domingo, 4 de noviembre de 2012

MES DE NOVIEMBRE


DEDICADO A LAS REALIDADES ESCATOLOGICAS

Cada mes de noviembre, la Iglesia Católica nos pone de frente a las realidades escatológicas, las postrimerías o las verdades últimas .  "Todo discurso cristiano sobre las realidades últimas, llamado escatología, parte siempre del acontecimiento de la Resurrección: en este acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes" (Beato Juan Pablo II, 12 de noviembre de 2008). El tema de la Resurrección abre una nueva perspectiva, la de la espera de la vuelta del Señor y, por ello, nos lleva a reflexionar sobre la relación entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y del reino de Cristo, y el futuro (éschaton) que nos espera, cuando Cristo entregará el Reino al Padre (cf.1 Co 15, 24). Escatología, del griego "éscahtos" o "eschatos"(último, final, postrero) y "logos" (discurso, estudio, tratado). La Iglesia Católica lo define como "el discurso de las cosas últimas o finales como la muerte, el juicio y el destino final del alma".

"Es posible morir en gracia de Dios, en su amistad, pero sin la pura y plena santidad requerida para gozar de la infinita santidad del Amor divino. La existencia del Purgatorio es una verdad de fe. También, cabría decir, un «dogma de esperanza», porque, si queremos a Dios, si luchamos por ser buenos hijos, aunque nos falte santidad, no nos dejará de su mano, nos purificará después de la muerte en el misterioso estado que llamamos Purgatorio. A las almas que estén allí podemos ayudarlas con nuestros sufragios, especialmente ofreciendo el Sacrificio del Altar, que es el de Cristo en el Calvario en modo sacramental. También con otras oraciones, sacrificios y trabajos. 

La enseñanza cristiana sobre la muerte es severa, porque impone una vida sencilla, austera, de entrega a Dios y a los demás. Pero es luz que llena de sentido nuestro caminar por el tiempo hacia la eternidad. Para los que aman a Dios, todo es para bien. La muerte es bifronte, tiene dos caras: una da hacia nosotros, los que nos movemos en el tiempo; es más bien fea, triste, deforme, repugna al poco de producirse. Pero tiene otro rostro, el que mira a la eternidad, el que ve Dios. Éste es como el rostro de un niño recién nacido, porque el día de la muerte es, como decían los primeros cristianos «el día del verdadero nacimiento», porque inicia la vida que ya no muere. El cristiano hace poco más que cambiar de casa, es un cambio ventajoso, un cambio «en Cristo». Cristo es Dios hecho hombre que ha pasado por la muerte («pascua») para llenarla de su vivir resucitado. Nuestro morir es pasar por la muerte de Cristo que es Vida. Vida vivificante, vida inmortal. Vida que se adquiere ya antes, en la Eucaristía: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna». Es una maravilla, impresionante. Por eso, para un cristiano, el temor a la muerte no tiene fundamento objetivo. Se puede mirar a los ojos, cara a cara, de hito en hito a la muerte, porque, bien mirado, el rostro de la muerte no es otro que el rostro vivo y amabilísimo de Cristo resucitado. 

Por eso, el Santo Padre podía decir, el día 2 de noviembre de 2002, en la plaza de San Pedro, a la hora del Ángelus, que para el hombre, «todo es don de Dios, incluida la muerte». «El mundo de hoy –añadía- tiene más necesidad que nunca de redescubrir el sentido de la vida y de la muerte en la perspectiva de la vida eterna. Fuera de ésta se transforma paradójicamente en cultura de muerte». «Sin el horizonte de Dios, se encuentra como prisionera del mundo, sobrecogida por el miedo, y genera por desgracia muchas patologías personales y colectivas». 

Es ésta una poderosa razón para que los cristianos comprendamos que tenemos en nuestras manos un don que no tenemos derecho a reservarnos: el mensaje más urgente que requiere el mundo contemporáneo: el mensaje sobre el sentido de la muerte, que es el mensaje del sentido de la vida temporal y de la eterna. Un mensaje de luz, de esperanza, de certeza, de Vida" (Antonio Orozco Delclós).

A manera de resumen, exponemos la enseñanza del articulo 12, de la primera parte del Catecismo de la Iglesia Católica (confrontar: nn. 1020-1050):

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. 

La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf.Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.

Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).

«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).

 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).

Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia [...] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo [...] cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (Lumen Gentium 48).