HOMILÍAS. CICLO "B"

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Primera lectura: Isaías 63, 16 b-17. 64, 2b-7
Salmo: 79
Segunda lectura: 1 Corintios 1, 3-9
Evangelio: Marcos 13, 33-37



Hoy, con el primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año litúrgico. Este hecho nos invita a reflexionar sobre la dimensión del tiempo, que siempre ejerce en nosotros una gran fascinación. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de lo que solía hacer Jesús, deseo partir de una constatación muy concreta: todos decimos que "nos falta tiempo", porque el ritmo de la vida diaria se ha vuelto frenético para todos.



También a este respecto, la Iglesia tiene una "buena nueva" que anunciar: Dios nos da su tiempo. Nosotros tenemos siempre poco tiempo; especialmente para el Señor no sabemos, o a veces no queremos, encontrarlo. Pues bien, Dios tiene tiempo para nosotros. Esto es lo primero que el inicio de un año litúrgico nos hace redescubrir con una admiración siempre nueva. Sí, Dios nos da su tiempo, pues ha entrado en la historia con su palabra y con sus obras de salvación, para abrirla a lo eterno, para convertirla en historia de alianza. Desde esta perspectiva, el tiempo ya es en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un don que el hombre puede valorar, como cualquier otra cosa, o por el contrario desaprovechar; captar su significado o descuidarlo con necia superficialidad.



Además, el tiempo de la historia de la salvación se articula en tres grandes "momentos": al inicio, la creación; en el centro, la encarnación-redención; y al final, la "parusía", la venida final, que comprende también el juicio universal. Pero estos tres momentos no deben entenderse simplemente en sucesión cronológica. Ciertamente, la creación está en el origen de todo, pero también es continua y se realiza a lo largo de todo el arco del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la encarnación-redención, aunque tuvo lugar en un momento histórico determinado —el período del paso de Jesús por la tierra—, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el siguiente. A su vez, la última venida y el juicio final, que precisamente tuvieron una anticipación decisiva en la cruz de Cristo, influyen en la conducta de los hombres de todas las épocas.



El tiempo litúrgico de Adviento celebra la venida de Dios en sus dos momentos: primero, nos invita a esperar la vuelta gloriosa de Cristo; después, al acercarse la Navidad, nos llama a acoger al Verbo encarnado por nuestra salvación. Pero el Señor viene continuamente a nuestra vida.



Por tanto, es muy oportuna la exhortación de Jesús, que en este primer domingo se nos vuelve a proponer con fuerza: "Velen" (Mc 13, 33.35.37). Se dirige a los discípulos, pero también "a todos", porque cada uno, en la hora que sólo Dios conoce, será llamado a rendir cuentas de su existencia. Esto implica un justo desapego de los bienes terrenos, un sincero arrepentimiento de los propios errores, una caridad activa con el prójimo y, sobre todo, un abandono humilde y confiado en las manos de Dios, nuestro Padre tierno y misericordioso.

La Virgen María, Madre de Jesús, es icono del Adviento. Invoquémosla para que también a nosotros nos ayude a convertirnos en prolongación de la humanidad para el Señor que viene.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Primera lectura: Isaías 61, 1-2. 10-11
Salmo: Lucas 1
Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 5, 16-24
Evangelio: Juan  1, 6-8. 19-28



Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. El evangelio de este domingo con el del domingo pasado tienen en común la figura de San Juan el Bautista. Se nos exponía que su misión la realizó en el desierto, su mensaje es el cumplimiento de la profecía de Isaias, su manera austera de presentarse. Juan es un nombre de origen hebreo que significa Dios es propicio o Dios se ha apiadado. En la persona de Juan y su mensaje de conversión, Dios muestra su compasión hacia el ser humano. 

Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino testigo de la luz. Dios, en su sabiduría, suscita en el momento oportuno de la historia un hombre, con la misión especifica de ser testigo. Juan no vino al tiempo histórico de la humanidad de paseo, o a nacer, crecer, morir y ya. Su responsabilidad histórica era ser testigo. ¿Qué significa el término testimonio? Significa la afirmación de algo; la demostración o aprobación de la veracidad. Juan con su mensaje y su conducta fue un testimonio convincente de la luz, es decir, Jesucristo. Su misión era iluminar la llegada del mesías esperado.  Se preocupó por preparar lo más que se pudiera la aceptación del Salvador en los corazones. Si Juan no hubiera asumido su misión histórica o él se hubiera tomado la atribución de luz, hubiera roto con el plan de Dios. Por eso, cuando le preguntan los sacerdotes y los levitas quién es él, Juan les responde: "Yo no soy el mesías", ni tampoco otro profeta del Antiguo Testamento. Afirma en cambio que es la voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor. Debemos resaltar la humildad del bautista, pues estaba antes de Jesús, ya tenía seguidores, bien se hubiera apropiado el titulo de luz, pero no lo hizo porque tenía bien clara su identidad y misión. Cuántas veces los cristianos, llámese obispos, sacerdotes, religiosas, misioneros, predicadores, laicos deseamos ser el centro y el centro es Jesús. Entre más sirvamos a Jesús como preparadores, como iluminadores, más resplandecerá su luz en nosotros y en las comunidades, en la sociedad. El Papa Francisco cuando se reunió con los movimientos el año pasado, al escuchar los aplausos hacia él, dijo que el centro no es el Papa, sino Jesús.  No debemos olvidar que nuestra conducta en la linea de Juan, es más atrayente que las palabras, aunque seas impactantes.

A este domingo se le llama "gaudete", es decir, alégrense. Es que realmente al leer la palabra de Dios nos llenamos de alegría, de júbilo. Isaias dice: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y a pregonar el año de gracia del Señor". Hermanos y hermanas, todos los bautizados estamos ungidos, marcados por Dios para ser profetas, por tanto, se nos ha anunciado para anunciar la buena noticia, el evangelio, la palabra liberadadora a los pobres en todos sus sentidos. Para colaborar en la sanación de los corazones desgarrados, atribulados, lastimados, heridos y no ha terminarlos de partir. A ser una esperanza para los cautivos, prisioneros del pecado, el engaño y la tiniebla. Para como dice San Pablo en la segunda lectura, ser dadores de gracias en toda ocasión. Me llama la atención que Isaias pone como primera tarea el anuncio a los pobres. Bien decía Benedicto XVI que la evangelización es la primera tarea de la Iglesia. 
"En concreto, la liturgia de este domingo, llamado Gaudete, nos invita a la alegría, a una vigilancia no triste, sino gozosa. «Gaudete in Domino semper» —escribe san Pablo—. «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4, 4). La verdadera alegría no es fruto del divertirse, entendido en el sentido etimológico de la palabra di-vertere, es decir, desentenderse de los compromisos de la vida y de sus responsabilidades. La verdadera alegría está vinculada a algo más profundo. Ciertamente, en los ritmos diarios, a menudo frenéticos, es importante encontrar tiempo para el descanso, para la distensión, pero la alegría verdadera está vinculada a la relación con Dios. Quien ha encontrado a Cristo en su propia vida, experimenta en el corazón una serenidad y una alegría que nadie ni ninguna situación le pueden quitar. San Agustín lo había entendido muy bien; en su búsqueda de la verdad, de la paz, de la alegría, tras haber buscado en vano en múltiples cosas, concluye con la célebre frase de que el corazón del hombre está inquieto, no encuentra serenidad y paz hasta que descansa en Dios (cf. Confesiones, I, 1, 1). La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, de hacerle espacio en nosotros, de acoger al Espíritu Santo que guía nuestra vida. Es la invitación que hace el apóstol san Pablo, que dice: «Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 23). En este tiempo de Adviento reforcemos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Confiemos en él; como afirma también san Agustín, a la luz de su experiencia: el Señor está más cerca de nosotros que nosotros mismos: «interior intimo meo et superior summo meo» (Confesiones,III, 6, 11). 




CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Primera lectura: 2 Samuel 7, 1-5. 8-12. 14. 16
Salmo: 88
Segunda lectura: Romanos 16, 25-27
Evangelio: Lucas 1, 26-38



En este cuarto y último domingo de Adviento la liturgia nos presenta este año el relato del anuncio del ángel a María. Contemplando el estupendo icono de la Virgen santísima, en el momento en que recibe el mensaje divino y da su respuesta, nos ilumina interiormente la luz de verdad que proviene, siempre nueva, de ese misterio. En particular, quiero reflexionar brevemente sobre la importancia de la virginidad de María, es decir, del hecho de que ella concibió a Jesús permaneciendo virgen.

En el trasfondo del acontecimiento de Nazaret se halla la profecía de Isaías. «Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel» (Is 7, 14). Esta antigua promesa encontró cumplimiento superabundante en la Encarnación del Hijo de Dios.

De hecho, la Virgen María no sólo concibió, sino que lo hizo por obra del Espíritu Santo, es decir, de Dios mismo. El ser humano que comienza a vivir en su seno toma la carne de María, pero su existencia deriva totalmente de Dios. Es plenamente hombre, hecho de tierra —para usar el símbolo bíblico—, pero viene de lo alto, del cielo. El hecho de que María conciba permaneciendo virgen es, por consiguiente, esencial para el conocimiento de Jesús y para nuestra fe, porque atestigua que la iniciativa fue de Dios y sobre todo revela quién es el concebido. Como dice el Evangelio: «Por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). En este sentido, la virginidad de María y la divinidad de Jesús se garantizan recíprocamente.

Por eso es tan importante aquella única pregunta que María, «turbada grandemente», dirige al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). En su sencillez, María es muy sabia: no duda del poder de Dios, pero quiere entender mejor su voluntad, para adecuarse completamente a esa voluntad. María es superada infinitamente por el Misterio, y sin embargo ocupa perfectamente el lugar que le ha sido asignado en su centro. Su corazón y su mente son plenamente humildes, y, precisamente por su singular humildad, Dios espera el «sí» de esa joven para realizar su designio. Respeta su dignidad y su libertad. El «sí» de María implica a la vez la maternidad y la virginidad, y desea que todo en ella sea para gloria de Dios, y que el Hijo que nacerá de ella sea totalmente don de gracia.


Queridos amigos, la virginidad de María es única e irrepetible; pero su significado espiritual atañe a todo cristiano. En definitiva, está vinculado a la fe: de hecho, quien confía profundamente en el amor de Dios, acoge en sí a Jesús, su vida divina, por la acción del Espíritu Santo. ¡Este es el misterio de la Navidad! A todos les deseo que lo vivan con íntima alegría.

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA




Primera lectura: Siracides 2-6. 12-14
Salmo: 127, 1-2. 3. 4-5
Segunda lectura: Colosenses 3, 12-21 
Evangelio: Lucas 2, 22-40


En este dia estamos celebrando a nivel eclesial la fiesta de la Sagrada Familia y a nivel civil el cierre del año 2017. "La fiesta de la sagrada Familia, que fue instituida con carácter universal en el pontificado de Juan XXIII, se celebra el domingo siguiente a la Navidad" (Jose Antonio Abad Ibáñez, "La celebración del Misterio cristiano", p, 547). 

Lo que impacta en esta celebración litúrgica es la consideración de que el Hijo de Dios quiso nacer en el seno de una familia, tener una familia humana. Esto no es una casualidad o capricho por parte de Dios. El Mesías, el Hijo de Dios, el Dios eterno eligió tener un padre y una madre; por consiguiente, de este principio biblico y teologico es que la Iglesia parte para señalar, valorar y defender la familia. "Por tanto, dirigimos, mejor, repetimos a todos la invitación de la liturgia a que miren con segura confianza el ejemplo de la Sagrada Familia que Jesús santificó con inefables virtudes" (Papa San Juan XXIII, 10 de enero de 1960). A la luz de la Sagrada Familia, reflexionemos brevemente sobre la situación, el valor y el papel fundamental de la familia, para ello me basaré en lo escrito por el Papa San Juan Pablo II, en los números iniciales de su Exhortación Apostólica "Familiaris Consortio" (1981).

La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución o sociedad, el hostigamiento, los efectos de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. ¿Cuál es el panorama que se observa en torno a la familia? Muchas familias viven la creciente situación de ataque, permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras familias se sienten inciertas y desanimadas de cara a su finalidad, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida matrimonial y familiar. Otras familias, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.

La Iglesia, de cara al panorama que acabamos de describirles y conscientes de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, un auténtico tesoro, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda, su apoyo, su cercania a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Por tanto, nadie se sienta solo, ninguna familia se sienta abandonada, porque la Iglesia está con ustedes y permanecerá firme a los valores cristianos, sin importar que las ideologías están pretendiendo destruir de raíz los principios y valores cristianos del matrimonio y de la familia, tal como Dios lo ha querido desde el inicio de la creación humana. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos, por el futuro del matrimonio y de la familia aquí en España, en el continente europeo y en los demas paises. De manera especial, la Iglesia se dirige a los jóvenes que están a punto de emprender su camino como matrimonio y familia, con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida. Queridos jóvenes en general, sepan distinguir el amor del egoismo. El egoísmo consiste en buscar siempre mis propias satisfacciones, en buscar hacer realidad mis caprichos, mis "fantasías sexuales", sin importar que estas cosas sean contrarias a la voluntad de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia. 

En un momento histórico en que la familia esta siendo objeto de muchas fuerzas, ideologías, políticas que tratan de destruirla o deformarla, de llamarle "familia" a lo que nunca por naturaleza lo será, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad, de una nación y de sí misma como Iglesia, está profundamente vinculado al bien de la familia, si quieren que lo diga con palabras sencillas y directas: la muerte de la familia, implica el envejecimiento y muerte de una sociedad y en parte, hasta de la Iglesia que vive en esa sociedad. La familia es la pieza fundamental para renovar la sociedad, nuestra sociedad, como también para renovar el mismo Pueblo de Dios, por que la Iglesia esta formada de familias. Por ejemplo, las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras surgen de las familias, pero si no hay hijos en una familia o en una sociedad, ¿de donde van a nacer las vocaciones? Si no hay hijos, no hay vocaciones y si no hay vocaciones no tendremos sacerdotes. ¿Lo Ven?

En fin, hermanos y hermanas, queridas familias, "el Evangelio de hoy invita a las familias a acoger la luz de esperanza que proviene de la casa de Nazaret, en la cual se ha desarrollado en la alegría la infancia de Jesús, quien —dice san Lucas— «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (2, 52). El núcleo familiar de Jesús, María y José es para todo creyente, y en especial para las familias, una auténtica escuela del Evangelio. Aquí admiramos el cumplimiento del plan divino de hacer de la familia una especial comunidad de vida y amor. Aquí aprendemos que todo núcleo familiar cristiano está llamado a ser «iglesia doméstica», para hacer resplandecer las virtudes evangélicas y llegar a ser fermento de bien en la sociedad. Los rasgos típicos de la Sagrada Familia son: recogimiento y oración, mutua comprensión y respeto, espíritu de sacrificio, trabajo y solidaridad" (Papa Francisco, 2015).

"Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas" (Papa Francisco).



31-Diciembre-2017
Parroquia "San Blas", Navarra, España. 


SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
CICLO "B"


Primera lectura: Isaías 60, 1-6
Salmo: 71, 1-2. 7-8.10-11. 12-13
Segunda lectura: Efesios 3, 2-6
Evangelio: Mateo 2, 1-12


«¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella y hemos venido a adorarlo?» (Mateo 2, 2). Estas fueron las palabras dichas por los magos de Oriente al presentarse en Jerusalén, palabras muy precisas por cierto. Estos hombres de Oriente, es decir, los Reyes Magos, llegaron a Jerusalén con el objetivo de adorar al niño recién nacido, el cual es un rey, por supuesto, para nosotros los cristianos el Niño Dios no es un rey más, sino el Rey de reyes. Por lo narrado por san Mateo, los Reyes Magos fueron a buscar al Niño Rey al lugar propio de un rey, es decir, al Palacio. Y esto es importante, allí llegaron ellos con su búsqueda, era el lugar indicado por lógica humana: pues es propio de un rey nacer en un palacio, y tener su corte y súbditos. Es signo de poder, de éxito, de vida lograda o realizada. Y por el conocimiento y análisis de la historia humana, es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado. "Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que el ser humano le  rinde culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza, esclavitud, miedo" (Papa Francisco, 6 de enero de 2017). Y fue precisamente ahí, ante el rey Herodes y en el palacio real, donde comenzó el camino más largo que tuvieron que andar esos hombres venidos de lejos. Ahí comenzó la osadía más difícil y complicada. En qué sentido? En descubrir que lo que ellos buscaban no estaba en el palacio, sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial. Esto es una tremenda leccion: El Dios todopoderoso, Creador de todo no nació, no estaba en el palacio-fortaleza real de Jerusalén, como ya he señalado, no estaba en el palacio símbolo de poder, riqueza y orgullo. "Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía (Jesús recien nacido representa la libertad, mientras que el rey Herodes la tiranía); descubrir que la mirada de este Rey desconocido ―pero deseado― no humilla, no esclaviza, no encierra. Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos y donde tantas veces lo negamos. Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados, abandonados, incomprendidos: que su fuerza y su poder se llama misericordia. Qué lejos se encuentra, para algunos, Jerusalén de Belén" (Ibid.). 

Herodes no pudo adorar porque no quiso, no fue capaz de cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. Era esclavo del poder y de las posesiones que tenia, las cuales se apoderaron de su libertad e inteligencia, y lo llevaron a ser un idólatra de sí mismo. Herodes No pudo adorar porque buscaba que lo adoraran a él. Los sacerdotes judíos tampoco pudieron adorar al Niño Jesus porque ellos sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar. Ellos también se volvieron esclavos del poder que tenían, de sus preceptos humanos y comodidades. Por lo tanto, «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5,3), y añadamosle en esta ocasión: bienaventurados los pobres de espíritu, porque son los unicos capaces de cambiar la mirada, reorientar la vida y ponerse de rodillas en signo de adoración ante Dios, ante el Dios hecho niño. 

Los magos no querían ya más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los Magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y caminaron porque su mirada estaba dirigida hacia la Verdad, libre del mundo aparente representado en el poder, la riqueza y la soberbia del rey Herodes. "Y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén, allí descubrieron la Gloria de Dios" (Ibid.). "Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de la aurora", nos dice la primera lectura. 

Que por la intercesión de Santa Maria, Madre de Dios; San José, al igual que los reyes magos nos postremos ante Jesucristo, Señor de todos los pueblos de la tierra. Seamos estrellas luminosas que conduzcan a nuestros familiares, amigos y personas que nos vayamos encontrando en la vida, al descubrimiento o redescubrimiento de Jesus, quien es "el mismo ayer, ahora y siempre" (Hebreos 13, 8). Solo adorando a Jesucristo, al Niño Dios, somos libres de la esclavitud de la poderosisima cultura y tentación de la apariencia. Dios los bendiga.


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PROPUESTA DE MONICION:
Queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy la Solemnidad de la Epifanía del Señor o manifestación del Hijo de Dios a los Reyes Magos. En esta celebración litúrgica se acentúa la revelación de Cristo a los paganos, cuyas primicias son los Magos: revelación de la universalidad de la salvación. En los Reyes Magos debemos ver “las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación del Hijo de Dios, la Buena Nueva de la salvación” (Catecismo de la Iglesia Católica, 528). En esas naciones entramos todos nosotros. Gracias, Señor, por hacernos partícipes de tu salvación. 


6-Enero-2018
Parroquia "San Blas", Navarra, España. 


QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Primera lectura: Hechos 9, 26-31
Salmo: 21, 26b-28. 30-32
Segunda lectura: 1 Juan 3, 18-24

Evangelio: Juan 15, 1-8



DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"

Primera lectura: Daniel 12, 1-3
Salmo: 15, 5. 8.-11
Segunda lectura: Hebreos 10, 11-14. 18
Evangelio: Marcos 13, 24-32




Queridos hermanos y hermanas:

Hemos llegado a las últimas dos semanas del año litúrgico. Demos gracias al Señor porque nos ha concedido recorrer, una vez más, este camino de fe —antiguo y siempre nuevo— en la gran familia espiritual de la Iglesia. Es un don inestimable, que nos permite vivir en la historia el misterio de Cristo, acogiendo en los surcos de nuestra existencia personal y comunitaria la semilla de la Palabra de Dios, semilla de eternidad que transforma desde dentro este mundo y lo abre al reino de los cielos. En el itinerario de las lecturas bíblicas dominicales, este año nos ha acompañado el evangelio de san Marcos, que hoy presenta una parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos. En este discurso hay una frase que impresiona por su claridad sintética: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mc 13, 31). Detengámonos un momento a reflexionar sobre esta profecía de Cristo.

La expresión "el cielo y la tierra" aparece con frecuencia en la Biblia para indicar todo el universo, todo el cosmos. Jesús declara que todo esto está destinado a "pasar". No sólo la tierra, sino también el cielo, que aquí se entiende en sentido cósmico, no como sinónimo de Dios. La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: toda la creación está marcada por la finitud, incluidos los elementos divinizados por las antiguas mitologías: en ningún caso se confunde la creación y el Creador, sino que existe una diferencia precisa. Con esta clara distinción, Jesús afirma que sus palabras "no pasarán", es decir, están de la parte de Dios y, por consiguiente, son eternas. Aunque fueron pronunciadas en su existencia terrena concreta, son palabras proféticas por antonomasia, como afirma en otro lugar Jesús dirigiéndose al Padre celestial: "Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado" (Jn 17, 8).

En una célebre parábola, Cristo se compara con el sembrador y explica que la semilla es la Palabra (cf. Mc 4, 14): quienes oyen la Palabra, la acogen y dan fruto (cf. Mc 4, 20), forman parte del reino de Dios, es decir, viven bajo su señorío; están en el mundo, pero ya no son del mundo; llevan dentro una semilla de eternidad, un principio de transformación que se manifiesta ya ahora en una vida buena, animada por la caridad, y al final producirá la resurrección de la carne. Este es el poder de la Palabra de Cristo.

Queridos amigos, la Virgen María es el signo vivo de esta verdad. Su corazón fue "tierra buena" que acogió con plena disponibilidad la Palabra de Dios, de modo que toda su existencia, transformada según la imagen del Hijo, fue introducida en la eternidad, cuerpo y alma, anticipando la vocación eterna de todo ser humano. Ahora, en la oración, hagamos nuestra su respuesta al ángel: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38), para que, siguiendo a Cristo por el camino de la cruz, también nosotros alcancemos la gloria de la resurrección.

Benedicto XVI, Angelus 2009.


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"

Primera lectura: Deuteronomio 6, 2-6
Salmo: 17
Segunda lectura: Hebreos 7, 23-28
Evangelio: Marcos 12, 28b-34



En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le pregunto: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”
De entrada, hay dos cosas por considerar: la primera es considerar sobre quién era un escriba y la segunda, porqué el escriba le hace esa pregunta al Señor. En primer lugar, desde el tiempo de Esdras, el escriba es un entendido en las cosas de la Ley. Por eso es también llamado doctor de la Ley o Rabi. Estos pertenecían al grupo de los Fariseos. Con el fin del profetismo, competía sobretodo al doctor de la Ley la enseñanza y la interpretación de la Ley al pueblo (Siracides 38, 24). Por eso, ellos se volvieron los jefes espirituales de la nación. Después de largos estudios, por cuarenta años, el alumno era hecho escriba, con el rito de imposición de las manos.

Como pueden notar, un experto en la Ley le está preguntando a Jesús sobre el mandamiento primero de todos. Un hombre por lo visto mayor que Jesús en años. Ahora, ¿Por qué el escriba le pregunta a Jesús sobre cual es el mandamiento primero de todos los existentes? Porque en el tiempo de Jesús, había 613 mandatos, reglas, siendo 248 preceptos de formulación positiva y 365 de formulación negativa. Esta pregunta de buena fe, tenía cierta razón de ser, dado el gran numero de preceptos y tradiciones existentes en el tiempo de Jesús.

La respuesta de Jesús fue: “El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. El segundo es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento mayor que éstos”. Jesús no cita el Decálogo sino el “Chemá Israel” (Escucha, Israel: Deuteronomio 6, 4-5). Este texto constituía la oración privilegiada del devocionario judaico. Por otra parte, es interesante notar que el escriba le hizo una pregunta en singular, no en plural: Cuál es el mandamiento… No, cuáles son los mandamientos… pero Jesús le responde en plural, más aún, con un binomio inseparable: el amor a Dios y al prójimo. Es que San Juan nos lo dice muy bien: “Si alguien dice: ‘yo amo a Dios’, pero tuviera odio al hermano, ese sería un mentiroso; pues aquel que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y nosotros recibimos de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 20-21).

Actualmente, percibimos en el ambiente familiar, social, laboral y hasta eclesial, realidades adversas al amor, como: ausencia de amor, mal interpretación del concepto amor, manipulación del amor, lo cual viene a afectar las diversas facetas de la vida. Por eso bien dice Benedicto XVI: “El término amor es una de las palabras hoy en día más usadas, pero también de las más abusadas” (Deus Caritas est). Se dice que el amor consiste en desear el bien al otro, pero no es solo un deseo como mero sentimiento o solo por fingir buena intención, sino en buscar la superación del otro, la realización personal del otro, el crecimiento humano, espiritual, cristiano de otro. Dios es el Sumo Bien, nos lo dice Santo Tomás de Aquino, y si nosotros estamos unidos a Dios, estamos dejándonos amar por Él y al mismo tiempo, respondiendo a su amor, y en esto consiste nuestro máximo bien: dejarnos amar por Dios y corresponderle a su amor, por eso, el amor es reciproco: yo te amo porque tu me amas. Ahora bien, si realmente hemos llegado a esa comprensión y a esa relación con Dios, lo demostraremos o reflejaremos con el prójimo, o sea, con el cercano, con la otra persona.


DÉCIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "B"


EL REINO DE DIOS:
ELECCIÓN DE LO PEQUEÑO CON VISTAS A SER GRANDE

El lunes 28 de mayo de 2012 se reanudó el tiempo ordinario (semana VIII), pero los domingos sucesivos han estado marcados por dos solemnidades (Santísima Trinidad y Corpus Christi), ahora, décimo primer domingo del tiempo ordinario, se medita en si las lecturas correspondientes a este amplio tiempo litúrgico. 

San Marcos 4, 26-34

«También decía: "El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega".

Decía también: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra". Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».


En dicho texto evangelico, Jesús explica el misterio del Reino de Dios mediante dos parábolas: el Reino de Dios es como un grano de trigo echado en la tierra, que brota y crece hasta que, sin saber cómo, llega a ser trigo abun­dante; el Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la mayor de las hortalizas, de modo que las aves del cielo anidan en sus ramas.


En Tierra Santa crecen varios tipos de plantas de mostaza, ya sea silvestres como la mostaza de campo,Sinapis arvensis, y la mostaza blanca, S. alba, o cultivadas, como la mostaza negra (ajenabe), S. nigra, de las cuales esta última parece ser la mencionada en el Evangelio. Nuestro Señor compara el Reino de Dios a un grano de mostaza , un término familiar para denotar la cosa más pequeña posible (cf. Talmud Jerus. Peah, 7; T. Babyl. Kethub., III B), "que tomó un hombre y la sembró en su campo" y que "cuando crece es mayor que las hortalizas". El árbol de mostaza en Palestina alcanza una altura de diez pies (3.5 metros) y es el refugio favorito de jilgueros y pinzones.

Las parábolas del trigo que crece indefectiblemente y del grano de mostaza que crece hasta un árbol magnífico, destacan el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Jesús extiende su mirada hacia el futuro y ve que, a pesar de la modestia de los orígenes, la Iglesia crecerá y llenará el mundo (con 12 humildes y sencillos apóstoles, y otros seguidores, pero con apertura y disponibilidad al servicio del Reino de Dios). Sólo dentro de la Iglesia de Cristo tenemos expe­riencia del Reino de Dios.

Si nos preguntamos: ¿Qué es el Reino de Dios?, el Beato Juan Pablo II nos lo responde en su Encíclica "Redemptoris Missio": «El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración; el Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible» (n. 18) Por eso es que se puede encontrar sólo dentro de la Iglesia. Es que «la luz de los pueblos, que es Cristo, resplan­dece sobre la faz de la Iglesia», como leemos en la Lumen Gentium.

Las parábolas del crecimiento del Reino de Dios deberían ser suficientes para comprender que Jesucristo es el Señor de la historia. No es necesario tener fe para entender que aquí hay una auténtica profecía, demos una panorámica sobre el Reino de Dios en la historia humana y para mayor convicción, por supuesto se puede hacer un razonamiento en torno a ello. Esta ense­ñanza fue propuesta por Jesús alrededor del año 30 de nuestra era y fue registrada por escrito en el Evangelio de San Marcos no después del año 70 (en realidad, mucho an­tes). A la luz del desarrollo posterior y de la situación actual del cristianismo en el mundo, cualquier persona inteligente debe reconocer que Jesús fue de una clarivi­dencia extraordinaria. Él anunció este desarrollo de su Iglesia cuando nada hacía preverlo y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que ese movimiento había sido sofocado con la muerte de Jesús en la cruz, más aún, las autoridades judías intentaron terminar con esa realidad antes sus ojos (Mateo 20, 11-15). 

En fin, considero las palabras del  rabino Gamaliel como el criterio objetivo a seguir. En un momento en que los seguidores de Jesús eran un minúsculo grupo, aconsejó al tribunal judío: «'Desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destrui­rá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirlos. No sea que os encontréis luchando contra Dios'. Todos aceptaron su parecer» (Hch 5,38-39). La historia ha registrado numero­sos episodios de persecución; pero no han conseguido destruir la Iglesia. Incluso, Benedicto XVI ha dicho que los enemigos de la Iglesia están dentro de Ella., u aun así el proyecto del Reino sigue adelante. Realmente, hay pruebas, datos, circunstancias, acontecimientos que conducen a una afirmación sensata sobre la Iglesia como obra de Dios. Hasta parece terquedad el estar contradiciendo algo tan evidente. 

PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL:

- Como cristiano, ¿estás esforzándote secundado por la gracia divina para que el Reino de Dios se desarrolle en tu interior?

- ¿Estás colaborando por la extensión del Reino de Dios? ¿De qué manera?

-  Si estás trabando en la Iglesia de acuerdo a tu vocación particular, ¿crees que el desarrollo del Reino de Dios es obra de Dios? ¿si ves frutos te entra la tentación de pensar que todo es gracias solo a tu esfuerzo, capacidades o cualidades personales?


- Ante las decepciones provocadas por ciertas situaciones negativas en la Iglesia, ¿dudas de  la veracidad sobre la fundación y desarrollo de dicha institución divina-.humana? 





TERCER DOMINGO DE CUARESMA
CICLO "B"



Primera lectura: Éxodo 20, 1-7.
Salmo 18
Segunda lectura: 2ª Corintios 1, 22-25.
Evangelio: Juan 2, 13-25.

“Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas”.

La Pascua judía, es la principal fiesta del Judaísmo, en la cual se conmemora la liberación de Egipto, por el paso del Mar Rojo. Jesús ha estado anteriormente unos días en Cafarnaúm con su madre, sus parientes y sus discípulos, y luego sube a Jerusalén. Al entrar a Jerusalén, se dirige hacia el templo, y encuentra lo que descrito por el evangelio.

“Este es un episodio relatado también por los Sinópticos. Jesús actúa a la manera de los profetas, con acciones simbólicas; su actitud no se destina a castigar transgresores, sino a mostrar su suprema autoridad en la Casa de mi Padre. Más que purificar, venía a substituir el templo de Jerusalén, como lugar de comunicación de Dios. Solo San Juan refiere la expulsión de ovejas y bueyes; los animales de los sacrificios dejan de tener sentido en el nuevo culto, centrado a partir de ahora, en la persona de Jesús” (Franciscanos Capuchinos, Biblia Sagrada, Lisboa). “El gesto de Jesús es un acto de autoridad mesiánica, el cual puede ser entendido o como abolición de los sacrificios del culto antiguo o como protesta contra los abusos de los vendedores del templo” (Ibid).

“El celo de tu casa me devora”.

Los discípulos evocaron el Salmo 69, 10 (El celo de tu casa me consume; los insultos de los que te ultrajan cayeron sobre mi). Este gesto mesiánico anuncia la pasión de Jesús.

Por otra parte, la primera lectura nos dice: “No harás mal uso del nombre del Señor, tu Dios, porque no dejará el Señor sin castigo a quien haga mal uso de su  nombre” (Éxodo 20, 7). El templo es consagrado a Dios, es la casa de Dios, por lo tanto, su Santo Nombre está en juego. Por eso el Hijo amado del Padre, pone orden.

“Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”.

Estas palabras encierran un sentido misterioso que solo la reflexión posterior (v. 22) permitió captar: explican el misterio de la Encarnación, al designar el Cuerpo de Jesús como un templo en que Dios habita (Colosenses 2, 9). Para los enemigos de Jesús, está afirmación era pasible de la pena de muerte (confrontar dos ejemplos: Mc 14, 58; Hechos 6, 14). Sobre el dar la vida en dos días y levantarse al tercero, tenemos como un ejemplo a Mc 8, 31, donde Jesús  va a decir por tres veces, que será por su muerte y resurrección que se manifestará como  el Mesías prometido (Cf. Isaías 52, 13-53, 12).

“Cuarenta y seis años”.

El templo había comenzado a ser reconstruido por Herodes, el grande, en el 19/20 a.C., pero sería inaugurado en el año 60.

Mientras estuvo en Jerusalén para las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él, al ver los prodigios que hacia. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre”.

Aquí se puede observar un corte en esta lectura, en primer lugar la actitud de Jesús en el templo y luego su estadía en Jerusalén, la cual aprovechó para hacer el máximo bien posible. ¿Por qué no se fiaba Jesús de esos muchos que creyeron en él? Por los prodigios que veían. ¿Qué pasa con eso? En otros capítulos Jesús interpela a los judíos por exigir signos, al igual como lo hace san Pablo en la segunda lectura de ahora: “Los judíos exigen señales milagrosas… pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (Corintios 1, 22). El señor conoce la psicología del ser humano, sabe que a veces se deja llevar por la novedad, cree por ver algo espectacular o por un sentimiento causado por algo fuera de lo común, Incluso que es vulnerable y por tanto, se manipulado o chantajeado. El Señor es listo, no se deja llevar por la apariencia de los que dicen creer y estar con El. A Jesucristo se le ama, se le sigue por lo que Es, no solo por lo que ofrece, en concreto, por aquello que es de mi interés personal o egoísta.

Hermanos y hermanas, haciendo un paréntesis, tengamos cuidado de que otros nos manipulen, hay personas que conocen la psicología del ser humano, y saben como manejar la masa de persona o de una persona. Ahora en nuestro país El Salvador, es día de elección de alcaldes y diputados, “votar es un derecho y una obligación de todo ciudadano. Abstenerse de votar, sin causas graves para ello, es una grave irresponsabilidad moral y social” (Comunicado de Monseñor Elías Rauda a la Diócesis de San Vicente, n. 7, 31 de enero de 2012). Usando la facultad de la inteligencia que Dios nos ha dado, elijamos libremente a las personas que consideramos harán un buen trabajo, para el bien común de nuestra ciudad y de nuestro departamento de San Vicente. No nos dejemos llevar por los ofrecimientos o por la vasta publicidad, sabiendo por experiencias que muchas cosas prometidas no se cumplirán, sino por la persona a la cual consideramos más confiable, para sacar adelante nuestra sociedad; tengamos en cuenta que ningún candidato es perfecto, pero alguien tiene que gobernar, y con la luz de Dios, elijamos correctamente.


SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 
CICLO "A". 13 DE FEBRERO DE 2011


Pbro. Gustavo Romero

Primera lectura: Libro del Eclesiástico 15, 16-21
Salmo: 118
Segunda lectura: Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10
Santo Evangelio: San Mateo 5, 17-37

BREVE REFLEXION

En la primera lectura, Ben Sira autor del libro del Eclesiástico o Siracides, afirma con seguridad y contra toda tendencia fatalista, la libertad del hombre, que es responsable por su vida y por su destino.
Dios creó al ser humano de manera libre, pero eso no significa que lo haya dejado abandonado. Dios ha irrumpido en la historia humana para darle medios, luces, normas, razones por donde debe caminar recto y desenvolverse positivamente en la escuela de la vida. Pero tiene el cuidado de no violentar nuestra libertad o actuar sin consentimiento nuestro. Tanto nos respeta nuestro Señor. A veces cuando hemos caído en un fracaso o estamos mal en algo, buscamos culpar a Dios, sin ser conscientes que acciones nuestras nos han merecido tal situación.

Por eso Ben Sirá nos aclara: “Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya”. Los mandamientos del Señor no son cargas pesadas o deseos de fastidiarnos, son una ayuda divina que ilumina el sendero. El Creador sabe lo que nos conviene y, como desea que seamos felices, nos avisa del comportamiento adecuado. 

Del versículo 16 al 17 se nos dice que el Señor ha puesto delante nosotros fuego y agua, muerte y vida, y según lo que escojamos con conocimiento y libertad, eso se nos concederá, o como dice en Gálatas 6, 7: “según lo que siembres, eso cosecharás”. Y continua el versículo 8: “quien siembra en la propia carne, de la carne recogerá corrupción; quien siembra en el Espíritu, del Espíritu recogerá para la vida eterna”.

En San Lucas 23, de los versículos 33 al 43, se nos presenta la escena donde Jesús esta crucificado en medio de dos malhechores en la misma condición.  Uno de ellos insultaba a Jesús y el otro reconoció su pecado ante el reconocimiento de la divinidad de Jesucristo. Aunque fue en las ultimas de la vida, uno de ellos ve iluminada todas sus obras ante Jesucristo Luz y elige la Vida (cf. Mateo 5, 16), lo cual le trajo como fruto: “En verdad te digo ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’”.

“Es infinita la sabiduría del Señor; es inmenso su poder”. Dios en sus mandamientos, en sus profetas, en su Hijo, en la Sagrada Escritura nos ha dado las señales para conducirnos en camino seguro. Por la revelación divina nos queda claro que después de la vida, tenemos dos destinos: el cielo y el infierno. En resumidas cuentas, en tus manos está el que seas feliz o infeliz, santo o pecador, salvo o condenado al final del recorrido existencial. Sigue los criterios de Cristo y no los del mundo o los tuyos independientes de la voluntad de Dios y para tu conveniencia.

Por lo tanto, el ser humano no es un títere de Dios, no  es alguien que ya tiene su destino  trazado, no es alguien guiado por las estrellas o horóscopos, no es alguien que nació con buena o mala suerte, es una persona “hecha a semejanza de Dios” con capacidad de decidir, elegir qué es lo quiere, cómo lo quiere y para que lo quiere.

No negaremos que no siempre tenemos claro lo que debemos elegir, por eso los invito a leer y meditar con mayor constancia la Sagrada Escritura, que son “palabras de vida eterna” (Juan 6, 68). Como decía el predicador Salvador Gómez un día que le escuchaba por la radio: “la Sagrada Escritura es el manual para desenvolverse bien  en este mundo”.

Nuestro Señor Jesús en el evangelio de hoy, nos presenta criterios y consecuencias, aparte de los diez mandamientos, como deber de todo cristiano:
-       El que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el reino de los cielos” (v. 19).
-       Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán en el Reino de los Cielos” (v. 20).
-       “Todo el que se enoje con su hermano, será llevado a tribunal” (v. 22).
-       “El que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo” (v. 22).
-       “Quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (v. 28).
-       “Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque mas te vale perder una parte de tu cuerpo y que no sea todo él arrojado al lugar de castigo” (v. 30).
-       El que se divorcieexpone a su mujer al adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio” (v. 32).
-       No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde El pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran rey” (v. 35).
-       “Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno” (v. 37).

Nuestra Madre la Virgen María, nos lleve a la meditación de Lucas 1, 38, donde tiene que elegir entre ser madre de Dios o no. Ella al discernir que era algo procedente de Dios, aunque sintiera miedo, lo acepta y persevera en su decisión, porque la sabiduría de Dios es perfecta y lleva por el camino exacto.

PARA LA REFLEXION PERSONAL:

-       En tu vida actual, siendo sincero consigo mismo, ¿en qué camino te consideras que estás?

-       ¿Eres responsable de tus acciones? o ¿buscas justificaciones para obviar tus necias decisiones incorrectas?

-       ¿Qué es lo que no te permite elegir la voluntad de Dios y te está causando tristeza, frustración y rebeldía?


A TENER EN CUENTA:

No olvides queridos hermanos y hermanas, las palabras animadoras de nuestro buen Dios en el libro de Ezequiel 33, 11: «No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva». En tus manos esta el forjar tu destino, vamos, ¡¡¡animo!!!


SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Primera lectura: Daniel 7, 13-14
Salmo: 92, 1-2. 5
Segunda lectura: Apocalipsis 1, 5-8
Evangelio: Juan 18, 33-37



Queridos hermanos y hermanas:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de "rey", referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión "rey de Israel" y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: "Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él" (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra." (Mt28, 18).

Pero, ¿en qué consiste el "poder" de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino "para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su "bandera", según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.


Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

1 comentario:


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