jueves, 17 de mayo de 2012

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


"VAYA Y PREDIQUEN"
(MARCOS 16, 15-20)

"Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar liturgicamente el día que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de los ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre" (De los sermones de san León Magno, Papa).

Basados en el Evangelio que se proclama el domingo ciclo "b" previo a Pentecostés, hacemos la siguiente reflexión.

En el versículo 14 se dice que Jesús se apareció a los Once Apóstoles, a los cuales reprendió  por su incredulidad y dureza de corazón en relación a su resurrección. Luego, Jesús les da unas indicaciones finales y observaciones a tener en cuenta.

Según este texto bíblico, se dirige a los Once, es decir, a los primeros obispos. A ellos les da las indicaciones. "Las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de Marcos confieren a la evangelización, que el Señor confía a los Apóstoles, una universalidad sin fronteras: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 49). Se nos exhorta con frecuencia que debemos misionar, evangelizar, pero tengamos en cuenta que debe ser en unión con los Apóstoles y sus sucesores, por eso se dice que la comunión es un signo eficaz de evangelización: "La comunión es un signo eficaz de evangelización: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). En esta comunión, vertical y horizontal, está el fundamento de la fecundidad de la misión. La comunión es, de por sí, misionera, pues mediante ella la Iglesia se presenta y actúa como sacramento visible de unidad salvífica, es decir, «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Eclesiología del Vaticano II: comunión y misión). Entonces no es solo de agarrar la Biblia, porque la persona se siente "tomada" por el Señor y de ir predicar a su manera y a sus anchas. 

¿Cuáles son las últimas indicaciones de Jesús a los Apóstoles?
1. Vayan por todo el mundo 
2. Prediquen el evangelio
3. Bauticen

¿Cuáles son las observaciones a tener en cuenta?
1. Quien crea y sea bautizado se salvará.
2. Quien no creyera, será condenado.
3. Signos que acompañarán en los que hayan creído: 
    - Expulsar demonios.
    - Hablar lenguas nuevas.
    - Agarrar serpientes.
    - Si alguien bebe un veneno mortal, no le hará daño.
    - Por la imposición de las manos, los enfermos quedarán sanos.

Es interesante notar que Jesús antes de darles la indicaciones, les reprende en torno a la falta de fe y después de ellas, vuelve al tema de la fe unida a manifestaciones de credibilidad. "A los que hayan creído"; hayan creído, son verbos  que están en pretérito perfecto modo subjuntivo de la voz activa, es decir, la fe es indispensable para el anuncio, para la misión, es requisito previo. La fe mantiene a la persona ubicada en que a quien debe anunciar es a Jesucristo y su mensaje. Por otra parte,  "la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal" (Redemptoris Missio 2). Para los que se preguntan cuál es la voluntad de Dios expresada en Jesucristo, pues, con la lectura y meditación de este pasaje evangélico nos queda clara. 

"Las diversas formas del « mandato misionero » tienen puntos comunes y también acentuaciones características. Dos elementos, sin embargo, se hallan en todas las versiones. Ante todo, la dimensión universal de la tarea confiada a los Apóstoles: « A todas las gentes » (Mt 28, 19); « por todo el mundo ... a toda la creación » (Mc16, 15); « a todas las naciones » (Act 1, 8). En segundo lugar, la certeza dada por el Señor de que en esa tarea ellos no estarán solos, sino que recibirán la fuerza y los medios para desarrollar su misión. En esto está la presencia y el poder del Espíritu, y la asistencia de Jesús: « Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos » (Mc 16, 20) " (Redemptoris Missio 23).


"El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían"


El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra. Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf.Jn 16,28). "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino" (Prefacio de la Ascensión del Señor, I: Misa Romano).

Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 75 ). Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Niceno-Constantinopolitano: DS 150).