lunes, 26 de noviembre de 2012

COMPARTIENDO EXPERIENCIAS


"TEOLOGÍA SISTEMÁTICA DE LA MISIÓN"

"El sacerdote deberá completar su formación teológica y eclesiológica con vistas a desarrollar su espiritualidad misionera e integrarla en su vida" (Mensaje de su Eminencia el Cardenal Jozef Tomko, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Vademécum de la Unión Pontificia Misional). La Escuela de Teología de la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad Don Bosco y las Obras Misionales Pontificias de El Salvador, convocaron al DIPLOMADO EN TEOLOGÍA SISTEMÁTICA DE LA MISIÓN, dirigido por el Pbro. Dr. Juan Vicente Chopín Portillo. El estudio inició en enero y finalizó en octubre del presente año. La graduación se llevó a cabo el sábado 24 de noviembre, a las 2: 00 p.m., en el aula magna de la ciudadela "Don Bosco". Al inicio del año hubo dos sedes para los encuentros presenciales, o sea, en San Salvador y Santo Domingo, pero en los últimos meses los encuentros solo se tuvieron en Santo Domingo, por ser un grupo ya pequeño y cuyos estudiantes en su mayoría eramos los relacionados a dicha sede. Finalizamos el diplomado con la realización de un trabajo final, cuatro sacerdotes y dos laicos. Se destaca la seriedad y hasta exigencia del diplomado, el cual recomiendo vale la pena cursar.


¿En qué consiste la Teología Sistemática de la Misión? Nos brinda una descripción el p. Juan Chopín, en su blog "misionología contemporánea": Esta parte es extremamente importante, si bien, es a la que más temor le suelen tener los estudiantes que conozco. Esta parte trata de los principios teológicos que explican la misión, por tanto entra en aspectos más especulativos, es decir, en analizar aquellos elementos que dan sentido a la palabra “misión”. Sus dos puntos principales de referencia son los estudios bíblicos al respecto y la producción teológica: libros, artículos y debates al respecto. Tendremos ocasión de detenernos en ello. Los estudiantes normalmente creen que la misión es una cosa simplemente práctica, incluso creen, románticamente, que la misión se pueda en algún modo imaginar como la expresión de personas que van a países lejanos a donar toda su vida en la predicación, pero la verdad es que el fenómeno de la misión es complejo y antes de cualquier experiencia misionera es determinante una adecuada formación teorética sobre el sentido de la misión.



Podría parecer a simple vista algo insignificante el estudio realizado, pero de ninguna manera, en el caminar de las clases se accedió a la comprensión bíblica, eclesial, histórica, antropológica, teológica de la misión, a nivel universal, continental y nacional. Esto condujo a una lectura de la realidad precedente y actual, en relación a la misión desde este proceso sistemático, con un panorama más amplio para asumir los retos en el nuevo milenio. 


Por otra parte, en esa misma ceremonia, se graduaron un grupo de laicos en tres niveles de estudios teológicos, en su mayoría de la ciudad de San Vicente,como también de Apastepeque, s. Cayetano e Istepeque. Muchos de ellos son profesionales y con esta herramienta académica, ellos y todos los graduados están invitados a la colaboración al crecimiento del Reino de Dios y la transformación social desde el Evangelio. No se puede obviar la labor de los padres de "El Calvario", San Vicente, en esta dirección. 

jueves, 22 de noviembre de 2012

TEMAS PARA EL AÑO DE LA FE 2


LA FE DE LA IGLESIA (I)
"Nuestra fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria"

¿La fe tiene un carácter sólo personal, individual? ¿Interesa sólo a mi persona? ¿Vivo mi fe solo? Estas preguntas son básicas para responder una inquietud: Si la fe es un don, pues es Dios quien toma la iniciativa y nos sale al encuentro; y así la fe es una respuesta con la que nosotros le acogemos como fundamento estable de nuestra vida, ¿para que necesito congregarme en la iglesia? ¿Para que asisto a encuentros comunitarios religiosos, si puedo amar a Dios tranquilamente en mi casa o de manera solitaria? Llama la atención como algunos hermanos separados de la Iglesia Católica, sostienen que Jesús no vino a fundar ninguna Iglesia, pero ellos si promueven e invitar a asistir a "su" "iglesia". Lo que he querido resaltar es que la fe empuja a compartirla, celebrarla, manifestarla con los otros creyentes.

Cierto: el acto de fe es un acto eminentemente personal que sucede en lo íntimo más profundo y que marca un cambio de dirección, una conversión personal: es mi existencia la que da un vuelco, la que recibe una orientación nueva. 


En la liturgia del bautismo, en el momento de las promesas, el celebrante pide la manifestación de la fe católica y formula tres preguntas: ¿Creéis en Dios Padre omnipotente? ¿Creéis en Jesucristo su único Hijo? ¿Creéis en el Espíritu Santo? Antiguamente estas preguntas se dirigían personalmente a quien iba a recibir el bautismo, antes de que se sumergiera tres veces en el agua. Y también hoy la respuesta es en singular: «Creo». Pero este creer mío no es el resultado de una reflexión solitaria propia, no es el producto de un pensamiento mío, sino que es fruto de una relación, de un diálogo, en el que hay un escuchar, un recibir y un responder; comunicar con Jesús es lo que me hace salir de mi «yo» encerrado en mí mismo para abrirme al amor de Dios Padre. Es como un renacimiento en el que me descubro unido no sólo a Jesús, sino también a cuantos han caminado y caminan por la misma senda; y este nuevo nacimiento, que empieza con el bautismo, continúa durante todo el recorrido de la existencia. Es decir, que detrás de mi profesión de fe, de la aceptación de Jesucristo, su persona, su mensaje y todo lo mandado por Él, hay toda una fe de millones y millones de personas a través de la historia, hay toda una tradición riquísima de fe. Por eso con profundo respeto, pero los hermanos separados por más que ataquen la Iglesia Católica y se sientan "salvos" por independizarse de la "gran ramera" como le llaman algunos de ellos, su propia doctrina y su "iglesia" tienen como precedencia la fe de la Iglesia Católica (Cisma de Occidente, siglo XVI, separación de muchos cristianos de la Iglesia Católica: protestantes). 

No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me es donada por Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia y me introduce así, en la multitud de los creyentes, en una comunión que no es sólo sociológica, sino enraizada en el eterno amor de Dios que en Sí mismo es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; es Amor trinitario. Nuestra fe es verdaderamente personal sólo si es también comunitaria: puede ser mi fe sólo si se vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia, sólo si es nuestra fe, la fe común de la única Iglesia.


Los domingos, en la santa misa, recitando el «Credo», nos expresamos en primera persona, pero confesamos comunitariamente la única fe de la Iglesia. Ese «creo» pronunciado singularmente se une al de un inmenso coro en el tiempo y en el espacio, donde cada uno contribuye, por así decirlo, a una concorde polifonía en la fe. El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza de modo claro así: «“Creer” es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre” [san Cipriano]» (n. 181). Por lo tanto la fe nace en la Iglesia, conduce a ella y vive en ella. Esto es importante recordarlo. Les recomiendo investigar la historia de la creación del Credo, esto ilustra y fortalece la fe y da elementos sólidos sobre la fe de la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica. 

Credere è un atto ecclesiale
(Benedetto XVI)

domingo, 18 de noviembre de 2012

SEXUALIDAD


ATRACCIÓN Y DONACIÓN:
EL SENTIDO HUMANO DE LA SEXUALIDAD

La diferencia obvia entre hombre y mujer es complementaria y reciproca, y por ello se establece una referencia del uno hacia el otro. El hombre y la mujer no son diferentes por casualidad, ni tampoco poseen uso de razón y sentimientos así por así. Hay una atracción natural entre lo masculino y lo femenino, entre el modo de ser del hombre y de la mujer. "Éstos tienen a unirse porque, por así decir, 'encajan' de modo natural (Ricardo Yepes Stork-Javier Aranguren Echeverría, Fundamentos de antropología, p. 202). Si el ser humano fuera solo cuerpo (esto de por sí es contradictorio, porque entonces no se le podría llamar ser humano), serían "naturales" todas las uniones sexuales que el hombre y la mujer tuvieran con varios; pero como el ser humano es cuerpo y espíritu, la sexualidad tiene un carácter libre y amoroso, elementos definitorios de la persona humana, es decir, hay una "donación" de uno hacia el otro y no un saciar de los instintos al estilo de los animales, los cuales no saben ni con quien se unen, ni por qué ni para qué lo hacen. 

La sexualidad es algo de por sí valioso por el hecho de pertenecer a la intimidad de lo humano. Por tanto, no debe ser considerado como algo impertinente o pecaminoso. El valor de la sexualidad no se reduce al cumplimiento de la finalidad biológica reproductiva, sino que vale por sí misma, es decir, "la sexualidad es por sí misma buena" (Ibid.). Tomemos un ejemplo: "la mirada". La mirada puede ser definida por la fisiología o la psicología, como la observación fija hacia un punto determinado o un tipo de respuesta a determinados estímulos positivos y negativos. Estas definiciones son verdaderas, pero son insuficientes, hasta en los algunos animales podríamos observar eso. La mirada, el mirar implica una expresión de quien la emite, y así se habla de miradas frías y distantes, o de miradas que manifiestan enojo, tristeza, dolor; y de otras miradas de amor, de protección o de consuelo. La mirada es la ventana de nuestro cuerpo que nos permite divisar nuestro interior; en definitiva, es un gesto que expresa y realiza sentimientos y algunos actos propios del amor. Así nos distanciamos de los animales y nos movemos dentro de la esfera propiamente humana.

La sexualidad es aquella dimensión humana "en virtud de la cual la persona es capaz de una donación interpersonal especifica" (A. Ruiz Retegui, La sexualidad humana, cit., 270). Con esta afirmación y el ejemplo de la mirada, debe superarse la sexualidad como sinónimo de órganos sexuales. La sexualidad es la "dimensión" humana, por medio de la cual hombre y mujer se dan uno al otro como personas que piensan, sienten, deciden y se entregan. "Ser hombre y mujer es condición de toda la persona, pero es también una capacidad física y psíquica de que dos personas se unan, se den la una a la otra, se destinen reciprocamente" (Ricardo Yepes Stork-Javier Aranguren Echeverría, Fundamentos de antropología, p. 203). Entonces, la entrega libre y total, por tanto, amorosa, tiene esta forma específica de "expresarse" y "realizarse". Por eso, una unión ente hombre y mujer por puro placer, o por intercambio entre dinero y cuerpo, o por juego y hasta por aparente amor, se sale del ámbito humano, el cual exige libertad, responsabilidad  y entrega total. 

"Sabemos que dar es lo propio de la persona y que los actos del amor permiten realizar esa capacidad de mil modos. La relación amorosa entre varón y mujer es un tipo de amor especial, que incluye la entrega corporal. No se puede entender la sexualidad si no se considera ese "amor especial" , dentro del cual ella encuentra su sentido humano" (Ibid.). Así que fuera de ese amor especial, la sexualidad deja de ser algo bello y bueno (en sentido metafísico y experiencial ), dando lugar a algo simplemente útil, cuyo sentido y significados propios han entrado en crisis o hasta pueden desaparecer. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

TEMAS PARA EL AÑO DE LA FE 1


¿QUÉ ES LA FE?

A partir de esta publicación, se intentará brindar a los lectores las catequesis (Audiencia General) del Papa Benedicto XVI, de manera temática, esquematica y hasta "en pildoras", pretendiendo ser una ayuda para la mayor comprensión personal y expositiva, con referencia al Año de la fe, inaugurado el 11 de octubre del corriente año. Estos temas son de caracter formativo, espiritual, pastoral, dirigidos a iluminar y fortalecer la vida del ser humano, sobre su peregrinar terreno hacia la eternidad.

Desarrollo

1. En nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, la cual comprende:
    - Un conocimiento de sus verdades,
    - un conocimiento de los acontecimientos de la salvación,
    - nacida de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo.

2. ¿Qué signos describen el contexto actual social, al margen de la fe? 
    - Crecimiento de un cierto desierto espiritual.
    - A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los éxitos de la técnica, hoy el hombre no parece que sea verdaderamente más libre, más humano; persisten muchas formas de explotación, manipulación, violencia, vejación, injusticia.
     - Cierto tipo de cultura, además, ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, de lo factible.
      - Crece también el número de cuantos se sienten desorientados y, buscando ir más allá de una visión sólo horizontal de la realidad, están disponibles para creer en cualquier cosa.

3. El saber de la ciencia, por importante que sea para la vida del hombre, por sí sólo no basta, pues necesita:
    -  Amor,
    -  significado y esperanza, 
    -  un fundamento seguro,
    - un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico también en la crisis, las oscuridades, las dificultades y los problemas cotidianos.

4. Partiendo del numeral anterior, ingresamos al campo de la fe, por tanto, ¿en qué consiste la fe?
    -    Es un confiado entregarse a un «Tú» que es Dios, quien me da una certeza distinta, pero no menos sólida que la que me llega del cálculo exacto o de la ciencia.
    - Es un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un «Tú» que me dona esperanza y confianza. 
      - Nos hace conscientes de que Dios mismo se ha mostrado a nosotros en Cristo; ha dado a ver su rostro y se ha hecho realmente cercano a cada uno de nosotros.
      - Es creer en el amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación.

5. ¿En qué consiste, entonces, tener fe?
    - Es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona.
     - Es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre.
     - Abandonarme con confianza en el sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo, ese sentido que nosotros no tenemos capacidad de darnos, sino sólo de recibir como don, y que es el fundamento sobre el que podemos vivir sin miedo.

6. El valiente testimonio de la fe por parte del cristiano
La confianza en la acción del Espíritu Santo nos debe impulsar siempre a ir y predicar el Evangelio. Como cristianos somos testigos de este terreno fértil: nuestra fe, aún con nuestras limitaciones, muestra que existe la tierra buena, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, de paz y de amor, de nueva humanidad, de salvación. 

7. ¿De dónde obtiene el hombre esa apertura del corazón y de la mente para creer en el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo muerto y resucitado, para acoger su salvación, de forma que Él y su Evangelio sean la guía y la luz de la existencia? 
Nosotros podemos creer en Dios porque Él se acerca a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Resucitado, nos hace capaces de acoger al Dios viviente.

8. ¿Por qué el bautismo está en la base de nuestro camino de fe?
- Porque es el sacramento que nos dona el Espíritu Santo, convirtiéndonos en hijos de Dios en Cristo.
- Porque marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia.
-  Del bautismo en adelante cada creyente está llamado a revivir y hacer propia esta confesión de fe junto a los hermanos.

9. ¿Por qué la fe siendo un don de Dios es también un acto profundamente libre y humano?
- No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre (CEC, n. 154).
- Implica y exalta en una apuesta de vida que es como un éxodo, salir de uno mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos indica su camino para conseguir la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la alegría verdadera del corazón, la paz con todos. 
- Creer es fiarse con toda libertad y con alegría del proyecto providencial de Dios sobre la historia, como hizo el patriarca Abrahán, como hizo María de Nazaret. 
- La fe es un asentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su «sí» a Dios, confesando que Jesús es el Señor. 
- Este «sí» transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable.

10. ¿Qué es lo que requiere nuestro tiempo?
Requiere cristianos:
- Que hayan sido aferrados por Cristo,
- que crezcan en la fe gracias a la familiaridad con la Sagrada Escritura y los sacramentos. 
- Personas que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de ese Dios que nos sostiene en el camino y nos abre hacia la vida que jamás tendrá fin.

Udienza Generale 24 ottobre 2012


"La fede allora è anzitutto un dono soprannaturale, un dono di Dio"

domingo, 4 de noviembre de 2012

MES DE NOVIEMBRE


DEDICADO A LAS REALIDADES ESCATOLOGICAS

Cada mes de noviembre, la Iglesia Católica nos pone de frente a las realidades escatológicas, las postrimerías o las verdades últimas .  "Todo discurso cristiano sobre las realidades últimas, llamado escatología, parte siempre del acontecimiento de la Resurrección: en este acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes" (Beato Juan Pablo II, 12 de noviembre de 2008). El tema de la Resurrección abre una nueva perspectiva, la de la espera de la vuelta del Señor y, por ello, nos lleva a reflexionar sobre la relación entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y del reino de Cristo, y el futuro (éschaton) que nos espera, cuando Cristo entregará el Reino al Padre (cf.1 Co 15, 24). Escatología, del griego "éscahtos" o "eschatos"(último, final, postrero) y "logos" (discurso, estudio, tratado). La Iglesia Católica lo define como "el discurso de las cosas últimas o finales como la muerte, el juicio y el destino final del alma".

"Es posible morir en gracia de Dios, en su amistad, pero sin la pura y plena santidad requerida para gozar de la infinita santidad del Amor divino. La existencia del Purgatorio es una verdad de fe. También, cabría decir, un «dogma de esperanza», porque, si queremos a Dios, si luchamos por ser buenos hijos, aunque nos falte santidad, no nos dejará de su mano, nos purificará después de la muerte en el misterioso estado que llamamos Purgatorio. A las almas que estén allí podemos ayudarlas con nuestros sufragios, especialmente ofreciendo el Sacrificio del Altar, que es el de Cristo en el Calvario en modo sacramental. También con otras oraciones, sacrificios y trabajos. 

La enseñanza cristiana sobre la muerte es severa, porque impone una vida sencilla, austera, de entrega a Dios y a los demás. Pero es luz que llena de sentido nuestro caminar por el tiempo hacia la eternidad. Para los que aman a Dios, todo es para bien. La muerte es bifronte, tiene dos caras: una da hacia nosotros, los que nos movemos en el tiempo; es más bien fea, triste, deforme, repugna al poco de producirse. Pero tiene otro rostro, el que mira a la eternidad, el que ve Dios. Éste es como el rostro de un niño recién nacido, porque el día de la muerte es, como decían los primeros cristianos «el día del verdadero nacimiento», porque inicia la vida que ya no muere. El cristiano hace poco más que cambiar de casa, es un cambio ventajoso, un cambio «en Cristo». Cristo es Dios hecho hombre que ha pasado por la muerte («pascua») para llenarla de su vivir resucitado. Nuestro morir es pasar por la muerte de Cristo que es Vida. Vida vivificante, vida inmortal. Vida que se adquiere ya antes, en la Eucaristía: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna». Es una maravilla, impresionante. Por eso, para un cristiano, el temor a la muerte no tiene fundamento objetivo. Se puede mirar a los ojos, cara a cara, de hito en hito a la muerte, porque, bien mirado, el rostro de la muerte no es otro que el rostro vivo y amabilísimo de Cristo resucitado. 

Por eso, el Santo Padre podía decir, el día 2 de noviembre de 2002, en la plaza de San Pedro, a la hora del Ángelus, que para el hombre, «todo es don de Dios, incluida la muerte». «El mundo de hoy –añadía- tiene más necesidad que nunca de redescubrir el sentido de la vida y de la muerte en la perspectiva de la vida eterna. Fuera de ésta se transforma paradójicamente en cultura de muerte». «Sin el horizonte de Dios, se encuentra como prisionera del mundo, sobrecogida por el miedo, y genera por desgracia muchas patologías personales y colectivas». 

Es ésta una poderosa razón para que los cristianos comprendamos que tenemos en nuestras manos un don que no tenemos derecho a reservarnos: el mensaje más urgente que requiere el mundo contemporáneo: el mensaje sobre el sentido de la muerte, que es el mensaje del sentido de la vida temporal y de la eterna. Un mensaje de luz, de esperanza, de certeza, de Vida" (Antonio Orozco Delclós).

A manera de resumen, exponemos la enseñanza del articulo 12, de la primera parte del Catecismo de la Iglesia Católica (confrontar: nn. 1020-1050):

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. 

La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf.Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.

Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).

«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).

 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).

Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia [...] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo [...] cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (Lumen Gentium 48).