esta actitud de Zaqueo personalmente la admiro. Un hombre que se “rebusca” por lograr su objetivo. No se rindió ni lo dejó para otra ocasión, no le importó siendo un hombre odiado por su condición de publicano, tratar de llegar hasta de Jesús en medio de la gente. “Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús. “Quien busca encuentra” dice el Señor (Mateo 7, 8). Que hermoso y edificador es cuando una persona se esfuerza por encontrarse con Jesús, a través de los sacramentos, la oración, del necesitado.

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy he de quedarme en tu casa.» Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. La mirada de Jesús la encontramos en otros pasajes bíblicos. La mirada de Jesús ve lo externo y lo interno, “sondea el corazón y examina los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras” (cfr. Jeremías 17, 10). Jesús no solamente lo mira y le habla, sino que le concede una gran bendición: quedarse en su casa.

Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más«.Así, cuando Jesús, al atravesar Jericó, se detuvo precisamente en casa de Zaqueo, suscitó un escándalo general, pero el Señor sabía muy bien lo que hacía. Por decirlo así, quiso arriesgar y ganó la apuesta: Zaqueo, profundamente impresionado por la visita de Jesús, decide cambiar de vida, y promete restituir el cuádruplo de lo que ha robado. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa», dice Jesús y concluye: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Dios no excluye a nadie, ni a pobres y ni a ricos. Dios no se deja condicionar por nuestros prejuicios humanos, sino que ve en cada uno un alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las que se considera perdida y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse. En otro pasaje del Evangelio Jesús afirma que es muy difícil para un rico entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 19, 23). En el caso de Zaqueo vemos precisamente que lo que parece imposible se realiza: «Él —comenta san Jerónimo— entregó su riqueza e inmediatamente la sustituyó con la riqueza del reino de los cielos» (Homilía sobre el Salmo 83, 3). Y san Máximo de Turín añade: «Para los necios, las riquezas son un alimento para la deshonestidad; sin embargo, para los sabios son una ayuda para la virtud; a estos se les ofrece una oportunidad para la salvación; a aquellos se les provoca un tropiezo que los arruina» (Sermones, 95)” (Papa Benedicto XVI, 31 octubre de 2016). Ojala viéramos esto en muchos políticos de muchas naciones del mundo, que se han enriquecido con dinero del pueblo, por tanto, “dinero sagrado, dinero ajeno”.


Espero más adelante desarrollar con más extensión y profundidad lo referente a “devolver la dignidad”, pues estoy viendo ahora con mayor visión esta realidad, la cual puede estar pasando por alto ante muchos . Que los cristianos actuemos a favor de la dignidad humana, tanto para proteger como restituir en el nombre de Jesucristo.