lunes, 24 de noviembre de 2014

TEMA: CINCO ORIENTACIONES PARA VIVIR EL TIEMPO DE ADVIENTO


Pensando en que es de su conocimiento el significado, la teología y la liturgia del tiempo de Adviento, ofrecemos unos consejos basados en san Juan Bautista para vivir este tiempo de esperanza y la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Considero que el tema “cómo vivir el tiempo de adviento”, podemos enfocarlo en dos sentidos: proponiendo principios y reflexiones, y proponiendo acciones concretas, aunque la segunda necesitaría el fundamento de la primera propuesta. Presentaremos una reflexión general, basada en el mensaje y la persona del bautista, y en un dogma mariano. Cada uno debe procurar la aplicación de estas orientaciones a su vida cotidiana en el tiempo de adviento, más aún, les recomendamos hacer un plan en la medida de lo posible.
  
Ya no se trata de preparar la tierra para acoger la buena semilla, sino de preparar un camino para Jesús pueda llegar a nuestra alma.

En el Adviento, la Iglesia nos pone la figura de san Juan Bautista, y con él otra nueva imagen. Ya no se trata de preparar una tierra capaz de acoger adecuadamente la buena semilla: se trata de preparar un camino para que pueda, por él, llegar a nuestra alma la Persona adorable del Señor.

Consideramos son cuatro las órdenes, los consejos o las consignas que san Juan Bautista -y la Iglesia con él- nos da:

La primera consigna de san Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina sea humillada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qué manera y en qué forma ese orgullo -que todos tenemos- está en la propia alma y está con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir-, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojalá suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizaría el descenso fructífero del Señor a nosotros. El Hijo de Dios maestro de una total humildad no puede nacer en un corazón lleno de soberbia y orgullo. ¿Por qué te agrandas tanto? ¿Qué te hacer sentir autosuficiente? ¿Te sientes mejor de los que te rodean? Cuanto bien hace nuestro comportamiento humilde y sencillo, sobre todo si eres consagrado ¡Cuánto bien! Si has obtenido cosas o las posees, utilízalas para edificar, y sobre todo, en orden a la caridad. La navidad es el tiempo propicio de la caridad. 

En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna más importante: Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Y aquí tenemos, entonces, el llamado también obligatorio a la rectitud, es decir, a querer sincera y prácticamente sólo el bien, sólo lo que está bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios según nos conste de cualquier manera, lo que significa imitar a Jesús y darle gusto a Él, aquello que se hace escuchando la voz interior del Espíritu Santo y de nuestra conciencia manejada por Él.

A cada uno corresponde en este momento ver qué es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Señor, viendo claramente nuestra buena voluntad y viéndonos humildes, esté dispuesto a venir a nuestro interior con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias.

El tercer aspecto del mensaje de san Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y ese llamado hace referencia a la necesidad de ser para nuestro prójimo, precisamente, camino fácil y no obstáculo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al prójimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo. Es triste cuando una persona considerada cristiana, pervierte a una persona en el pensamiento, en su conducta, en sus rectas intenciones, en su inocencia. El consumismo de estos días nos pueden hacer perder el auténtico sentido navideño, por tanto, la mente y el corazón se nos puede llenar de obstáculos, por ello debemos allanar ese camino, en este punto la austeridad es básica. La Sagrada Familia vivió la mejor navidad de la historia, porque la vivieron en todo su esplendor espiritual, sin necesidad de shows y abundancia de elementos materiales. Ciertamente, ahora estamos en el tiempo de la imagen y contamos con una serie de elementos tradicionales y modernos para darle sabor a la navidad, pues debemos sacarles provecho, qué en verdad nos conduzca al pesebre.

El cuarto elemento del mensaje de san Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen bajando los montes excesivos, ni sólo enderezando los senderos torcidos, o allanando los caminos que tengan piedras: también llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias. Este mensaje se refiere a la necesidad de llenar nuestras manos y nuestra conciencia con méritos, con oraciones, con obras buenas -como hicieron los Reyes Magos y los pastores- para poder acoger a Jesucristo con algo que le dé gusto; no sólo con la ausencia de obstáculos o de cosas que lo molesten, no sólo con ausencia de orgullo o con ausencia de falta de rectitud o de dificultades en nuestra conducta para con el prójimo, sino también positivamente con la construcción: con nuestras oraciones y con nuestras buenas obras y un pequeño -al menos- caudal, capital de méritos, que dé gusto al Señor cuando venga y que podamos depositar a sus pies. El nacimiento de Jesús llenó de alegría a María y José, a los ángeles y a los pastores, ahora pediremos a Dios que te llene a ti y a mí. En todo este año, ¿con qué has está llenando o cubriendo tu corazón? ¿Las elecciones que haces te llenan? ¿Por qué? 

Como quinto elemento tenemos la solemnidad de la Inmaculada Concepción

El Adviento, además de la conmemoración y el sentido del Antiguo Testamento -de la tierra que espera la buena semilla-, además de la figura límite entre el Antiguo Testamento y el Nuevo -san Juan Bautista-, este Tiempo nos acerca más al Señor por aquélla que, en definitiva, fue quien nos entregó a Jesucristo: la Virgen. En toda la Iglesia se entra al Adviento por la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Y la Inmaculada Concepción significa dos cosas: por una parte, ausencia de pecado original y, por otra, ausencia de pecado para y por la plenitud de la gracia. La Virgen fue eximida del pecado original y de las consecuencias del pecado original que en el orden moral fundamentalmente es la concupiscencia, es decir, la rebelión de las pasiones, la falta de orden dentro de nuestra persona, el rechazo que nuestra materia y nuestros apetitos indómitos oponen a la soberanía de la voluntad y de la razón iluminadas por la fe, por la esperanza y por la caridad; iluminadas y encendidas y sostenidas por la gracia. La Virgen, preservada del pecado original en el momento mismo de su concepción y liberada de todo obstáculo, tuvo el alma plenamente capacitada desde el primer instante para recibir la plenitud de la gracia de Jesucristo.

Por lo tanto su fiesta de la Inmaculada Concepción, con ese carácter sacramental que tienen todas las fiestas de la Iglesia, ese carácter de signo que enseña y de signo eficaz que produce lo que enseña, nos trae la gracia de liberarnos del pecado y de vencer, de moderar, de sujetar en nosotros las pasiones sueltas por la concupiscencia, a los efectos de que nos pueda llegar plenamente la gracia; y naturalmente, si estamos en Adviento, para que pueda venir la gracia del nacimiento de Jesucristo místicamente a nuestra alma, el día de Navidad.

En conclusión

Por lo tanto, unamos a toda la ayuda que nos pueden prestar los patriarcas del Antiguo Testamento que desde el cielo ruegan por nosotros (ellos que tanto pidieron la venida del Mesías), unamos a la intercesión y a la figura sacramental de san Juan Bautista, unamos por encima de ellos la presencia de la Santísima Virgen en su fiesta el 8 de diciembre y en todo este tiempo, pidiendo bien concretamente el poder liberarnos del pecado, de todo lo que en nosotros haya de orgullo, de falta de rectitud, de falta de caridad con el prójimo, de ausencia de virtud; liberarnos de todo ello para que, cuando venga Jesucristo el día de Navidad, no encuentre en nosotros ningún obstáculo a sus intenciones de llenar nuestra alma con su gracia.

La perspectiva de un nuevo nacimiento del Señor, en nosotros y en el mundo tan necesitado de Él, tiene que ser objeto de una preocupación, de todo un conjunto de sentimientos y de actos de voluntad que estén polarizados por el deseo de poner de nuestra parte todo lo que podamos, para que el Señor venga lo más plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.

Y si esto vale siempre, se hace más exigente en las circunstancias del mundo presente que desvirtúa precisamente lo que Jesucristo trajo con su nacimiento. ¡Qué necesario es que pongamos todo de nuestra parte para que Jesús venga a nosotros con renovada fuerza el día de Navidad y, a través nuestro, sobre las personas que están cerca, sobre la Iglesia y sobre el mundo!

Quedémonos en espíritu de oración, fomentando en nuestro interior el deseo de que las cosas ocurran según las intenciones y los deseos del mismo Señor.

El Adviento es una época muy linda del año. Después de las fiestas de Navidad y de Pascua, quizá es la más linda, porque es una época de total esperanza, de seguridad alegre y confiada. En ese sentido nuestro Adviento es más lindo que el del Antiguo Testamento: se esperaba lo que todavía no había venido, en cambio nosotros sabemos que el Señor ya ha venido sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre cada uno y entonces tenemos mucho más apoyo para nuestra seguridad de que ha de venir nuevamente, a perfeccionar lo ya iniciado.

Por otra parte, esa presencia del Señor en la Iglesia y en nosotros nos ha hecho ir conociendo a Jesús, amándolo y tratándolo con confianza; por tanto, este esperar su nuevo nacimiento tiene que ser mucho más dulce, mucho más suave, mucho más seguro, mucho más esperanzado (con el doble elemento de seguridad y alegría de la esperanza) que lo que fue la espera de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento.


Quedémonos, pues, unidos con Jesús, conversemos sobre estos temas, preguntémosle qué nos sugiere a cada uno en particular para que podamos, desde el comienzo, vivir el Adviento del modo más conducente para obtener la plenitud de Navidad que Él sin duda quiere darnos.

lunes, 6 de octubre de 2014

TEMA: CAMINOS Y MEDIOS PARA VIVIR NUESTRA ESPIRITUALIDAD MISIONERA


Cada uno de nosotros, ¿cuáles pasos podríamos dar ahora en nuestra escuela de amor con Jesús? ¿Qué estilo de vida, cuál espiritualidad asumir? ¿Cómo realizar nuestra identidad personal en la comunidad eclesial concreta y en la misión que realizamos? Reflexionemos juntos para encontrar respuestas a estos interrogantes vitales.



Antes de responder a estas preguntas vitales, definamos el concepto de espiritualidad. La espiritualidad es el conjunto de caminos y medios propios para vivir según el Espíritu, o sea, para colaborar a la obra de santificación que el Espíritu se propone realizar en nosotros y en el mundo (cfr. Pontificium Opus a Sancta Infantia).

La espiritualidad cristiana:

·         - Hace referencia a la obra del Espíritu Santo en nosotros,

·         - Indica "caminar según el Espíritu" (Rom 8,4.9), bajo su acción renovadora ,

·         - Vivir una vida "espiritual", en la cual conseguimos una renovación continua.

·        -  Vivir el "estilo" de vida "cristiano", como El, dejando que el Espíritu Santo nos configure progresivamente a Él.



         La ESPIRITUALIDAD MISIONERA es:

·         - Centrar y orientar la vida a la misión, en plena docilidad al Espíritu Santo.

·         - Vivir la vida cristiana con su esencial dimensión misionera universal.

·         - Vivir según el estilo "misionero" de Cristo, Buen Pastor.

·         - Asumir la misión como fuente, camino y medio propio para la santificación personal y comunitaria. Nos santificamos en la misión y por la misión conseguimos las tres cosas que caracterizan la santidad cristiana (cf Lumen Gentium. 4 0 ): unirnos más a Dios, perfeccionar nuestra caridad y tener una vida más "cristiana".



         Aparece claro, entonces, que la espiritualidad auténticamente cristiana es misionera. Ella es la base de nuestra comunión con Jesús y con las demás personas; es la fuente y motor de nuestro servicio misionero. Pensamos, sentimos, vivimos y servimos como misioneros, al estilo del Buen Pastor, bajo la guía del Espíritu Santo, que es el protagonista de la misión.



         Así, pues, asumimos y vivimos nuestra espiritualidad misionera para ser santos, para producir frutos en nuestra vida personal y para tener la eficacia evangélica en nuestra misión.


         Esta espiritualidad misionera tiene su fuente y su término en la Trinidad (dimensión Trinitaria), se vive en la comunidad eclesial (dimensión eclesial) y encarna la Caridad pastoral en el servicio al hombre en la historia y en el mundo (dimensión antropológica). 


1. ESPIRITUALIDAD DE COMUNION CON DIOS: CON EL PADRE, POR CRISTO, EN EL ESPIRITU

·         La espiritualidad misionera ayuda a ir hacia el Padre, por Cristo, en el Espíritu. Configura la vida del cristiano y de la comunidad a imagen de la Vida, Verdad y Amor que se viven en la comunión Trinitaria. Hace que el cristiano aproveche la comunión trinitaria siempre como su fuente y modelo de vida.

·         Lleva a vivir en una comunión íntima de vida y de servicio con El y conforme a su estilo. La vida y la misión servirán para anunciar la salvación universal en Jesucristo. Ayuda a ser "contemplativo" en el discernimiento espiritual de la Voluntad de Dios.

·         Lleva a vivir la vida en plena docilidad y colaboración al Espíritu (RM 88) que obra en nosotros y a través de nosotros. Se vive y se sirve con la vida nueva que alimenta el Espíritu, mediante su acción y sus dones. Somos instrumentos al servicio del Espíritu.

·         Damos a Dios la respuesta continua a través de la fe, la esperanza y la caridad teologales.

Como hemos visto, el seguimiento de Jesucristo , en su escuela de amor, implica vivir con Él y vivir como El :

        Vivir con El: cada día, acercarnos y unirnos más a Él, compenetrarnos como sus amigos, permanecer en Su Amor. Para ello es fundamental comprender a Jesucristo como el "enviado" que nos envía Eso exige que nosotros lo descubramos presente, actuante como Salvador hoy, mañana y siempre; que nosotros vivamos en una íntima comunión con El. Nos reconocemos y obramos como enviados de Jesús. Y vamos acompañándolo. Somos sus enviados, sus compañeros, sus mensajeros, los que vamos a mostrarlo en donde ya Él nos esté esperando (Cfr. RM 88). En la profundización de esta convivencia amorosa con Él nos ayuda de manera especial la Eucaristía, la escucha de la Palabra y la oración personal.

         Vivir como El, asemejarnos a El: en mentalidad, criterios; manera de sentir y de actuar, en actitudes y en las acciones. Con humildad y obediencia entregar nuestra vida al estilo de Jesús. Es el Espíritu Santo quien va realizando esa transformación en nosotros para vivir como El. Esto exige comprometernos con El cada vez más: Ser "discípulo" y "testigo", escuchando la Palabra y poniéndola en práctica... Poner a disposición de Jesús toda nuestra persona, vida, corazón, mente y bienes.

         El fundamento de nuestra vida, de nuestro crecimiento y de nuestra misión está en " vivir con El" y " vivir como El”.

         El camino seguro para ello es la docilidad plena al Espíritu Santo. Como los Apóstoles hemos de tener "docilidad", o sea una apertura y colaboración activa a lo que el Espíritu Santo quiere obrar en nosotros. Él nos ayuda de muchas maneras pero, sobre todo, en dos formas: la primera, dándonos el don de la fortaleza, que se manifiesta después en valentía apostólica, en ardor misionero, en entusiasmo, en fortaleza. La segunda, con el don del discernimiento, que es conocimiento, luz, para comprender y obrar la voluntad de Dios; capacidad que Dios pone en nosotros para que comprendamos y comuniquemos la sabiduría de Dios. La obra del espíritu Santo es la de ir plasmando, forjando, en nosotros la imagen de Jesús para que la podamos transparentar. Entonces, la docilidad es dejarse conducir por el Espíritu Santo, dejar que El obre en uno para vivir y obrar según el estilo de Jesús. El estilo del misionero es el de la persona humilde y dócil al Espíritu Santo.

2. ESPIRITUALIDAD PARA VIVIR LA COMUNION ECLESIAL MISIONERA (RM 89)

         Jesús nos llama y nos ayuda a "unirnos en El": a vivir una creciente comunión misionera. Seguir a Jesús requiere vivir la Comunión Fraterna. Nuestra comunión con Él es la fuente y el dinamismo para la comunión con nuestros hermanos. "Unirnos en El ", es la condición para la misión.

        Jesús ha prometido estar en medio de nosotros (Mt 18, 19-20 ) , vivificando, guiando, enseñando, consolando, obrando como Buen Pastor. Nos ha pedido vivir el amor a Dios y al prójimo como el mandamiento principal, vivirlo en comunidad. Con la presencia y amistad de Jesús podemos conocernos, amarnos y servirnos los unos a los otros como expresión del amor de Dios: amar con El, como El y por El a nuestros hermanos. Esa comprensión mutua, esa unión, ese amor, nos impulsa a crecer, nos hace ser como Jesús. Alimentos decisivos para la vida comunitaria son el compartir de la Palabra, la fraternidad y el servicio, con amor a la Iglesia.

        Estamos llamados a amar a la Iglesia como la ama Jesús. Amar la Iglesia, amar en la Iglesia y amar desde la Iglesia. Este amor el misionero lo expresa en la comunión fraterna que vive con los demás y a través de la cual realiza su misión. Vive en comunidad eclesial y ayuda a madurar otras comunidades eclesiales. Realiza su misión en la Iglesia, en comunión con los pastores. Es una espiritualidad comunitaria que hace crecer la apertura para compartir en favor de la misión.

         Esta comunión fraterna hay que vivirla en comunidades eclesiales vivas, dinámicas y misioneras. O sea, reunidos en el nombre del Señor, amándonos, sirviéndonos; en Iglesia, compartiendo la fe y todo lo que tiene que ver con la fe; evangelizándonos y evangelizando. Comunidades vivas, que vivan en el Señor, que crezcan por la fuerza del Espíritu Santo y que hagan crecer a los demás comunicando la fe: comunidades misioneras.

         Una expresión del amor eclesial es hacerse "hermano universal". El estilo de Jesús es amar y servir sin fronteras, para todos y en todo; sin desesperarse de nadie, sin excluir a nadie. Él se ha entregado a la Iglesia y desde ella al mundo entero. El misionero que quiere tomar ese estilo de Jesús, ha de amar a la Iglesia como la ama Jesús, querer esta familia de la Iglesia, no andar como rueda suelta, sino estar siempre en una comunión fraterna de familia, de parroquia, de diócesis. Nuestro camino hacia Dios pasa por la Iglesia, como el de Dios hacia nosotros pasa también por ella. La Iglesia es signo e instrumento de Dios para la salvación de las personas y de las comunidades.

         ¿Cuándo se puede decir que una persona es hermano universal? Cuando tiene un corazón sin fronteras, cuando vive en comunión abierta, en comunión que se proyecta a todos. Se tendrá que notar la apertura a todos, sobre todo, a los más necesitados, a los que tienen más "hambre de Dios", sin discriminaciones y sin excluir a nadie y con una especial solicitud por toda la Iglesia universal.

         La tarea es unirnos en El, para que el mundo crea, (ver Juan 17, 21), unirnos con corazón misionero universal.

3. ESPIRITUALIDAD PARA VIVIR LA CARIDAD APOSTOLICA AL SERVICIO DEL HOMBRE (RM 89):

         "Ir con El", en su Nombre y con su poder. Es el cumplimiento del mandato y la misión: vayan y evangelicen a todas las gentes (Mt. 28, 19-20 ). "Ir con El" a "dar la vida", movidos por la caridad pastoral de Jesucristo, conforme a nuestra propia misión.

         El camino es ser santos para ser misioneros y ser misioneros para ser santos: Para ello, se nos propone que asumamos el estilo de Jesús Buen Pastor (cf. Jn 10), que conoce las ovejas, va delante de ellas, las guía, las orienta, les da lo que necesitan, las ayuda. Y, lo más expresivo: el Buen Pastor da la vida por las ovejas con un amor hasta el extremo. Vivir una espiritualidad misionera exige anonadarse con Jesús y como El, asumir esos sentimientos, su manera de actuar, su estilo de vida. Ese estilo de vida y de servicio, esa caridad pastoral, es lo que se llama caridad apostólica.

         La caridad apostólica se describe como sentir el ardor de Cristo por las personas, el celo apostólico por las personas, según el modelo de Jesús incansable, entregado, obediente, no ahorra esfuerzos, se dá de todo corazón. Esa caridad apostólica se manifiesta, por ejemplo, en ternura, como la que tenía Jesús en el trato con la gente; atención, con dedicación a cada persona y a cada comunidad; compasión, para no ser un juez del otro sino un hermano, dándole la mano; acogida, disponibilidad, interés por las necesidades de los otros.

         La vida y la misión del cristiano se desarrollan en una sintonía creciente con Cristo Pastor. Esto lo lleva a asumir su caridad o amor de Buen Pastor, con lo cual se adquieren unas actitudes interiores especiales, que hacen más fecunda en frutos la misión. Expresión de esta espiritualidad es la disponibilidad misionera creciente para dar la vida con Jesús, como El y por El, sobre todo por la misión ad gentes (primera evangelización de los no cristianos).

          El cristiano, conforme a su propia vocación, encuentra su plenitud en la realización auténtica de su misión. La espiritualidad misionera le ayuda a comprender y a encarnar en su propia vida los valores evangélicos, que después él mismo ha de promover en su comunidad y más allá de sus fronteras. Crece su sensibilidad misionera y su compromiso de servir a los más necesitados. Por otra parte, al tomar conciencia de la propia responsabilidad misionera, el cristiano asume con renovado entusiasmo su vocación a la santidad. Vivir la espiritualidad misionera es estar en el camino hacia la plena vivencia de las Bienaventuranzas, con una alegría interior universal, que no tiene comparación.

         El Señor nos ha dado vida nueva para que nosotros la comuniquemos y produzcamos fruto. Y la orientación fundamental de toda nuestra vida es evangelizarnos y evangelizar. Evangelizar a todas las gentes, cada uno según su propia vocación, según los dones que haya recibido. Tenemos que ser honrados con Dios y ser misioneros comunicando, como buenos administradores de los bienes de Dios, lo que el nos da para servir a los demás. Así, seremos los primeros en recibir más dones, tanto de Dios como de los demás hermanos.

         El misionero es, entonces, el hombre de la caridad, la persona que más ama con el amor de Dios; es signo y especial instrumento del amor de Dios, dando la vida por sus hermanos.

         En cada servicio, pequeño o grande, el misionero aprende a unirse más a Jesús, perfecciona su caridad apostólica y da pasos en su configuración con el Buen Pastor, por obra del Espíritu Santo.

        La espiritualidad misionera demuestra un amor filial a María y promueve una continua imitación de su caridad y de su amor materno, que comunica vida dando a Jesús.

        Así, todos nosotros podemos ir con El, en Su nombre, dar la vida con El, con caridad pastoral, como El y por El.







miércoles, 20 de agosto de 2014

EL FUNDAMENTO DE LA ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO EXPLICADO POR EL PAPA FRANCISCO



El sábado 26 de julio de 2014, el Papa Francisco hizo una visita pastoral a Caserta (Italia), donde se encontró con los sacerdotes de esa diócesis. En ese encuentro un padre le preguntó lo siguiente: ¿Cuál podría ser, según usted, lo propio, lo específico, el fundamento de una espiritualidad en el sacerdote diocesano? Esto lo dijo en referencia por haber escuchado decir al Papa en alguna ocasión, que el sacerdote no es un contemplativo. 

A continuación, presentaremos la explicación del Papa a está interesante inquietud, actual en el ambiente clerical.


EL SACERDOTE DEBE SER UN CONTEMPLATIVO, ¿EN QUÉ SENTIDO?

Abordemos la espiritualidad del clero diocesano. Sacerdote contemplativo, pero no como uno que está en la Cartuja, no quiero decir esta contemplatividad. El sacerdote debe tener una contemplatividad, una capacidad de contemplación sea en relación a Dios, sea en relación a los hombres. Es un hombre que mira, que llena sus ojos y su corazón de esta contemplación: con el Evangelio delante de Dios, y con los problemas humanos delante de los hombres. En este sentido debe ser un contemplativo. No necesita hacer confusión: el monje es otra cosa.

LA DIOCESANEIDAD, CENTRO DE LA ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO

Pero, ¿dónde está el centro de la espiritualidad del sacerdote diocesano? Yo diría que en la diocesanidad. Es tener la capacidad de abrirse a la diocesaneidad. La espiritualidad de un religioso, por ejemplo, es la capacidad de abrirse a Dios y a los otros en la comunidad: sea la más pequeña, sea la más grande de la congregación. En efecto, la espiritualidad del sacerdote diocesano es abrirse a la diocesaneidad. Y ustedes religiosos que laboran en parroquia deben hacer las dos cosas, por eso el dicasterio de los Obispos y el dicasterio de la vida consagrada están trabajando en una nueva versión de la Mutuae relationes, porque el religioso tiene las dos facetas. Pero volviendo a la diocesaneidad: ¿Qué significa? Significa tener una relación con el Obispo y una relación con los otros sacerdotes. La relación con el Obispo es importante, es necesaria. Un sacerdote diocesano no puede estar desunido del Obispo. "Pero, el Obispo no me quiere mucho, el Obispo aquí, el Obispo allá...": El Obispo podrá ser un hombre con mal carácter: pero es tu Obispo. Y tú debes encontrar, también en esa actitud no positiva, un camino para mantener la relación con Él. Yo soy sacerdote diocesano porque tengo una relación con el Obispo, una relación necesaria. Es muy significativo cuando en el rito de la ordenación se hace el voto de obediencia al Obispo. "Yo prometo obediencia a ti y a tus sucesores". Diocesaneidad significa una relación con el Obispo que se debe actuar y hacer crecer continuamente. En la mayoría de los casos no es un problema catastrófico, sino una realidad normal. En segundo lugar, la diocesaneidad comporta una relación con los otros sacerdotes, con todo el presbiterio. No hay espiritualidad del sacerdote diocesano sin estas dos relaciones: con el Obispo y con el presbiterio. Y son necesarios. "Yo, si, con el Obispo estoy bien, pero a las reuniones del clero no asisto porque se dicen estupideces". Pero con esta actitud te viene a faltar algo: no tienes una verdadera espiritualidad del sacerdote diocesano. Aquí está todo: Es simple, pero al mismo tiempo no es fácil. No es fácil, porque ponerse de acuerdo con el Obispo no es siempre fácil, porque uno la piensa en una manera, la otra persona en la otra, pero se puede discutir... ¡y se discuta! Y, ¿se puede hacer la voz fuerte? ¡Se haga! Cuantas veces un hijo con su papá discuten y al final permanecen siempre padre e hijo. Todavía, cuando en estas dos relaciones, sea con el Obispo sea con el presbiterio, entra la diplomacia no está el Espíritu del Señor, porque falta el espíritu de libertad. Necesita tener el coraje de decir "yo no la pienso así, la pienso diversamente", y también la humildad de aceptar una corrección. Es muy importante.

LOS CHISMES: EL ENEMIGO MÁS GRANDE DE LA DIOCESANEIDAD

Y, ¿cuál es el enemigo más grande de estas dos relaciones? Los chismes. Tantas veces pienso - porque también yo tengo está tentación de chismear, la tenemos dentro, el diablo sabe que esa semilla le da fruto y germina bien- yo pienso si no sea una consecuencia de una vida celibataria vivida con esterilidad, no como fecundidad. Un hombre solo termina amargado, no es fecundo y chismea sobre los otros. Este es un comportamiento que no hace bien, impide aquella relación evangélica y espiritual y fecunda con el Obispo y con el presbiterio. Los chismes son el enemigo más fuerte de la diocesaneidad, de dicha espiritualidad. Pero, tus eres un hombre, entonces si tienes alguna cosa contra el Obispo ve y dísela a él. Más pueden surgir consecuencias no buenas. Llevarás la cruz, ¡pero si hombre! Si tú eres un hombre maduro y ves alguna cosa en tu hermano sacerdote que no te gusta o que creas que está equivocado, ve a decírselo en su cara, o si ves que aquello no se tolera, ve a decirlo al Obispo o al amigo más íntimo de aquel sacerdote, de manera que pueda ayudarlo a corregirse. Pero no decirlo a los otros: porque eso es ensuciarse el uno al otro. Y el diablo es feliz con aquel "banquete", porque así ataca el centro de la espiritualidad del clero diocesano. Para mí los chismes hacen tanto daño. Y no es una novedad post-conciliar... Ya san Parblo lo afrontó, recuerden la frase: "Yo no soy de Pablo, yo no soy de Apolo..." Los chismes son una realidad presente ya desde el inicio de la Iglesia, porque el demonio no quiere que la Iglesia sea una madre fecunda, unida, gozosa. ¿Cuál es por consiguiente el signo para que estas dos relaciones, entre sacerdote y Obispo y entre sacerdote y los otros sacerdotes, marchen bien? Es la alegría. Así como la amargura es el signo que no hay una verdadera espiritualidad diocesana, porque falta una agradable relación con el Obispo o con el presbiterio, la alegría es el signo que las cosas funcionan. Se puede discutir, nos podemos enojar, pero está la alegría sobre todo, y es importante que ella permanezca siempre en estas dos relaciones que son esenciales para la espiritualidad del sacerdote diocesano.

LA ALEGRÍA EN EL SACERDOTE SÍ, NO LA AMARGURA Y ENOJO 

Quisiera volver sobre otra señal, la señal de la amargura. Una vez me decía un sacerdote aquí en Roma: "Yo veo que muchas veces nosotros somos una Iglesia de enfadados, siempre enojados unos contra otros; tenemos siempre motivo para enojarnos". Esto lleva la tristeza y la amargura: no está la alegría. Cuando encontramos en una Diócesis un sacerdote que vive así enojado y con esta tensión, pensamos: este hombre habrá tomado vinagre en el desayuno. Pues, en el almuerzo, las verduras con vinagre, y por la tarde un buen zumo de limón. Así su vida no funciona, porque es la imagen de una Iglesia de enojados. En efecto, la alegría es el signo de que marcha bien. Uno puede enojarse: es también sano enojarse una vez. Pero el estado de enfadamiento no es del Señor y lleva a la tristeza y a la desunión. En conclusión, él ha dicho "la fidelidad a Dios y al hombre". Es lo mismo que hemos dicho al principio. Es la doble fidelidad y la doble trascendencia: ser fieles a Dios y buscarlo, abrirse a Él en la oración, recordando que Él es el fiel, Él no puede renegarse a sí mismo, es siempre fiel. Y pues abrirse al hombre; está la empatía, el respeto, el sentirlo, y decir la palabra justa con paciencia.

Debemos sostenernos por amor a los fieles que esperan... Les agradezco de verdad, y les pido que oren por mí, porque yo también tengo las dificultades de cada Obispo y debo también retomar el camino de la conversión. La oración de uno por los otros nos hará bien para caminar hacia adelante. Gracias por la paciencia.