SAGRADA ESCRITURA


1. TERMINOLOGÍA PARA DESIGNAR LA BIBLIA Y LOS LIBROS QUE LA CONSTITUYEN 

A) MODO DE DESIGNAR LA BIBLIA Y SUS LIBROS

Entre los diversos modos utilizados para designar la Biblia, algunos tienen una importancia especial por su antigüedad y su origen bíblico. Los nombres de origen bíblico más frecuentes utilizados son:

- Sagrada Escritura (γραφή Αγία). Esta terminología, como denominación para designar los libros sagrados, no aparece en la Biblia hebrea; se encuentra, sin embargo, en la traducción griega de los LXX (1 Cro 15, 15; 2 Cro 30, 5; Esd 6, 18) y de ahí pasó al Nuevo Testamento donde su uso se generalizó. El Nuevo Testamento, en efecto, designa más de 50 veces la colección de los libros del Antiguo Testamento como "Escritura" (Mc 12, 10; Lc 4, 21; Jn 2, 22; Rm 11, 2; Ga 3, 8. 22, etc.), o en plural, "Escrituras" (Mt 21, 42; 22, 29; 26, 54; Mc 12, 24; 42, 49; Lc 24, 27. 32. 45; Jn 5, 39; etc.), o usa la forma completa "Escrituras santas" (Rm 1, 2), "Escrituras sagradas" (2 Ti 3, 15) y "Escritura divinamente inspirada" (2 Tim 3, 16). los Padres extendieron esta terminología también a los libros del Nuevo Testamento.

- Biblia. Este término procede del griego biblía, plural neutro del singular biblión (diminutivo de bíblos, libro). El vocablo pasó al latín (Biblia/ Bibliorum) y fue sucesivamente transformado en femenino singular, tal y como aparece en nuestras lenguas. Al cambio gramatical siguió un cambio semántico: 'Biblia', en efecto, en su acepción teológico-gramatical, indica no tanto un conjunto de libros, sino la unidad que existe entre ellos, por la que constituyen el 'Libro' por excelencia. Aplicado a los libros sagrados, dicho término se encuentra, en las respectivas formas lingüísticas, en Dn 9, 2, 1 M 12, 9 (libros sagrados) y 2 M 8, 23 (libro sagrado). 

- Antiguo y Nuevo Testamento. La palabra 'testamento' (testamentum en Latín) tiene un origen bíblico y corresponde al término griego διαθέκη, con el que la versión griega de los LXX traduce normalmente el término hebreo berit ' ברית' (alianza). El vocablo fue utilizado, como consecuencia, para indicar, primero, la alianza que Dios había estipulado con el pueblo de Israel (Cf Ex 19, 5; 24, 4-8; 2 Co 3, 14, etc.); después, la "nueva alianza" establecida por Cristo (Cf. Jr 31, 31-34; Mt 26, 28 y par.; 2 Co 3, 6; Hb 8, 7-13; 9, 15; 12, 24). Por metonimia, las dos expresiones, antigua alianza y nueva alianza, pasaron a significar la colección de los escritos que contienen los libros de la primera y segunda alianza, que se designaron, respectivamente, como Antiguo y Nuevo Testamento. 

Junto a estas denominaciones, encontramos también otras muy antiguas, como "instrumentum" (Tertuliano), "sagradas letras" (san Agustín), "Testimonium divinum" (san Jerónimo), etc. Con el término "instrumentum", Tertuliano quería significar que la Escritura es para la Iglesia un documento de fe, con autoridad y auténtico (cf. Adv. Praxeam 20; Adv. Marcionem 4, 1). 

Por lo que se refiere al modo de designar los libros, basta por ahora indicar que, para los libros del Antiguo Testamento, se formaron dos tradiciones, una representada por la Biblia hebrea, que designa los libros bíblicos según la palabra o palabras con que comienzan; otra, la de la versión bíblica de los LXX seguida por las versiones latinas, que designan los libros según su contenido. Así, por ejemplo, la Biblia hebrea llama al primer libro de la Biblia Bereshit (בראשיתen principio), y los LXX, "Génesis", por tratar del origen del mundo, del hombre y del pueblo de Israel. 



B) LIBROS QUE CONSTITUYEN LA BIBLIA

El canon católico de la Biblia comprende un total de 73 libros, 46 libros del Antiguo y 27 del Nuevo Testamento, subdivididos, tanto para el Antiguo Testamento como para el Nuevo Testamento, en históricos, didácticos o sapienciales y proféticos. esta subdivisión quedó definitivamente establecida en la edición postridentina de la Vulgata. 


Los libros del Antiguo Testamento se distribuyen del siguiente modo:
Libros históricos: Pentateuco, que comprende los cinco primeros libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), Josué, Jueces, 1-2 samuel, 1-2 Reyes, 1-2 Crónicas, Rut, Esdras y Nehemías, Tobías, Judit, Ester, 1-2 Macabeos.
Libros sapienciales: Job, Salmos, Proverbios, Qohelet (Eclesiastés), Cantar de los Cantares, Sabiduría, Sirácide (Eclesiástico).
- Libros proféticos: Isaías, Jeremías (con Lamentaciones y Baruc), Ezequiel, Daniel y los 12 profetas menores.

Esta división, con algunas diferencias por lo que se refiere al orden de los libros, es la que aparece en la versión de los LXX. Respecto a la Biblia hebrea, las diferencia son mayores. En ella, las tres partes de la Biblia se denominan: Torah  (es decir, Ley, nuestro Pentateuco); Nebiim (los profetas; de nabi' , profeta), que comprenden casi todos nuestros libros históricos (designados en la Biblia hebrea 'Profetas anteriores') y los libros de los Profetas escritores (`Profetas posteriores'); y Ketubim o 'Escritos' (de Katab, escribir), divididos en Mayores (Salmos, Proverbios y Job), los 5 Meghilllot (rollos), y los libros de Daniel, Esdras, Nehemías y Crónicas. Esdras, Nehemías y Crónicas. Se puede notar que, en la Biblia hebrea, los Ketubim agrupan algunos libros clasificados en la Biblia cristiana como históricos (Esdras, Nehemías, 1-2 Crónicas, Ester) o proféticos (Lamentaciones, Daniel). 


El Nuevo Testamento comprende, a su vez:
- 5 libros históricos: los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y los Hechos de los Apóstoles.
- 21 epístolas o cartas:
  - de San Pablo a los Romanos, primera y segunda a los Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, Filemón, primera y segunda a Timoteo, y la epístola a Tito;
   - carta a los Hebreos;
   - las siete cartas católicas: la carta de Santiago, la primera y segunda de san Pedro, las tres cartas de san Juan, la carta de san Judas;
   - el Apocalipsis.

La división en capítulos y versículos de la Biblia, tal y como aparecen hoy en día, adquirieron su forma definitiva entre los siglos XIII y XVI en las Biblias cristianas, y de ahí pasaron a la Biblia hebrea. La fijación de los capítulos se debe a Esteban Langton, canciller de la universidad de París y arzobispo de Canterbury (+ 1228); la distribución en versículos, a Roberto Estienne, más conocido como Stephanus, que la introdujo en la Biblia que publicó en 1555. Roberto Estienne se apoyó en los trabajos del celebre hebraísta judío converso, después dominico, Sante Pagnini (1470-1536), quien a su vez se había basado, para el Antiguo Testamento, en la distinción de la antigua tradición judía, que había distinguido en breves secciones todo el texto bíblico. 



C) LA IMPORTANCIA DE LA LECTURA Y  ESTUDIO DE LA BIBLIA

A lo largo del siglo XX, la Iglesia ha recomendado cada vez con mayor insistencia la lectura asidua de la Escritura, hasta llegar a afirmar que "es conveniente que los cristianos tengan un amplio acceso a la Sagrada Escritura" (Dei Verbum 22). Haciendo un resumen de las razones que sostienen esta orientación magisterial, se puede decir que la lectura de la Biblia es una necesidad para:

- La vida espiritual, "porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y tanta es la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual" (Dei Verbum 21). Por este "motivo, muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: 'Pues la Palabra de Dios es viva y eficaz' (Hebreos 4, 12), 'que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados' (Hechos 20, 32; cf 1 Tesalonicense 2, 13)" (Dei Verbum 21).

- La predicación, pues "el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura" (Dei Verbum 24). Por esto, san Agustín exhortaba a quienes habían recibido la misión de enseñar la Palabra de Dios afirmando: es "un vano predicador de la palabra de Dios hacia afuera, quien no la escucha dentro de sí" (Serm. 179, 1: PL 38, 966).

"Se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado;que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión. La Asamblea sinodal ha exhortado a que se tengan presentes las siguientes preguntas: «¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?». El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia» (Verbum Domini 59). 

- Para la teología, porque "la Sagrada Teología se apoya, como en cimiento perpetuo en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la Palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la Palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología" (Dei Verbum 24).

"Esta expresión de la Constitución dogmática Dei Verbum se ha hecho cada vez más familiar en los últimos años. Podemos decir que en la época posterior al Concilio Vaticano II, por lo que respecta a los estudios teológicos y exegéticos, se han referido con frecuencia a dicha expresión como símbolo de un interés renovado por la Sagrada Escritura. También la XII Asamblea del Sínodo de los Obispos ha acudido con frecuencia a esta conocida afirmación para indicar la relación entre investigación histórica y hermenéutica de la fe, en referencia al texto sagrado. En esta perspectiva, los Padres han reconocido con alegría el crecimiento del estudio de la Palabra de Dios en la Iglesia a lo largo de los últimos decenios, y han expresado un vivo agradecimiento a los numerosos exegetas y teólogos que con su dedicación, empeño y competencia han contribuido esencialmente, y continúan haciéndolo, a la profundización del sentido de las Escrituras, afrontando los problemas complejos que en nuestros días se presentan a la investigación bíblica. Y también han manifestado sincera gratitud a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica que, en estrecha relación con la Congregación para la Doctrina de la Fe, han ido dando en estos años y siguen dando su cualificada aportación para afrontar cuestiones inherentes al estudio de la Sagrada Escritura. El Sínodo, además, ha sentido la necesidad de preguntarse por el estado actual de los estudios bíblicos y su importancia en el ámbito teológico. En efecto, la eficacia pastoral de la acción de la Iglesia y de la vida espiritual de los fieles depende en gran parte de la fecunda relación entre exegesis y teología. Por eso, considero importante retomar algunas reflexiones surgidas durante la discusión sobre este tema en los trabajos del Sínodo" (Verbum Domini 31).

Por todo ello, la Iglesia exhorta con fuerza e insistencia a todos los fieles cristianos "a que aprendan 'el sublime conocimiento de Jesucristo' (Filipenses 3, 8) con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. 'Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo' (San Jerónimo, In Is., Prolo.: PL 24, 17)" (Dei Verbum 25). 

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