martes, 17 de mayo de 2011

NOVENA EN HONOR A NUESTRA CO-PATRONA "MARIA AUXILIADORA DE LOS CRISTIANOS"


Estimados sacerdotes,

Esta es la propuesta de la novena de nuestras fiestas patronales en honor a María Auxiliadora, co-patrona de la diócesis de San Vicente.

Lamento enviarla tarde, pero espero que aún pueda servirles en la organización de la Novena.

Envío cuatro insumos:
·       El programa de la Novena. Especifíco en éste el tema, la intención y los responsables. Los responsables  han sido propuestos pensando en la intención; Cada parroquia pueden cambiar los responsables de cada día.
·       Reseña histórica de la advocación María Auxiliadora de los Cristianos.
·       Reflexiones que buscan iluminar la intención de cada día y pueden ayudar para dar catequesis marianas
·       Novena para la práctica de piedad individual o de grupos

Las lecturas de las Misas serán las propias de cada día, por eso no las he escrito.

Espero que estos insumos les sirvan para la realización de la Novena y así prepararse y dar mayor solemnidad a estas fiestas diocesanas en honor a María Auxiliadora de los cristianos.

Que el Señor resucitado les asista en el ejercicio del ministerio que les ha confiado,

Su afectísimo en Cristo y María,

Pbro. Mauricio Merino


FIESTA DIOCESANA
MARÍA AUXILIADORA

Domingo 15 de Mayo- 1º Día de la Novena 
Tema: MARÍA EN EL MISTERIO DE LA IGLESIA.
Intención: Por la Iglesia Universal, por el Santo Padre y todos los que colaboran con él en la misión que Dios le ha confiado.
Responsables: Equipo Parroquial de Liturgia

Lunes 16 de Mayo 2º Día de la Novena 
Tema: MATERNIDAD VIRGINAL DE MARIA. “Aprendemos a respetar y amar la Vida”. 
Intención: Por las jóvenes que se preparan al matrimonio, por los esposos, las embarazadas, las madres, y las mujeres que desean ser madres.
Responsables: Pastoral familiar

Martes 17 de Mayo 3º Día de la Novena 
Tema: MARIA, MADRE DEL REDENTOR. “Queremos ser fieles y obedientes
Intención: Por las familias, los niños, los catequistas y los diferentes grupos y movimientos infantiles.
Responsables: Pastoral Infantil

Miércoles 18 de Mayo 4º Día de la Novena 
Tema: MARIA EN EL CAMINO DE LA FE.  Acrecienta nuestra Fe”
Intención: Por todos los bautizados para que vivamos nuestra vocación y misión, asumiendo compromisos en la tarea evangelizadora de la Iglesia.
Responsables: Obras Misionales Pontificias y Equipos Parroquiales de Evangelización.

Jueves 19 de Mayo 5º Día de la Novena 
Tema: JUNTO A LA CRUZ ESTABA SU MADRE. “Enséñanos a superar las adversidades”
Intención: por los enfermos, los pobres, los encarcelados, los necesitados y por todas las personas que trabajan a favor de ellos.
Responsables: Pastoral Social o ministerios de oración o misericordia

 Vieres 20 de Mayo 6º Día de la Novena 
Tema: MARIA, SIGNO SEGURO DE ESPERANZA. “Aprendamos a perdonar a nuestros hermanos
Intención: Por la paz y la reconciliación en nuestra sociedad. Para que los cristianos seamos artesanos de la paz y promovamos comunidades fraternas y solidarias..
Responsables: Los movimientos eclesiales

Sábado 21 de Mayo 7º Día de la Novena 
Tema: LA LLENA DE GRACIA “Queremos imitarte en tu bondad, dulzura y humildad” 
Intención: Por las religiosas y todas las personas consagradas al servicio de los demás.
Responsables: Grupo de Oración Divina Misericordia,  Ministerios de oración, Guardia del Santísimo, Apostolado de la oración.

Domingo 22 de Mayo 8º Día de la Novena.
Tema: HACED LO QUE EL OS DIGA.  Entreguemos nuestras vidas al servicio de la Iglesia”
Intención: Por todos los agentes de pastoral, los diversos movimientos y comunidades parroquiales.
Responsable: Consejo Parroquial de Pastoral

Lunes 23 de Mayo 9º Día de la Novena 
Tema: MARIA, MADRE DE LOS CREYENTES. “El discípulo la acogió consigo”.
Intención: Por todos los Jóvenes de nuestra diócesis, por los agentes de pastoral juvenil
Responsables: Pastoral Juvenil
4:00 p.m. PROCESIÓN en la Ciudad de San Vicente 

Martes 24 de Mayo
Tema: CELEBRACIÓN EUCARISTICA. FIESTA DIOCESANA
10:00 a.m. Celebración Eucarística en Catedral
Intención: Por la Diócesis de San Vicente: Obispo, sacerdotales, religiosas y todos los fieles cristianos.
Responsable: Equipo de Liturgia


HISTORIA DE LA DEVOCIÓN A MARÍA AUXILIADORA

Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". 
El primero que llamó a la Virgen María con el título de “Auxiliadora” fue San  Juan Crisóstomo, en Constantinopla en al año 345, el dice: “Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios”.
San Sabas en el año 532 narra que en oriente había una imagen de la Virgen que era llamada “Auxiliadora de los enfermos”, porque junto a ella se obraban muchas curaciones.
San Juan Damasceno en el año 749 fue el primero en propagar la jaculatoria: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Y repite: la virgen es “auxiliadora para evitar males y peligros y auxiliadora para conseguir la salvación”.
En Ucrania, Rusia, se celebra la fiesta de María Auxiliadora el 1 de octubre desde el año 1030, en ese año libró a la ciudad de la invasión de una terrible tribu de bárbaros paganos.
En el año 1572, el Papa San Pió quinto ordenó que en todo el mundo católico se rezara en las letanías la advocación “María Auxiliadora, rogad, por nosotros”, porque en ese año Nuestra Señora libró prodigiosamente en la batalla de Lepanto a toda la cristiandad que venía a ser destruida por un ejército mahometano de 282 barcos y 88.000 soldados.
En el año 1600 los católicos del sur de Alemania hicieron una promesa a la Virgen de honrarla con el título de auxiliadora si los libraba de la invasión de los protestantes y hacía que se terminara la terrible guerra de los 30 años.
La Madre de Dios les concedió ambos favores y pronto había ya más de 70 capillas con el título de María Auxiliadora de los cristianos.
En 1683 los católicos al obtener inmensa victoria en Viena contra los enemigos de la religión, fundaron la asociación de María Auxiliadora, la cual existe hoy en más de 60 países.
En 1814, el Papa Pío VII, prisionero del general Napoleón, prometió a la Virgen que el día que llegara a Roma, en libertad, lo declararía fiesta de María Auxiliadora. Inesperadamente el pontífice quedó libre, y llegó a Roma el 24 de mayo. Desde entonces quedó declarado el 24 de mayo como día de María Auxiliadora.
En 1860 la Santísima Virgen se aparece a San Juan Bosco y le dice que quiere ser honrada con el título de "Auxiliadora”, y le señala el sitio para que le construya en Turín, Italia, un templo.
Empezó la obra del templo con sus tres monedas de veinte centavos cada una, pero fueron tantos y tan grande los milagros que María Auxiliadora empezó a obtener a favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la Gran Basílica. El Santo solía decir: “Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen”, desde aquel Santuario comienza a extenderse por el mundo la devoción a María bajo el título de Auxiliadora de los Cristianos.
El nombre de Auxiliadora se le daba ya en el año 1030 a la Virgen María, en Ucrania (Rusia), por haber liberado aquella región de la invasión de las tribus paganas. Desde entonces en Ucrania se celebra cada año la fiesta de María  Auxiliadora el 1ro de octubre.
Se tiene constancia de que hacia el año 1558 ya figuraba en las letanías que se acostumbraban recitar en el santuario de Loreto Italia. Esta advocación se hizo fuerte ante la invasión de los turcos en 1571 donde San Pío V la invocó como María  Auxiliadora de los Cristianos o con los Príncipes Católicos de Alemania fieles al catolicismo frente a las tesis protestantes o frente a las invasiones turcas sobre Viena en el siglo XVII o, incluso, como mano protectora frente a los caprichos de Napoleón Bonaparte que llevo al Papa Pío VII al destierro, y a su liberación, quiso en 1814 instituir en el 24 de mayo su fiesta litúrgica.
Pero sin duda fue San Juan Bosco, el santo de María Auxiliadora, con el que esta evocación mariana encontró el mejor paladín y trampolín para el desarrollo y popularidad, "No he sido yo, ha sido la Virgen Auxiliadora quien te ha salvado"... "Cada ladrillo de esta iglesia  - se refería a la gran Basílica que en su obsequio empezó el 1863 - es una gracia de la Virgen María"...
Pero será exactamente en 1862, en plena madurez de Don Bosco, cuando éste hace la opción mariana definitiva: Auxiliadora. "La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora: los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana".
Desde esa fecha el título de Auxiliadora aparece en la vida de Don Bosco y en su obra como "central y sintetizador". La Auxiliadora es la visión propia que Don Bosco tiene de María. La lectura evangélica que hace de María, la experiencia de su propia vida y la de sus jóvenes salesianos, y su experiencia eclesial le hace percibir a María como "Auxiliadora del Pueblo de Dios".
En 1863 Don Bosco comienza la construcción de la iglesia en Turín. Todo su capital era de cuarenta céntimos, y esa fue  la primera paga que hizo al constructor. Cinco años más tarde, el 9 de junio de 1868, tuvo lugar la consagración del templo. Lo que sorprendió a Don Bosco primero y luego al mundo entero fue que María Auxiliadora se había construido su propia casa, para irradiar desde allí su patrocinio. Don Bosco llegará a decir: "No existe un ladrillo que no sea señal de alguna gracia".
Hoy, salesianos y salesianas, fieles al espíritu de sus fundadores y a través de las diversas obras que llevan entre manos siguen proponiendo como ejemplo, amparo y estímulo en la evangelización de los pueblos el auxilio que viene de Santa María Virgen.


TEMAS PARA LA REFLEXIÓN

Primer día
MARÍA EN EL MISTERIO DE LA IGLESIA
La mariología se coloca en el misterio unitario de Cristo y de la Iglesia, como la expresión personal de su conexión. La Iglesia, en su hacerse un solo espíritu de amor con Cristo, permanece siempre un ser-en-frente del Esposo. Así la íntima unión de Cristo y la Iglesia aparece clara en la expresión esposo-esposa, cabeza-cuerpo.
María tiene su lugar en el acontecimiento central del misterio de Cristo, pero de Cristo considerado como Cristo total, Cabeza y cuerpo; y, en consecuencia, juntamente con la Iglesia. En ambos aspectos de este único misterio, María ocupa un puesto único y desempeña una misión singular. El culto de la Madre de Dios está incluido en el culto de Cristo en la Iglesia. Se trata de volver a lo que era tan familiar para la Iglesia primitiva: ver a la Iglesia en María y a María en la Iglesia. María, según la Iglesia primitiva, "es el tipo de la Iglesia, el modelo, el compendio y como el resumen de todo lo que luego iba a desenvolverse en la Iglesia, en su ser y en su destino".1 Sobre todo la Iglesia y María coinciden en una misma imagen, ya que las dos son madres y vírgenes en virtud del amor y de la integridad de la fe: "Hay también una, que es Madre y Virgen, y mi alegría es nombrarla: la Iglesia".2
San Pablo ve a la Iglesia como "carta escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones" (2Co 3,3).
Carta de Dios es, de un modo particular, María, figura de la Iglesia. María es realmente una carta escrita con el Espíritu del Dios vivo en su corazón de creyente y de madre. La Tradición, por ello, ha dicho de María que es "una tablilla encerada", sobre la que Dios ha podido escribir libremente cuanto ha querido (Orígenes); como "un libro grande y nuevo" en el que sólo el Espíritu Santo ha escrito (S. Epifanio); como "el volumen en el que el Padre escribió su Palabra" (Liturgia bizantina).
El misterio de María, misterio de la Iglesia, nos abre a la fecundidad de la fe, haciendo de nosotros la tierra santa, que acoge la Palabra, la guarda en el corazón y espera que fructifique. María es la expresión del hombre situado frente a la llamada de Dios. En María aparece la realización del hombre que, en la fe, escucha la apelación de Dios, y, libremente, en el amor, responde a Dios, poniéndose en sus manos para que realice su plan de salvación. Así, en el amor, el hombre pierde su vida y la halla plenamente. María, en cuanto mujer, es la representante del hombre salvado, del hombre libre. María se halla íntimamente unida a Cristo, a la Iglesia y a la humanidad (CEC 963ss).
María revela a la Iglesia su misterio genuino. María es la imagen de la Iglesia sierva y pobre, madre de los fieles, esposa del Señor, que camina en la fe, medita la palabra, proclama la salvación, unifica en el Espíritu y peregrina en espera de la glorificación final:
Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre nuevo, en cuyo misterio encuentra su verdadera luz el misterio del hombre (GS 22), como prenda y garantía de que en una pura criatura -es decir, en ella- se ha realizado ya el designio de Dios en Cristo para la salvación de todo hombre. Al hombre moderno, frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin término, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende hacia la comunión, presa de sentimientos de náusea y de hastío, la Virgen, contemplada en su trayectoria evangélica y en la realidad que ya posee en la ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra confortante: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte (MC 57).
La única afirmación que María nos ha dejado sobre sí misma une los dos aspectos de toda su vida: "Porque ha mirado la pequeñez de su sierva, desde ahora me dirán dichosa todas las generaciones" (Le 1,48). María, en su pequeñez, anuncia que jamás cesarán las alabanzas que se la tributarán por las grandes obras que Dios ha realizado en ella. Es la fiel discípula de Cristo, el Cordero de Dios, que está sentado sobre el trono de Dios como vencedor, pero permaneciendo por toda la eternidad como el "Cordero inmolado" (Ap 13,8). Es lo mismo que confiesa Pablo: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2Co 12,10). Este es -el camino del cristiano, "cuya luz resplandece ante los hombres... para gloria de Dios" (Cfr Mt 5,14-16). El cristiano, como Pablo, es primero cegado de su propia luz, para que en él se encienda la luz de Cristo e ilumine al mundo.
También nuestra generación, lo mismo que todas las anteriores, está llamada a cantar a María, llamándola Bienaventurada. Y la proclamamos bienaventurada porque sobre ella se posó la mirada del Señor y en ella realizó plenamente el plan de redención, proyectado para todos nosotros. De este modo la reflexión de fe sobre María, la Madre del Señor, es una forma de doxología, una forma de dar gloria a Dios.
1 H. RAHNER, María y la Iglesia, Bilbao 1958.
2 CLEMENTE DE ALEJANDRIA, Pedagogo 1,6,42 

Segundo día
MATERNIDAD VIRGINAL DE MARIA
La Iglesia en su profunda perfección es femenina. Ya en el Antiguo Testamento la comunidad de Israel es descrita ante Dios como novia o esposa. Y lo mismo la Iglesia, en el Nuevo Testamento, aparece como esposa en relación con Cristo (2Co 11, lss) que llega a las bodas escatológicas entre el Cordero y la mujer adornada para la fiesta. Esta feminidad de la Iglesia abarca la totalidad interna de la Iglesia, mientras que los ministerios, incluso apostólicos, no son más que funciones dentro de ella.
Para situar a María en el plan de salvación, que el Señor nos ha revelado, es necesario ver la continuidad entre el nuevo y el antiguo Testamento. Toda la obra salvífica tiene a Dios por autor, aunque la ha realizado mediante algunos elegidos. María entra en esta nube de elegidos, testigos del actuar de Dios. En ellos descubrimos el ser de Dios a través de su actuar. De este modo la vocación de algunas mujeres de la historia de la salvación nos ayuda a comprender la vocación de María dentro del plan de salvación de Dios. Las mujeres estériles, que conciben un hijo por la fuerza de Dios, son signo del actuar gratuito de Dios, que es fiel a sus promesas de salvación.
La llamada de María, en la plenitud de los tiempos, es una llamada singular, enteramente gratuita de parte de Dios. Y, sin embargo, no está disociada de la historia de la promesa y del actuar de Dios en esa larga historia. No se trata de aplicar a María textos bíblicos "por acomodación", sino de ver a través de la actuación de Dios en otras vocaciones, cómo es el actuar de Dios en su plan de salvación y que se realiza plenamente en María, madre del Salvador. San Lucas mismo nos presenta la concepción de Jesús en el seno de María en continuidad -y discontinuidad, por su singularidad- con el Antiguo Testamento, al narrarnos el anuncio a María en paralelismo con el anuncio de Juan Bautista en el seno de Isabel, vieja y estéril (Lc 1,13.18) y al responder a María con las mismas palabras dirigidas a Sara, la estéril, al concebir a Isaac: "porque nada es imposible para Dios" (Lc 1,37). De este modo Lucas pone la maternidad virginal de María en correspondencia con las intervenciones de Dios en el origen de la existencia de sus elegidos.1
La virginidad de María es un dato de fe proclamado por toda la tradición de la Iglesia. Ya San Ignacio de Antioquía escribía a los cristianos de Éfeso: "Nuestro Dios, Jesucristo, fue llevado en el seno de María según el designio divino porque ella provenía de la descendencia de David. Pero esto sucedió por obra del Espíritu Santo". Y lo mismo proclama el Credo Apostólico, que confiesa que Jesús ha "nacido de María Virgen por obra del Espíritu Santo".
La virginidad de María exalta, en primer lugar, la divinidad de Cristo, que no nace "de la sangre, ni del deseo de la carne, o del deseo del hombre" (Jn 1,13). Si se niega la concepción virginal de Cristo por parte de María, se está admitiendo la intervención de un padre terreno en su nacimiento en la carne. Y esto significa negar el origen divino de Cristo o la unidad de la persona de Cristo, como hacía Nestorio, quien afirmaba que, en Cristo, junto a la persona del Hijo de Dios, había otra persona humana engendrada por un hombre. Poner entre Cristo y el Padre que está en los cielos un padre humano sería destruir todo el evangelio. San Ambrosio, contra los docetas, considera que el nacimiento de Cristo no es aparente, sino real. Cristo era simultáneamente Dios y hombre, verdadero Dios y verdadero hombre. Como consecuencia del nacimiento del Hijo, la Theotókos se ha hallado libre de la esclavitud del pecado y, por ello, su virginidad ha quedado intacta. Con la encarnación del Verbo se ha inaugurado la nueva creación y el nuevo nacimiento de la Iglesia, réplica y manifestación terrena de su nacimiento eterno y arquetipo y garantía del nacimiento bautismal.2
María resplandece con una luz que no es propia ni finalizada en ella. Está, como una vidriera, traspasada por la luz del Sol. Esa luz del sol, a través de María, nos llega viva y gloriosa. Todo cristiano está llamado a ser vidriera o espejo de la gloria de Dios: "Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos" (2Co 3,18). En María esto se ha realizado perfectamente: "En su vida terrena ella ha realizado la figura perfecta del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes".3 Como Juan Bautista, no es María la luz, pero da testimonio de la luz (Jn 1,8). Sólo Cristo es la luz del mundo, pero María, más que cualquier otro, da testimonio de la Luz. En María, pura transparencia, la luz de Dios se ha difundido viva en toda su riqueza: "Espejo nítido y santo de la infinita belleza".4
En los himnos marianos de las iglesias orientales se aplicarán a María, como expresión de su maternidad virginal,-diversos hechos milagrosos de la Escritura, como el de la zarza ardiente, que arde y no se consume (Ex 3), el vellón de Gedeón sobre el que cae el rocío milagrosamente (Jc 6,36-40), el bastón de Aarón que florece (Nm 17,16-26). Estos milagros revelan cómo el contacto con Dios renueva y transfigura la creación, superando las leyes naturales, que rigen el mundo caído por el pecado. Estos hechos son signos de la renovación escatológica de toda la creación y, al mismo tiempo, son figuras del milagro de la virginidad inviolada de María en el nacimiento del Verbo divino encarnado en ella.
Y esto lleva a la afirmación de la virginidad después del parto. La santificación única, fruto de la posesión de María por el Espíritu Santo, supone una vida singular, íntegramente consagrada a Dios. Se aplica a María la visión del templo de Ezequiel: la puerta del templo debe quedar cerrada porque ha pasado por ella el Señor (Ez 44,2). Este quedar permanentemente cerrada la puerta del templo se hace signo de la virginidad perpetua de María. Habiendo pasado por ella el Señor, queda cerrada como morada de Dios para siempre. El vellón de lana de la historia de Gedeón es uno de los símbolos más repetidos en la liturgia y piedad mariana. "Gedeón dijo a Dios: Si verdaderamente vas a salvar por mi mano a Israel, como has dicho, yo voy a tender un vellón de lana sobre la era; si al alba hay rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvarás a Israel por mi mano, como has prometido" (Jc 6,36ss). En el simbolismo mariano el vellón es visto como imagen del seno de María, fecundado por el rocío de lo alto, el Espíritu Santo.
En un ambiente seco como el de Palestina, el rocío es signo de bendición (Gn 27,28), es un don divino precioso (Jb 38,28;Dt 33,13), símbolo del amor divino (Os 14,6) y señal de fraternidad entre los hombres (Sal 133,3); es, igualmente, principio de resurrección, como canta Isaías: "Revivirán tus muertos, tus cadáveres revivirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras" (Is 26,19). Es fácil, pues, establecer el paralelismo entre el vellón y el rocío, por un lado, y, por otro, el seno de María fecundado por el Espíritu Santo y transformado en principio de vida divina. El vellón es el seno de María en el que cae el rocío divino del Espíritu Santo que engendra a Cristo. La liturgia sirio-maronita canta:
Oh Cristo, Verbo del Padre, tú has descendido como lluvia sobre el campo de la Virgen y, como grano de trigo perfecto, has aparecido allí donde ningún sembrador había jamás sembrado y te has convertido en alimento del mundo... Nosotros te glorificamos, Virgen Madre de Dios, vellón que absorbió el rocío celestial, campo de trigo bendecido para saciar el hambre del mundo.
Virginidad y maternidad divina se entrecruzan en la imagen del vellón empapado de rocío. La grandeza de María está en esta irrupción de lo divino en lo humano, que está abierto y disponible a lo divino. Y, de este modo, en María brilla para la Iglesia un horizonte de luz y gracia, como signo de un mundo renovado sobre el que desciende el rocío vivificante de Dios.5 Y, junto al símbolo del vellón, hay otros muchos en la tradición patrística. San Efrén canta: "Vara de Aarón que germina, tu flor, María, es tu Hijo, nuestro Dios y Creador". La "puerta cerrada" del templo de Ezequiel - "Esta puerta permanecerá cerrada. No se la abrirá y nadie pasará por ella, porque por ella ha pasado Yahveh, el Dios de Israel. Quedará, pues cerrada" (Ez 44,2)- es un signo de María: "Tú eres la puerta cerrada, abierta sólo a la Palabra de Dios". Junto con la imagen del "huerto cerrado" del Cantar de los cantares será un símbolo de la virginidad de María, por la que pasa el Señor sin romper los sellos de su virginidad.
La piedad mariana ha asumido toda esta constelación de símbolos del Antiguo Testamento, transfigurándolos y haciéndoles brillar con una nueva luz. En la Edad media Walther von der Vogelweide celebra a María: "Tú; sierva y madre, mira a la cristiandad en angustia. Tú, vara florida de Aarón, aurora de la mañana que nace, puerta de Ezequiel que jamás nadie abrió, a través de la cual pasaba la gloria del rey. Una zarza que arde y no deja ninguna quemadura: verde e intacta en todo su esplendor, preservada de todo ardor. Era ésta la sierva, la toda pura, la Virgen inmaculada; tú eres semejante al vellón de Gedeón, bañado por Dios con su celeste rocío".
1 C.I. GONZÁLEZ, María, Evangelizada y Evangelizadora, Bogotá 1989.
2 SAN AMBROSIO, De incarnationis Dominicas sacramento liben unos, PL 16,817-846.
3 PABLO VI, Discurso de clausura de la 3' sesión del Concilio Vaticano II, el 21-11-1964.
4 Idem, Discurso de clausura del Concilio, el 8-12-1965.

Tercer día:
MADRE DEL REDENTOR
"La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque, `al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: iAbbá, Padre!' (Ga 4,4-6).
Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María (LG 52), deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación divina, en el misterio de la plenitud de los tiempos" (RM 1).
En este texto se habla de María desde tres ángulos: en la historia de la salvación, como madre de Cristo y como figura de la Iglesia. Estos tres aspectos se unifican en el misterio de Cristo, en el que confluyen, pues la historia de la salvación culmina en Cristo y la Iglesia es la prolongación de Cristo en su cuerpo. María sólo puede ser comprendida a la luz de Cristo, su Hijo. Pero el misterio de Cristo, "misterio divino de salvación, se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo" (LG 52).
El misterio de María queda inserto en la totalidad del misterio de Cristo y de la Iglesia, sin perder de vista su relación singular de Madre con el Hijo, pero sin separarse de la comunidad eclesial, de la que es un miembro excelente y, al mismo tiempo, figura y madre. María se halla presente en los tres momentos fundamentales del misterio de la redención: en la Encarnación de Cristo, en su Misterio Pascual y en Pentecostés. La Encarnación es el momento en que es constituida la persona del Redentor, Dios y hombre. María está presente en la Encarnación, pues ésta se realiza en ella; en su seno se ha encarnado el Redentor; tomando su carne, el Hijo de Dios se ha hecho hombre. El seno de María, en expresión de los Padres, ha sido el "telar" en el que el Espíritu Santo ha tejido al Verbo el vestido humano, el "tálamo" en el que Dios se ha unido al hombre. María está presente en el Misterio pascual, cuando Cristo ha realizado la obra de nuestra redención destruyendo, con su muerte, el pecado y renovando, con su resurrección, nuestra vida. Entonces "junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre" (Jn 19,25). Y María estaba presente en Pentecostés, cuando, con el don del Espíritu Santo, se hizo operante la redención en la Iglesia. Con los apóstoles, "asiduos y concordes en la oración, estaba María, la madre de Jesús" (Hch 1,14). Esta presencia de María junto a Jesús en estos momentos claves, aseguran a María un lugar único en la obra de la redención.

Cuarto día.
MARIA EN EL CAMINO DE LA FE
La fe de María es la fuerza integradora de su vida. Si hay algo que revela la grandeza de María es la exclamación de Isabel: "Dichosa la que ha creído que se cumpliría lo que le fue dicho de parte del Señor" (Le 1,45).1 María es un signo de la gracia de Dios y de la actitud responsorial a la iniciativa libre y benevolente de Dios.
La fe de María puede parangonarse a la de Abraham, llamado por el Apóstol "nuestro padre en la fe" (Rm 4,12). En la economía salvífica de la revelación divina, la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza; la fe de María en la anunciación da comienzo a la Nueva Alianza (RM 14).
María está situada en el punto final de la historia del pueblo elegido, en correspondencia con Abraham (Mt 1,2-16). Abraham es el padre de los creyentes (Rm 4) y el paradigma de los justificados por la fe. A Abraham le fue hecha la promesa de un hijo y de una tierra (Gn 12,lss); y efectivamente, aún siendo anciano, Dios le dio un hijo de Sara, su mujer estéril. Y, cuando Dios le pidió a Isaac, el hijo de la promesa, el patriarca obedeció, "pensando que poderoso era Dios aún para resucitar de entre los muertos" (Hb 11,19), y Dios en el monte proveyó con un cordero. Abraham en su historia vio que Dios es fiel; aprendió existencialmente a creer. Apoyado en Dios recibe la fecundidad de su promesa.
Abraham, el padre de los creyentes, es el germen y el prototipo de la fe en Dios. Y en María encuentra su culminación el camino iniciado por Abraham. El largo camino de la historia de la salvación, por el desierto, la tierra prometida y el destierro, se concretiza en el resto de Israel, en María, la hija de Sión, madre del Salvador. María es la culminación de la espera mesiánica, la realización de la promesa. María es el "pueblo de Dios", que da "el fruto bendito" a los hombres por la potencia de la gracia creadora de Dios.2
María, hija de Abraham, con su fe supera las incredulidades de los hijos de Abraham. En María se cumple el signo que Acaz, en su incredulidad, no había querido pedir a Dios, cuando, por el profeta Isaías le invitaba a confiar en Él en vez de aliarse con Asiria: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel" (Mt 1,23; Is 7,14). María no duda de Dios, como lo hizo Acaz. La fe de María borra la incredulidad de Israel y así madura en el seno de Israel el "fruto bendito" de Emmanuel.
El Concilio Vaticano II ha afirmado que María ha caminado en la fe; más aún, ha "progresado" en la fe: "También la bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (Jn 19,25)" (LG 58). María se consagró a la voluntad salvífica de Dios, "como cooperadora de la salvación humana por la libre fe y obediencia" (LG 56). Esta fe de María, como la de Abraham, va mucho más allá de lo que comprende. Acepta sin reservas la palabra que el Señor la comunica. Y esa aceptación abarca todo lo que en el camino el Señor le irá mostrando a su tiempo.
"Ya desde el Antiguo Testamento la figura y la misión de María se presenta como envuelta en la penumbra de los oráculos proféticos y de las instituciones de Israel. En los umbrales del Nuevo Testamento se levanta sobre el horizonte de la historia de la salvación como síntesis ideal del antiguo pueblo de Dios y como madre del Cristo Mesías. Y luego, a medida que Cristo, `sol de justicia' (Ml 3,20), va avanzando por el firmamento de la nueva alianza, María sigue su trayectoria como sierva y discípula de su Señor, en un crescendo de fe. En el punto más alto de su culminación, que es el misterio pascual, Cristo hace de su madre la madre de todos sus discípulos de todos los tiempos. De aquella hora la Iglesia aprende que María pertenece a los valores constitutivos de su propio Credo"2
María, desde el momento de su fíat, es Israel en persona, es la Iglesia en persona. Con su fíat se convierte en Madre de Cristo, pero no sólo en sentido biológico, sino como realización de la alianza establecida por Dios con su pueblo. María es proclamada dichosa "porque ha creído en el cumplimiento de las palabras del Señor" (Lc 1,45). Es lo que confirmará más tarde el mismo Jesús, ampliándolo a todos los creyentes: "Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28). En la maternidad de María se da el factum y el mysterium, el hecho y su significado salvífico: madre en su seno biológicamente y en su corazón por la fe. Las dos cosas son inseparables. El hecho sin significado quedaría ciego; y el significado sin el hecho, estaría vacío. La mariología se presenta auténticamente cuando se basa sobre el acontecimiento interpretado a la luz de la fe. No se puede, por tanto, confinar la maternidad de María en el orden biológico. La salvación operada por Dios en la historia se realiza plenamente en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Ya la concepción de Jesús supone una fe que supera la fe de Abraham (y más la de Sara que ríe incrédula). La Palabra de Dios, que quiere hacerse carne en María, requiere una aceptación sin reserva, con toda su persona, alma y cuerpo, ofreciendo toda la naturaleza humana como lugar de la Encarnación.
La fe de María es un acto de amor y de docilidad, suscitado por el amor de Dios, que está con ella y la llena de gracia. Como acto de amor es un acto totalmente libre. En María se da plenamente el misterio del encuentro entre la gracia y la libertad. Esta es la grandeza de María, confirmada por Jesús, cuando una mujer grita en medio de la gente: "Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron" (Lc 11,27). La mujer proclama bienaventurada a María que ha llevado a Jesús en su seno. Isabel la había proclamado bienaventurada, en cambio, porque había creído, que es lo que confirmará Jesús: "Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28). Jesús ayuda a aquella mujer y a todos nosotros a comprender dónde reside la verdadera grandeza de su Madre, que "guardaba todas las palabras en su corazón" (Lc 2,19.51).
Ante lo que no entiende, María guarda silencio, un silencio de acogida, conservando en su corazón esa palabra de Dios, que son los hechos de su Hijo. Es, a veces, un silencio doloroso, de renuncia, de abandono a los planes de Dios, el Padre de su Hijo. María fue preservada de todo pecado, pero no de "la fatiga de la fe". Si a Cristo le costó sudar sangre entrar en la voluntad del Padre, a María no se la privó del dolor, de la agonía en la peregrinación de la fe, para ser la madre, no sólo física, sino en la fe, de Jesús, "cumpliendo la voluntad de Dios" (Mc 3,33-35). San Agustín comenta este texto, diciendo:
¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre? Ella que, por la fe creyó, por la fe concibió y fue elegida por Cristo antes de que Cristo fuera formado en su seno, ¿acaso no hizo la voluntad del Padre? Santa María hizo la voluntad del Padre enteramente. Y por ello es más valioso para María haber sido discípula de Cristo que haber sido su Madre. Antes de llevar al Hijo, llevó en su seno al Maestro. Por ello fue dichosa, porque escuchó la palabra de Dios y la puso en práctica.3
María es madre de Jesús en lo profundo de su corazón. Lo es por don de Dios y por su acogida del don: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). En su fe, María acoge a Dios, que engendra en ella a su Hijo en el mundo, por obra del Espíritu Santo. El mérito de María fue el de creer; el de acoger: "El ángel anuncia, la Virgen escucha, cree y concibe. El espíritu cree, el seno concibe".4 María acoge en su alma y en su cuerpo al que es la Palabra de Dios. Esta fe acogedora es, ella misma, un don de Dios, un fruto del Espíritu. El "he aquí la esclava del Señor" de María nos hace presente la distancia entre el Señor y la sierva. La sierva obedece al Señor. Pero esta obediencia, que caracteriza la vida de María y la existencia cristiana, es lo contrario de la pasividad. El "aguardar despierto", la "disponibilidad activa", es la arcilla húmeda en la cual, y sólo en ella, puede imprimirse la forma de Cristo.5 
Fe y virginidad maternal están unidas en María. La fe es siempre virginal, se apoya siempre en Dios, busca en Él la salvación y cree en lo imposible. La Virgen María se entrega al poder que triunfa en la flaqueza (2Co 12,9), al Dios de lo imposible (Le 1,37), que "de las piedras puede suscitar hijos de Abraham" (Mt 3,9). En su virginidad creyente, María es el símbolo acabado de la fe. El Espíritu es la fuerza de su fe y de su maternidad y el sello de su virginidad: él suscita la vida de María, dando la fe que acoge esta vida. La fe forma parte de la gracia de la maternidad que Dios concede a María.
Pero siendo toda receptiva, María no está pasiva, coopera en su corazón y en su cuerpo. Pues el espíritu que se apodera de ella es el dinamismo de Dios, que se derrama en el hombre haciéndolo participar de su acción. Receptora, la fe es activa: acoge con solicitud. María concibió en su alma antes que en su cuerpo: ésta es la forma de actuar de Dios, cuya gracia se da haciéndose acoger por la fe.
1 M. SCHMAUS, Teología dogmática I, Madrid 1963, p.36.
2 Ibídem, p.284.
3 A. SERRA, Biblia, en NDM, Madrid 1988, p.378-379

4 SAN AGUSTÍN, Sereno 72A.
5 SAN AGUSTÍN, Sermo 13: PL 38,1019.


 Quinto día
JUNTO A LA CRUZ ESTABA SU MADRE
Llegó el día en que el niño iba a nacer, para ser llevado junto a Dios: "Estaba encinta y gritaba con los dolo-res del parto..., dio a luz a un hijo varón... El hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono" (Ap 12,2.5). Se sabía que los tiempos mesiánicos nacerían en medio de dolores de parto. Estas tribulaciones han atravesado los siglos; desde los comienzos, la mujer encinta grita en sus dolores. El Apocalipsis une el nacimiento doloroso y la glorificación junto a Dios del hijo varón que da a luz la mujer.
Es sobre el hijo sobre quien han caído los dolores de parto de los últimos tiempos: "¿No era necesario que Cristo sufriera todo esto para entrar en su gloria?" (Lc 24,26). Pero en el Apocalipsis son los dolores de la madre los que simbolizan las pruebas mesiánicas, pues la comunidad es inseparable del hijo que lleva en su carne. Esta comparte los dolores a través de los cuales el niño nace hasta estar junto a Dios (Jn 16,21).
Jesús es el punto de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el final de uno y el principio del otro. El es el paso del uno al otro: su "carne es el gozne de la salvación".20 Pasa de la carne al Espíritu y arrastra a la Iglesia en esta pascua. Durante su vida terrena, Jesús, "nacido de mujer, bajo la ley" (Ga 4,4), pertenecía en alguna medida a la primera alianza; estaba reducido a "la condición de siervo", en la que su misterio filial se encontraba oculto, "hecho en todo semejante a los hombres" (F1p 2,7). Tenía todavía que "ir hacia el Padre" (Jn 13,1), al que estaba, sin embargo, unido en lo profundo de su ser (Jn 10,30). Es así como pertenece en su carne a un pueblo que vivía "según la carne", aun estando destinado a la filiación (Ga 4,1-3). Pero en la cruz, Jesús muere a la carne, a la ley (Ga 2,19) y, desde entonces, vive en su Padre (Rm 6,10), en el Espíritu Santo: "Nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santificación por su resurrección de la muerte" (Rm 1,3), cuando "el Hijo fue arrebatado hacia Dios y a su trono" (Ap 12,5). Tal es la obra de la salvación: "A través de la cortina, es decir, de su propia carne desgarrada, Jesús entró de una vez para siempre en el Santuario, adquiriéndonos una liberación eterna" (Hb 9,12;10,20).
Durante la primera alianza, "la mujer" había sido madre de Cristo según la carne. Pero, por la cruz, Cristo sube de la carne al Espíritu. A su muerte, el velo del templo se desgarra, la primera alianza expira con él:"vuestra casa queda desierta" (Mt 23,38). Pero "este templo", Jesús lo reedifica: "El hablaba del templo de su cuerpo resucitado" (Jn 2,21). Entre uno y otro templo, entre una y otra alianza, hay ruptura y continuidad: el templo es destruido, pero este templo yo lo levantaré renovado. La Iglesia de Dios se reúne en este templo reconstruido. En otro tiempo madre según la carne, la Iglesia pasa a ser compañera en la pascua de Jesús; como una esposa que formara un cuerpo con él, se duerme con él en su muerte y se despierta con él en su resurrección.21
"En pie junto a la cruz de Jesús estaba su madre" (Jn 19,25). En torno a la cruz, en la persona de María, la hija de Sión, está Israel. Con María, los patriarcas, los profetas y todos los justos de Israel pasan a la nueva alianza. Y en María, la Iglesia celebra el cumplimiento del misterio pascual de Cristo en su forma plena, semejante a la del Señor resucitado, puesto que ella realizó en cuerpo y alma el "paso" pascual de la muerte a la vida. "Las fiestas marianas son una manera de hacer presente el misterio pascual, del que se celebra eléxito total en un miembro eminente de la Iglesia".22
20 TERTULIANO, De resurrectione mortuorum, 8,2: PL 2,931.
21 Cfr. SAN AMBROSIO, In Ps. 118. Sermo 1,16.
22 T. FEDERICI, Anno liturgico, en Diccionario del concilio Vaticano II, Roma 1969, p.605-606.


SEXTO día
SIGNO SEGURO DE ESPERANZA
María es el icono escatológico de la Iglesia, el signo de lo que toda la Iglesia llegará a ser. En la Lumen gentium leemos: "La Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el siglo futuro, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (2P 3,10), antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo" (LG 68). Contemplando a María asunta al cielo, la Iglesia marcha hacia la Parusía, hacia la gloria donde la ha precedido su primer miembro. La Iglesia sabe que, acogiendo al Espíritu como María, se cumplirá en ella todo lo que se le ha prometido, y que en ella no ha hecho más que iniciarse, pero que lo contempla ya realizado en María, la Esposa de las bodas eternas. Y mientras peregrinamos por este mundo, María nos acompaña en el camino de la fe con corazón materno. Como dice un prefacio del Misal: "desde su asunción a los cielos, María acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor".
María, la humilde sierva del Señor, es un signo de esperanza para todos los creyentes. Envuelta y bendecida por el poder del Altísimo, se ha convertido en la imagen de su presencia entre los hombres. Glorificada con Cristo, la asunción a los cielos inaugura para María una vida nueva, una presencia espiritual no ligada ya a los condicionamientos de espacio y tiempo, un influjo dinámico capaz de alcanzar ahora a todos sus hijos:
Precisamente en este camino, peregrinación eclesial a través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas, María está presente, como la que es "feliz porque ha creído", como "la que avanzaba en la peregrinación de la fe", participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo (RM 25).
Podemos aplicar a María la palabra del profeta Isaías: "Esta es la vía, id por ella" (Is 30,21). San Bernardo decía que María es "la vía real" por la que Dios ha venido a nosotros y por la que nosotros podemos ahora ir hacia El.1 "María coopera con amor de Madre a la regeneración y formación" de los fieles (LG 63). Ella "está presente en la Iglesia como Madre de Cristo y a la vez como aquella Madre que Cristo, en el misterio de la redención, ha dado al hombre en la persona del apóstol Juan. Por consiguiente, María acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu a todos y a cada uno en la Iglesia; acoge también a todos y a cada uno por medio de la Iglesia" (RM 47).
María, con el fíat de la Anunciación, recibe en su seno a Cristo, aceptando la voluntad del Padre de redimir a la humanidad por la encarnación del Verbo. Esta aceptación del plan redentor de Dios se le fue aclarando poco a poco a lo largo de su vida, en el itinerario de la fe tras las huellas de su Hijo. De este modo fue tomando conciencia de su misión maternal respecto a nosotros. Según se fue desplegando dentro de la historia el misterio de su Hijo, a María se le fue dilatando su seno maternal, hasta llegar al momento de la cruz (y de pentecostés) en que su maternidad llegó a su plenitud, abrazando a toda la Iglesia y a todos los hombres. Y ahora, glorificada en el cielo, María es perfectamente consciente de su misión maternal dentro del plan de salvación de Dios. Por ello sigue totalmente unida, en voluntad e intención, con la voluntad e intención salvífica del único Salvador de la humanidad, Cristo glorificado.2
El tema de la intercesión de María, como la intercesión de los santos, es constante en la liturgia, donde se presenta a Cristo como el único mediador y redentor. Esto significa que la intercesión de María no se añade a la intercesión de Cristo, ni la sustituye, sino que se integra dentro de ella. Se puede comparar con la intercesión de los cuatro hombres de Cafarnaúm que colocan al paralítico ante Cristo y "con su fe" obtienen el perdón de los pecados y la curación del paralítico (Mc 2,5). María, gracias a la victoria de Cristo sobre la muerte, puede seguir cumpliendo esta intercesión más allá de la muerte. La vida nueva, fruto de la victoria de Cristo sobre la muerte, permite a cuantos la han heredado, seguir participando en la vida de la Iglesia después de su muerte. Ellos están llamados a impulsar con Cristo la llegada plena del Reino de Dios. Los mártires, que han testimoniado con su muerte, esta nueva vida, y los que lo han hecho con su vida, los santos, han sido venerados en el culto de la Iglesia desde los primeros siglos. Entre ellos, en primer lugar y de un modo singular, es nombrada en la liturgia la Virgen María.
 1 SAN BERNARDO, Sermón I para el Adviento 5, en Opera IV, Roma 1966, p.174.
2 E. SCHILLEBEECKX, María, Madre de la redención, Madrid 1974.
Séptimo día
LA LLENA DE GRACIA
En el saludo, el ángel no llama a María por su nombre, sino que la llama simplemente "llena de gracia"(kecharitomene). La gracia es la identificación plena de María. Es la gracia de Dios la que hace que María sea María, la elegida para Madre del Mesías. "Alégrate, tú que has sido colmada de gracia". Llamada por Dios a ser la Madre del Mesías, María ha encontrado gracia a los ojos de Dios, como ella misma canta en elMagnificat: "Ha puesto sus ojos sobre la pequeñez de su sierva". María es la Hija de Sión con la que Yahveh celebra sus desposprios porque la ha visto "con complacencia" (Is 62,4-5), y, como la "virgen Israel", se alegra porque Yahveh "conserva su amor" sobre ella (Jr 31,3-4).
Llena de gracia es un título único. Efectivamente en María derramó el Padre la plenitud de su gracia y de su amor, con vistas a su vocación de madre del Mesías. Por eso María fue colmada de gracia a priori, por su predestinación a la maternidad divina. María es, pues, la proclamación viviente de que el comienzo de toda relación con Dios es la gracia de Dios, que se inclina sobre la criatura. La gracia es el lugar del encuentro entre Dios y el hombre. Dios es presentado en la Escritura como "rico", lleno "de gracia" (Ex 34,6). Pero Dios es "rico de gracia" en forma activa, como quien llena de gracia. María es "llena de gracia" como quien es colmada de gracia. Y entre Dios y María está Jesucristo, el mediador, que es "lleno de gracia" (Jn 1,14) en ambos sentidos: como Dios El llena de gracia a la Iglesia y, en cuanto hombre, es colmado de gracia por el Padre; más aún, "crece en gracia" (Lc 2,52). San Pablo exclama: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo, el amado" (Ef 1,3.5). En la Redemptoris Mater, Juan Pablo II comenta ampliamente este texto:
En el misterio de Cristo María está presente ya "antes de la creación del mundo" como aquella que el Padre "ha elegido" como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad... Si esta elección es funda-mental para el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a la humanidad, si la elección eterna en Cristo y la destinación a la dignidad de hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la elección de María es del todo excepcional y única (RM 8-10).
Pablo (Ga 3) y Juan nos revelan el tránsito del Antiguo al Nuevo Testamento en su raíz más profunda: "De su plenitud hemos recibido gracia por gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Jn 1,16-17). Los padres de Juan "eran justos porque guardaban irreprochable-mente la ley del Señor" (Lc 1,6); María, en cambio, es la llena de gracia, más allá de la justificación de la ley, por la elección libre y gratuita de Dios. María es la plenamente agraciada, colmada de la gracia de su Hijo Jesucristo.
De la gracia de Dios, María es un icono para todos nosotros. De María se puede decir lo que vale para todos nosotros, ¿qué había hecho María para merecer el privilegio de dar al Verbo su humanidad? ¿Qué había creído, pedido, esperado u ofrecido para venir al mundo santa e inmaculada? Busca, dirá San Agustín, el mérito, la justicia, busca lo que quieras y verás que en ella, al comienzo, no encuentras más que la gracia. María puede hacer suyas las palabras de San Pablo: "Por gracia soy lo que soy" (1Co 15,10).
La gracia es el favor de Dios, que "hace gracia a quien quiere hacer gracia y tener misericordia de quien quiere tener misericordia" (Ex 33,19). Se trata de un don total-mente gratuito de parte de Dios "rico de gracia y fidelidad, que mantiene su palabra por mil generaciones" (Ex 33,12). Así es como María ha hallado gracia a los ojos de Dios. Este saludo del ángel a María como "la-llena-degracia" prepara el primer anuncio:
No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin (Lc 1,30-33).
El hijo recibirá el trono de David, su padre, es decir, será el heredero de David, el hijo de David por excelencia, el Mesías. El hijo que María concebirá en su seno y dará a luz será "Hijo del Altísimo" y Mesías.


Octavo día
HACED LO QUE EL OS DIGA
Mientras María hace presente a Jesús la falta del vino material, Jesús habla de otra realidad, habla de "su hora". Seguramente que María, como le sucedió en el templo (Lc 2,48-50), no entendió a qué se refería. Pero María acepta la voluntad del Hijo y se pone a su disposición, invitando a los sirvientes a hacer lo mismo: "Cuanto El os diga, hacedlo". María no sabe aún lo que El hará, ni qué sucederá, pero invita a ponerse a disposición de El.
En María, la Mujer-Israel, resuena la esperanza del pueblo elegido. Ella recoge la fe de Israel y se abre al signo inaudito que el Hijo ha venido a realizar, superando con el "vino bueno" y abundante todas las expectativas de la antigua alianza. Y, con ella, invita a los "sirvientes" a asumir la misma actitud, propia de la alianza: la docilidad plena a la voluntad de Dios. Ella se abre al paso de la antigua a la nueva alianza e invita a Israel a ser Iglesia, a pasar de la ley al evangelio: "Haced lo que El os diga" (2,5).
Esta fórmula se repite en el Antiguo Testamento en relación con la alianza. Israel, en respuesta a las promesas que Dios le ha hecho, promete obediencia a Dios. Así aparece en la conclusión de la alianza en el Sinaí (Ex 19,8; 24,3-7; Dt 5,27) y, más tarde, en la renovación de la alianza (Jos 24,24; Esd 10,12;Ne 5,12):"Nosotros haremos todo cuanto nos ha dicho Yahveh". A lo largo de la historia, Israel, Esposa del Señor, hará memoria continua de su "sí" en la falda del Sinaí. Guardando en su corazón el eco de aquel momento, saborea la frescura de su primer amor. Las palabras de María -las últimas palabras de María que recogen los evangelios- son la profesión de fe de María, la Mujer Sión, como lo hizo toda la comunidad del pueblo elegido en el Sinaí, acogiendo la alianza con Dios.1 Lo que María pide a todos los servidores respecto a Jesús es que adopten la actitud de la alianza, la aceptación plena de su palabra, de la voluntad de Dios. Así ella mueve a los discípulos a creer en El (2,11),2
Los servidores son los que obedecen a Cristo, siguiendo la invitación de María. A ellos manifiesta Jesús su gloria: "Quien acoge mis mandamientos y los cumple, éste me ama. Y quien me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21). Éste es el verdadero servidor de Jesús a quien el Padre "honrará" (Jn 12,26). Al servicio a Cristo, obedeciendo a su palabra, sigue la manifestación de Cristo. Esta es la experiencia de los servidores de Caná; ellos son los que "conocen de dónde procede el vino bueno" (Jn 2,9), porque son ellos quienes han sacado el agua, obedeciendo la palabra de Jesús: "En esto sabemos que le conocemos, porque observamos sus mandamientos" (lJn 2,3). Los servidores de Caná son el prototipo del servicio y obediencia a Cristo para entrar en la Nueva Alianza, como amigos de Jesús: "Os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros como yo os he amado... Seréis mis amigos si hacéis lo que os mando" (Jn 13,34; 15,14).
Después de la boda Jesús "bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron allí algunos días" (Jn 2,12). Al principio del relato, María y Jesús con sus discípulos han llegado separados. Al final, parten unidos. La fe de María y de los discípulos les ha congregado en torno a Jesús. Son la nueva familia en la fe: "Al final de la narración, María y los discípulos forman la comunidad mesiánica, unida en la fe en el Hijo de Dios, que ha manifestado su gloria. Allí está el núcleo de la Iglesia en torno al Señor, escuchando su palabra y cumpliendo la voluntad del Padre. María está presente en esta comunidad eclesial. Podemos imaginar a Jesús que, mientras contempla a este grupo reunido en torno a Él, dice: He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,49-50).3
Con el don del vino nuevo y abundante nace el nuevo pueblo de Dios, la comunidad escatológica basada en la fe, de la que María es testigo y modelo: "Este fue el primer signo realizado por Jesús. Así manifestó su gloria y los discípulos creyeron en El" (v.11). La Virgen es presentada como discípula de su Hijo, unida a los demás discípulos en el testimonio de la gloria que se ha manifestado en Cristo. En los albores de la Iglesia naciente María se presenta como miembro significativo de la comunidad asidua y concorde en la plegaria (Hch 1,14); la experiencia de Pentecostés es común a María y a los discípulos.
El Evangelio nos dice: "Estaba allí la madre de Jesús". Allí está María como Esposa y como Madre. Ella es la "Mujer", como la llama Jesús. Este título reviste aquí, lo mismo que en el momento de la cruz, una significación especial. Jesús comienza a manifestarse como Mesías, por ello las relaciones entre El y María no son ya las mismas: no son ya simplemente las relaciones de un hijo con su madre. Al llamar a María "Mujer", Jesús la está implicando directamente en la misión que Él comienza con su primer signo. Jesús inicia con María -más allá de su maternidad carnal- una relación distinta en el misterio de la salvación.
Desde aquella hora ya no es "María", sino la "Madre de Jesús". Parece como si quedara sólo su misión de "madre", toda ella relativa al Hijo. Sólo existe para Él, repitiéndonos las palabras de la Alianza: "Haced lo que El os diga". Esta es la interpretación del papa Pablo VI en la conclusión de su exhortación Marialis cultus:
Sean el sello de nuestra Exhortación y una ulterior prueba del valor pastoral de la devoción a la Virgen para conducir los hombres a Cristo, las palabras mismas que ella dirigió a los servidores de las bodas de Caná: haced lo que Él os diga (Jn 2,5); palabras que en apariencia se limitan al deseo de poner remedio a la incómoda situación de un banquete, pero que en las perspectivas del cuarto Evangelio son una voz que aparece como una resonancia de la fórmula usada por el pueblo de Israel para ratificar la alianza del Sinaí, o para renovar los compromisos, y son una voz que concuerda con la del Padre en la teofanía del Tabor: Escuchadle (Mt 17,5) (n.58).
Y Juan Pablo II en su homilía del 8 de marzo de 1983, en el Santuario de Nuestra Señora de Suyapa, en Honduras, decía: “No podemos acoger plenamente a la Virgen como Madre si no somos dóciles a su palabra, que nos muestra a Jesús como Maestro de la verdad, a quien debemos escuchar y seguir: "Haced lo que El os diga". María repite continuamente estas palabras, mientras con la mirada nos muestra al Hijo que lleva en sus brazos.” JUAN PABLO II, ossrom 10 de marzo de 1983.
La Iglesia es el sacramento de Cristo y tiene la tarea de conducir al hombre a Cristo. Icono de la Iglesia, María es pura relación a Cristo. Contemplando a María, los fieles no se detienen en ella; la imagen no forma pantalla, la madre conduce al Hijo. En Caná, María con su fe e intercesión prepara el "signo" que manifiesta la gloria de Cristo, suscitando la fe de los discípulos. En la Iglesia, María sigue siendo y haciendo lo mismo: Movida a compasión por la indigencia humana, sin vino, ella dispone el corazón de los hombres a la fe en la Palabra de Cristo y mueve a Cristo a darnos el "vino bueno" de la fiesta nupcial.4
1 Ya en el fíat de la anunciación hay una alusión al fíat pronunciado por Israel al aceptar la alianza en el Sinaí. Y al final del encuentro con el ángel, éste "partió de ella", como Moisés que "volvió a referir al Señor las palabras del pueblo" (Ex 19,8).
2 Cfr. JUAN PABLO II, El Íatde María cumplimiento del ratde Israel en el Sinaí, en el Ángelus del 3-7-1983.

3 M. THURIAN, o.c., p.158.
5 R. LAURENTIN, La Madonna del Vaticano II, Bergamo 1965.

Noveno Día
MADRE DE LOS CREYENTES
Una vez que Cristo nos ha dado su madre, ya puede decir: "todo está cumplido". Ya puede entregar su espíritu: "Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, inclinando la cabeza entregó su espíritu". Jesús acaba su obra fundando la Iglesia, de la cual su madre es el símbolo. El vínculo de maternidad y de filiación, que une a María y al discípulo, a la Iglesia y a los fieles, forman parte de la "hora", es decir, de la obra de la salvación. Por eso se puede pensar que el amor filial hacia María, igual que la pertenencia a la Iglesia, es para el cristiano una prenda de salvación. Todo el que pertenece vitalmente a la Iglesia tiene sus raíces en el reino de los cielos, del cual la Iglesia, en la tierra, es el sacramento. Y todo el que ama a María está vinculado a la Iglesia, de la que ella es el símbolo. Quien rechaza a la Iglesia, quien la desprecia, como quien no ama a María, se endurece en su orgullo: no es hijo de una madre.
La significación fundamental del misterio de María se encuentra, pues, en su función esponsal y materna. Ella es madre de Jesús y de los discípulos; y ella es la "Mujer", Esposa de Cristo, colaboradora de Cristo en su obra salvadora. Y lo mismo vale para la Iglesia, Esposa y Madre de Cristo.
Las nuevas relaciones entre la "Mujer" y el "discípulo", manifestadas por Cristo desde la cruz, son la expresión del amor extremo de Jesús en el momento de su hora. María, la madre de Jesús, simboliza a la Iglesia misma en su misión materna. Y si María es la Madre del Hijo de Dios hecho hombre, también tiene un papel en nuestro renacimiento como hijos de Dios. La maternidad de María, que comenzó en la Encarnación de Jesús, se prolonga en la vida de los cristianos. Ella es madre del Cristo total; por tanto, también de los discípulos y hermanos de Jesús.
María cumple su misión como madre de todos los discípulos de Cristo, llevándonos a Cristo. Juan concluye su evangelio, diciéndonos: "Ellos miraban al que traspasaron" (19,31-37). ¿Quiénes son los que miran? Los que están presentes al pie de la cruz: María y el discípulo, y con ellos todos los discípulos, toda la Iglesia. En esa mirada de María y de los discípulos al costado abierto de Jesús, la madre de Jesús ejerce su misión de madre. Como en Caná dice a los sirvientes que hagan todo lo que Él les diga, orientándolos hacia Jesús, también ahora invita a mirar el costado abierto de su Hijo. El discípulo fija la mirada en el corazón de Jesús gracias a la mirada de la madre, que orienta siempre a los discípulos hacia el Hijo.
María y el discípulo amado, al pie de la cruz, con la mirada fija en el costado abierto de Jesús, forman conjuntamente la imagen de la Iglesia-Esposa, que contempla al Esposo, "levantado de la tierra, atrayendo a todos hacia Él" Un 12,32). La vida profunda de Jesús, la vida de su corazón, simbolizada por el agua del Espíritu que sale de su costado, se convierte en la vida de la Iglesia. Así la Iglesia, como repiten los Padres, nació del costado traspasado de Jesús. María con su fe y con su mirada fija en la llaga del costado de Jesús invita a los creyentes, sus hijos, a acercarse al corazón de Jesús, donde la Iglesia habita en su misterio: "Cuando abrieron su corazón, ya había Él preparado la morada, y abrió la puerta a su Esposa. Así, gracias a Él, pudo ella entrar y pudo Él acogerla. Así pudo ella habitar en Él y Él en ella".
María, icono de la Iglesia madre, es mediadora por su santidad de amor, que la une a todos los fieles. Gracias a este vínculo de amor los fieles son amados por Dios, forman parte de la comunidad de los santos, donde reina la gracia del Espíritu Santo. María es mediadora del amor universal que el Espíritu deposita en su corazón. En realidad, todo verdadero cristiano es mediador de gracias: santifica a otros con el poder del amor que lo santifica a él. El privilegio de la mediación no separa a María de la comunidad. Su privilegio es de un amor incomparable que la distingue situándola en el corazón de la Iglesia. En ella la comunión de los santos es llevada a su máxima intensidad.
"A partir de aquella hora el discípulo la acogió como suya" Un 19,27). La madre, más que entrar en la casa del discípulo, entra en lo profundo de su vida, formando parte inseparable de la misma. El discípulo la considera su madre. Acoger a María significa abrirse a ella y a su misión maternal, introducirla en la propia intimidad en donde ya se ha acogido a Cristo y todos sus dones. Acoger a María expresa una actitud de fe, la "acogió en la fe", considerándose hijo de María. Desde este momento la madre de Jesús es también su madre.
Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, "acoge entre sus cosas propias" a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su "yo" humano y cristiano: "La acogió en su casa". Así el cristiano trata de entrar en el radio de acción de aquella "caridad materna", con la que la Madre del Redentor "cuida de los hermanos de su Hijo", "a cuya generación y educación coopera" (RM 45).
Al momento del nacimiento del Hijo, Dios dice a José: "José, hijo de David, no temas acoger contigo a María" (Mt 1,20). Y José la tomó consigo. Ahora, en el momento de su muerte, Cristo encomienda, de nuevo, a Juan que acoja a María y, "desde aquel instante, Juan la tomó consigo". María, discípula de Cristo, desde el comienzo al final, vive sin tener donde reclinar la cabeza, necesitando ser acogida, dependiendo de Dios, que decide de su vida.
Pero Jesús no sólo confía su madre al discípulo, sino que se dirige primero a ella, señalando en primer lugar el papel de la Virgen María. La misión del discípulo queda subordinada a la de la Madre, que debe "congregar en la unidad a los hijos dispersos", que es para lo que ha muerto Él (Jn 11,51-52). La Madre de Jesús es la Madre de todos los hijos de Dios dispersos y, ahora, congregados por la muerte de Cristo, su Hijo. Siendo la Madre de Jesús, a los pies de la cruz, María es proclamada Madre de todos los que con Cristo son una sola cosa por la fe. El profeta Isaías decía: "Como una madre consuela a un hijo, así os consolaré yo; en Jerusalén seréis consolados" (Is 66,13). María, nueva Jerusalén, imagen de la Iglesia, es la refracción y trasparencia materna de la consolación de Dios.
La Iglesia de todos los tiempos, nacida de la cruz de Cristo, es invitada a mirar a María como Madre y a acogerla con amor filial, como hizo el discípulo a quien Jesús amaba: "Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos, es decir, reconocer la relación esencial, vital y providencial que se da entre la Virgen y Jesús. Ella es la que nos abre la vía que conduce a Él".  El discípulo es invitado a acoger a María, imagen de la Iglesia; como creyente, cada discípulo lleva en su corazón a la Iglesia como madre amada, confiada a él y a la que él ha sido confiado.
Con providente designio, Padre santo, quisiste que la madre permaneciese fiel junto a la Cruz de su Hijo, dando cumplimiento a las antiguas figuras. Porque allí la Virgen bienaventurada brilla como nueva Eva, a fin de que, así como la mujer cooperó a la muerte, otra mujer contribuyese también a la vida. Allí realiza el misterio de la Madre Sión, acogiendo con amor maternal a los hombres dispersos y congregados ahora por la muerte de Cristo.

NOVENA DE ORACION PARA LOS GRUPOS

ESQUEMA DE LA NOVENA
·         En el nombre del Padre…
·         Momento de oración personal
·         Oración de cada día, Padre Nuestro, Ave María
·         Oraciones finales
·         Jaculatoria
·         Dulce Madre…

ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Dios Todopoderoso y Misericordioso, que en defensa del pueblo cristiano estableciste admirablemente en la Beatísima Virgen María un perpetuo auxilio; concédenos propicio, que fortalecidos con tal protección, luchando en esta vida podamos en la muerte, conseguir victoria del enemigo maligno, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

ORACIONES FINALES PARA TODOS LOS DÍAS
Invocación. ¡Oh María! Virgen poderosa, grande e ilustre defensora de la Iglesia... Singular Auxilio de los Cristianos, terrible como un ejército ordenado en batalla... Tú sola has triunfado en todas las herejías del mundo. ¡Oh Madre!, en nuestras angustias, en nuestras luchas, en nuestros apuros, líbranos del enemigo, y en la hora de nuestra muerte, llévanos al Paraíso. Amén.
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes! Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas, antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente.


DÍA PRIMERO 
¡Oh, María, poderoso Auxilio de los Cristianos que confiados de tu misericordia, acuden a tu trono lleno de confianza! Oye los ruegos de tus hijos que suplicantes imploramos tu poderoso patrocinio, para poder huir del pecado y de las ocasiones de pecar. 
Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA SEGUNDO 
¡Oh, María Santísima, Madre de bondad y de misericordia! tú que siempre libraste al pueblo cristiano, con tu poderoso patrocinio, de los asaltos e insidias del enemigo, protege nuestras almas, te lo suplicamos, de las acometidas del demonio, del mundo y de la carne, para que alcancemos completa victoria sobre los enemigos de nuestra salvación. 
Padre Nuestro, tres  Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA TERCERO 
¡Oh, poderosísima Reina del Cielo, que sola triunfaste de las herejías, que intentaron arrancar a tantos hijos del regazo de nuestra Madre la Iglesia! Ayúdanos ¡oh María! a guardar firme nuestra fe y puros nuestros corazones, en medio de tantas insidias para no contaminarnos con el veneno de tantas perversas doctrinas. 
Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA CUARTO 
¡Oh dulcísima Madre nuestra María, tú que eres Reina de los Mártires por los heroicos actos de valor y fortaleza que practicaste en la tierra! Dígnate infundir en nuestro corazón la fuerza necesaria para mantenernos constantes en tu servicio para que, venciendo todo respeto humano cumplamos sin rubor nuestros deberes religiosos y nos comportemos siempre como devotos hijos tuyos hasta la muerte. 
Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA QUINTO 
Querida Madre mía, tú que en el triunfo del Papa Pío VII mostraste tu eficaz patrocinio, desplegaste tu manto protector sobre toda la Iglesia y especialmente sobre su augusto jefe el Sumo Pontífice, defiéndelo en todo momento de los ataques de los enemigos, líbralo de las aflicciones, asístelo siempre para que pueda dirigir al puerto de salvación la navecilla de San Pedro, triunfando de las oleadas embravecidas que amenazan de sumergirla. 
Padre Nuestro, tres  Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

 DÍA SEXTO 
¡Oh, María, Reina de los Apóstoles! toma bajo tu protección a los sagrados ministros y todos los fieles de la Iglesia Católica: alcánzales espíritu de unión, de perfecta obediencia al Romano Pontífice, y de celo ferviente por la salvación de las almas; especialmente te suplicamos extiendas tu amorosa asistencia sobre los misioneros, para que consigan atraer a la verdadera fe de Jesucristo a todas las almas, para formar del mundo entero un solo Rebaño bajo la guía de un solo Pastor. 
Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA SÉPTIMO 
No seas, Madre de misericordia, insensible a los dolores de la Iglesia menospreciada en su doctrina y en sus Sacramentos. No permitas sea derramada en balde la sangre preciosísima de tu divino Hijo, ilumina a los ciegos que la persiguen, fortalece a los débiles que no la defienden. Brille ¡oh María! tu poder sobre la tierra; sea glorificada y acatada la religión, observada la ley divina y eclesiástica, para que todos te alaben y alcance la humanidad los goces eternos. 
Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA OCTAVO 
Oh María, Madre de Dios y Madre nuestra amantísima, de Ti se ha dicho: todo poder se le ha dado en la tierra y en el cielo; te presentas al trono del Altísimo, no como quien pide, sino como quien manda, a Ti clamamos desde el abismo de nuestras miserias, aleja de nosotros todo mal; bajo tu protección ponemos nuestros bienes, nuestros corazones, almas, potencias, sentidos, vida y todo lo que tenemos; sé nuestro amparo y nuestra defensa durante toda la vida. 
Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

DÍA NOVENO 
¡Oh, piadosísima Madre!, Tú que en todo tiempo te mostraste verdaderamente la Auxiliadora de los cristianos asístenos con tu poderosísimo patrocinio en vida y especialmente en el terrible trance de la muerte, y alcánzanos la perseverancia final. ¡Ah! no nos dejes un solo instante hasta que felices cantemos tus glorias y las misericordias de tu Hijo en el cielo, por los siglos de los siglos.

Padre Nuestro, tres Avemarías, Gloria y la jaculatoria: María Auxilio de los Cristianos, Ruega por nosotros. Terminar con las oraciones finales para todos los días.

Pbro. Lic. Mauricio Merino, delegado por el sr. obispo,
para realizar la novena en honor a María Auxiliadora,
para toda la Diócesis de San Vicente, El Salvador.