sábado, 25 de mayo de 2013

IGLESIA CATÓLICA EN EL SALVADOR

"SERÉ SERVIDOR DE LA UNIDAD"

El día martes 21 del presente mes, el sr. Nuncio Apostólico Monseñor León Kalenga, presidió la Santa Misa de inauguración de su trabajo como representante del Papa Francisco, en "nuestra tierra cuscatleca", tal como él lo expresó. La Santa Misa se llevó a cabo a las 5: 00 p.m., en la Catedral de San Salvador. Estuvo presente la mayoría de los obispos de la Provincia Eclesiástica de El Salvador, representación de sacerdotes, seminaristas y religiosas a nivel nacional, y una buena cantidad de fieles laicos. Monseñor Kalenga celebró partes de la Santa Misa en idioma latín. Después del saludo inicial al pueblo congregado, Monseñor José Luís Escobar, arzobispo metropolitano, se dirigió al nuncio con unas palabras de bienvenida, y augurios en el trabajo a desarrollar junto a los miembros la iglesia católica en El Salvador. 

Monseñor Luis Morao, obispo de Chalatenango, leyendo el documento en idioma latín y luego con su respectiva traducción al español, que acredita ante el estado salvadoreño y la Iglesia, el nombramiento del nuevo nuncio, con todas sus implicaciones.

Como afuera de la catedral hay ventas que emiten ruido, Monseñor León comenzó su homilía expresando que afuera de la iglesia, hay unas palabras chocando con las palabras que se dicen en la iglesia, así es el mundo de hoy, elevando su voz contra la voz de Dios para mermarla, callarla totalmente.

En sus palabras resaltó la figura ejemplar del Papa Francisco, recordó al Beato Juan Pablo II y  Benedicto XVI, pero una palabra que resaltó en su predicación fue la de la unidad. A manera de comentario, recuerdo las palabras del nuncio anterior, sobre todo en la ordenación episcopal de Monseñor Constantino, haciendo un fuerte llamado a la unidad, y más concretamente a la jerarquía eclesiástica; precisamente de esto, solo que de una manera más general, habló Monseñor Kalenga en su predicación inaugural. 

Como primera impresión, el sr. Nuncio se observa un hombre sencillo, amable, cercano y dispuesto a trabajar por esta nación, "único país en el mundo con el titulo de salvador, redentor", tal como él lo enfatizó.

En la nave central del templo

Monseñor Kalenga nació el 17 de julio de 1956 en Kamina, República Democrática del Congo. Fue ordenado sacerdote el 5 de septiembre de 1982 en Luebo. El 01 de marzo de 2008 fue nombrado por el Santo Padre Nuncio Apostólico en Ghana y Arzobispo titular  de Magnetum. Su  ordenación episcopal  fue el 1 de mayo de 2008 y posee un doctorado en Derecho Canónico. 
Entró en el servicio diplomático de la Santa Sede en 1990 y desde entonces ha servido en las representaciones diplomáticas de la Santa Sede en Haití, Guatemala, Zambia, Brasil, Egipto, Zimbabwe y Japón. Habla los siguientes idiomas: Español, francés, italiano, ingles y Portugués
La nunciatura apostólica o simplemente Nunciatura es una misión diplomática de máximo rango de la Santa Sede ante los Estados con los que mantiene relaciones diplomáticas. Al frente de la nunciatura de la Santa Sede se halla un nuncio (embajador papal). La nunciatura es el equivalente a una embajada, es decir, es una misión diplomática de primera clase.
La Nunciatura Apostólica de El Salvador fue establecida en el año 1938. 


domingo, 19 de mayo de 2013

PENTECOSTÉS, DIA DEL SEMINARIO

ACTITUDES INCOHERENTES O INACEPTABLES:
¿FORMACIÓN ENDEBLE O CUESTIÓN GENERACIONAL?

Los seres humanos albergamos en nuestro interior una visión objetiva y subjetiva de la realidad, y la formación de los seminaristas no está al margen  de dichas visiones. La realidad de un seminario es compleja y no se puede dar una conclusión cerrada, porque lo cual se puede considerar como un juicio arbitrario. Cuando se ve el fenómeno de una manera superficial, sin hacer un esfuerzo análitico e investigación profunda, cuando se desconocen los documentos de la Iglesia sobre la formación sacerdotal, se está a las puertas o ya se puede estar en una visión subjetiva; añadamos a esto, el hecho de tener en una diócesis una cantidad de sacerdotes formados en diferentes seminarios. 

¿Cuál es el tema que estamos abordando en esta ocasión? Si la creciente queja de clérigos, religiosas y laicos, sobre algunas actitudes incoherentes o inaceptables observables en seminaristas, es producto de la formación del seminario o de la generación actual. Una afirmación objetiva plasmada en documentos y reuniones de formadores a nivel mundial y latinoamericano, es que es un fenómeno global, sin justificar lo otro; por tanto, acusar a un seminario puede ser injusto, aunque se tiene en cuenta a veces la panorámica corta del señalador. Pastores Dabo vobis, Ratio formationis, Documento sobre el uso de la psicología  en los seminarios, hablan al respecto, pero como se trata sólo un breve escrito, a continuación, expongo solo una parte del Documento para la Formación en los Seminarios de América Latina (Pontificia Comisión para América Latina), el cual delinea la realidad con su respectiva generalidad:

"El Papa Benedicto XVI ha advertido en diversas ocasiones cómo este cambio de época ha generado una gran «emergencia educativa». Cada vez se percibe una mayor dificultad para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia humana, principalmente en el seno de las familias. Las instituciones educativas de la sociedad, incluyendo a la Iglesia y sus seminarios y casas de formación, son testigos de lo difícil que se ha vuelto educar a los más jóvenes, principalmente en materia de fe. El Papa ha advertido que cualquier labor en el campo de la educación parece cada vez más ardua y precaria, por lo cual se habla de una gran «emergencia educativa», tanto en los principios teóricos como del comportamiento, que afecta a la escuela, a la familia, al igual que a todos los demás organismos que tienen finalidades educativas.

En los actuales candidatos al sacerdocio se aprecia mucha información y poca formación; prevalece una mentalidad dispersa con muchos conocimientos que no se ordenan en una síntesis integradora. Un problema de la formación es ayudar a hacer la síntesis y a tener capacidad de discernir.

Los candidatos llegan al seminario carentes de lo fundamental en todo, en lectura, en escritura y en evangelización, pero llegan provistos de todo lo tecnológico, dependientes del celular y del Internet, en el que pierden tiempo y pueden navegar en toda clase de inmoralidades. Una parte de la ascesis actual sería normarse en el uso de estos medios. En algunos seminarios se han tomado medidas a este respecto, como que todos los trabajos que pidan los profesores se presenten a mano y colocar el Internet en lugar público y visible como se hace en las buenas familias.

Los medios de comunicación social, sobre todo el Internet, están llevando a las nuevas generaciones a una vida virtual, a un mundo imaginario, que puede ser poético y hermoso o dantesco y cruel, y donde la pornografía corrompe a los candidatos al sacerdocio como lo atestiguan los directores espirituales de seminarios. La formación espiritual debería incluir el sacar de las fantasías al joven y meterlo en la realidad.

La familia de muchos seminaristas está rota. Ya no vienen en su mayoría como antes, de familias ejemplares. Hay separaciones, alcoholismo, uniones de hecho y abusos sexuales aún dentro de la familia. Los seminarios menores pueden suplir de alguna manera lo que antes la familia y la parroquia le daban al adolescente y que ahora no le proporcionan.

La familia y el seminario son hoy un ambiente de formación entre muchos, los estímulos al niño y al joven le llegan ahora de todos lados. De ahí se alimenta una tendencia a relativizarlo todo con la excusa del pluralismo que toca no solo a la cultura, sino también a la pastoral y hasta la moral y la teología, lo cual incide negativamente sobre la opción fundamental y permanente al sacerdocio.

La vida de los sacerdotes hoy es más conocida por los seminaristas, que se enteran durante las prácticas de apostolado en la parroquia sobre la persona del sacerdote y se intercambian luego la información. Hay influencias negativas de la vida sacerdotal y malos consejos que contradicen lo que se inculca en el seminario.

El secularismo que permea todo y está presente de manera inconsciente en el pensamiento y en la acción, impide la visión de fe tan necesaria para aceptar las exigencias de la vida sacerdotal. Las estructuras del seminario detienen un poco, pero en cuanto el recién ordenado sale, se mundaniza rápidamente, lo cual plantea enormes retos a la formación del seminario y exige el acompañamiento serio y programado de los nuevos sacerdotes.

La estructura antropológica de las nuevas generaciones es vulnerable: incapacidad de esfuerzo y perseverancia, intolerancia a las frustraciones, divorcio cada vez mayor entre la mente y el corazón, en el sentido de que los ideales que se proclaman no son los que se aman de verdad y a los que se les entrega el tiempo y la vida. Se constata facilidad y apertura para dialogar sobre cualquier tema, pero poca apertura y poca disposición para hablar de los problemas personales, para abrir la consciencia, lo que dificulta mucho la acción del director espiritual.

Mucha preocupación por los bienes materiales, el estatus social, el disfrute de la vida, poco espíritu de renuncia y de pobreza evangélica. Hay resistencia a la disciplina, a la ascesis y al sacrificio. Se quiere gustar todo, vivir todo, gozar todo, muy lejos de la cruz de Cristo.

En los nuevos sacerdotes en general, hay poca perseverancia en la vida de oración, pronto claudican, como si el encuentro con Jesucristo vivo no se hubiera dado. Se descuidan las virtudes teologales y se dan y se piden explicaciones humanas de todo y para todo, sin tomar el punto de vista de la fe como necesaria referencia para la vida sacerdotal.

En general los seminarios nacionales o regionales garantizan una mejor formación en todo sentido: intelectual, espiritual, humana, y pastoral. Pero diócesis pobres que tienen su propio seminario, y ahora todas quieren tenerlo, no tienen suficiente personal capacitado que garantice una buena formación sacerdotal.

Persiste todavía la práctica de aceptar en otros seminarios y en ciertas congregaciones religiosas que se ven urgidos de vocaciones a alumnos expulsados de seminarios diocesanos, sin pedir los informes de «vita et moribus», o sin hacer caso de ellos".

En resumen, por lo expuesto anteriormente, el echarle toda la culpa a un seminario con sus formadores o a un formador en concreto, porque ven a los seminaristas flojos, sin ilusión, despistados, sin entrega, sin iniciativa, individualistas, buscadores de bienestar y prestigio,   de lenguaje inadecuado, con desequilibrios en la sexualidad,  etc., nos parece desacertado; más aun, si la vocación de un seminarista es responsabilidad de toda la comunidad, su corrupción o deformación también los incluye a todos, pero como por naturaleza humana, hay que buscar culpables, y los más próximos terminan pagando la factura que le toca pagar a todos los involucrados, por supuesto, sin salvaguardar a los responsables directos de la formación de un futuro pastor.

En este día desde hace tres años, procuro hacer un escrito reflexivo sobre lo que gira alrededor del seminario, con la intención de buscar y presentar la objetividad. Oraciones, sacrificios, apoyo hacia este proyecto en cada diócesis del mundo entero. Qué los seminarios vayan a la alturas de las exigencias del Evangelio y no de las propuestas contraproducentes del mundo. Dios les bendiga.

domingo, 12 de mayo de 2013

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS


EL ESPÍRITU SANTO ES LA FUENTE INAGOTABLE 
DE LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS

El tiempo pascual, tiempo de gracia, termina con la fiesta de Pentecostés, en que la Iglesia revive el derramamiento del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles reunidos en oración en el Cenáculo.

Pero, ¿quién es el Espíritu Santo? En el Credo profesamos con fe: «Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida». La primera verdad a la que nos adherimos en el Credo es que el Espíritu Santo es «Kyrios», Señor. Esto significa que Él es verdaderamente Dios como lo es el Padre y el Hijo, objeto, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo, en efecto, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como Hijo enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es el manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros. El hombre de todos los tiempos y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no esté amenazada por la muerte, sino que madure y crezca hasta su plenitud. El hombre es como un peregrino que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y fresca, capaz de saciar en profundidad su deseo profundo de luz, amor, belleza y paz. Todos sentimos este deseo. Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros corazones. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante», nos dice Jesús (Jn 10, 10).

Jesús promete a la Samaritana dar un «agua viva», superabundante y para siempre, a todos aquellos que le reconozcan como el Hijo enviado del Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3, 17). Jesús vino para donarnos esta «agua viva» que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, animada por Dios, nutrida por Dios. Cuando decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y obra según Dios, según el Espíritu Santo. Pero me pregunto: y nosotros, ¿pensamos según Dios? ¿Actuamos según Dios? ¿O nos dejamos guiar por otras muchas cosas que no son precisamente Dios? Cada uno de nosotros debe responder a esto en lo profundo de su corazón.

A este punto podemos preguntarnos: ¿por qué esta agua puede saciarnos plenamente? Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida; sin agua se muere; ella sacia la sed, lava, hace fecunda la tierra. En la Carta a los Romanos encontramos esta expresión: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (5, 5). El «agua viva», el Espíritu Santo, Don del Resucitado que habita en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor. Por ello, el Apóstol Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y por sus frutos, que son «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). El Espíritu Santo nos introduce en la vida divina como «hijos en el Hijo Unigénito». En otro pasaje de la Carta a los Romanos, que hemos recordado en otras ocasiones, san Pablo lo sintetiza con estas palabras: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues... habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos “Abba, Padre”. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con Él, seremos también glorificados con Él» (8, 14-17). Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la vivió Cristo, a comprender la vida como la comprendió Cristo. He aquí por qué el agua viva que es el Espíritu sacia la sed de nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús. Y nosotros, ¿escuchamos al Espíritu Santo? ¿Qué nos dice el Espíritu Santo? Dice: Dios te ama. Nos dice esto. Dios te ama, Dios te quiere. Nosotros, ¿amamos de verdad a Dios y a los demás, como Jesús? Dejémonos guiar por el Espíritu Santo, dejemos que Él nos hable al corazón y nos diga esto: Dios es amor, Dios nos espera, Dios es el Padre, nos ama como verdadero papá, nos ama de verdad y esto lo dice sólo el Espíritu Santo al corazón, escuchemos al Espíritu Santo y sigamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón

(Cfr. Papa Francisco, Audiencia General, 8 de mayo de 2013).


domingo, 5 de mayo de 2013

SACERDOTES

CONVIVENCIA INTERDIOCESANA

"El deporte, (la convivencia), ayudan a superar la lógica del individualismo y el egoísmo, que a menudo caracterizan las relaciones humanas, para dar cabida a la lógica de la fraternidad y del amor, la única que hace posible promover -en todos los ámbitos- el verdadero bien común" (Benedicto XVI, 8-junio-2012). 

El lunes 29 de abril del presente año, se dio una histórica convivencia sacerdotal en nuestra provincia eclesiástica de El Salvador. Esta se llevo a cabo en la parroquia de Berlín, Usulután, en la cual estuvieron presentes un buen número de sacerdotes de tres diócesis: Santiago de María, San Miguel y San Vicente. Se espera Dios mediante, una convivencia con estás tres diócesis y dos más a finales de este mes, en la Diócesis de Sonsonate. 


Alrededor de las 10: 30 a.m., los padres de la Diócesis de Santiago de María jugaron contra los de San Vicente, resultando ganadores los vicentinos. Luego, alrededor de las 12: 30 p.m., los padres vicentinos jugaron contra los de la Diócesis de San Miguel, los cuales terminaron empatados. Después de los partidos, se tuvo un almuerzo fraterno en la casa parroquial de Berlín. Se estimó la presencia de unos 70 sacerdotes, aparte del obispo de San Vicente y Sonsonate. 


En lo personal, el acercamiento de los sacerdotes de la provincia eclesiástica de El Salvador, por medio del deporte y otras actividades, pienso que es en primer lugar fruto del Espíritu Santo, la conciencia de crear la comunión deseada y mandada por Cristo, y el valoramiento de este elemento importante en la formación permanente sacerdotal. 


Dios quiera que por medio del deporte, la convivencia, el dialogo fraterno, la creación de espacios para estrechar lazos de amistad, se vaya pasando a una unificación sacerdotal y pastoral más solida. 


"Que todos sean uno como tu y yo somos uno"
(Juan 17, 21)