HOMILÍAS CICLO "A"

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

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Primera lectura: Isaías 2, 1-5
Salmo: 121
Segunda lectura: Romanos 13, 11-14

Santo Evangelio: Mateo 24, 37-44

Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre (v. 37)

El contexto del evangelio de San Marcos capítulo 24, versículos del 38 al 44, gira en torno a Jesús, “quien está sentado en el monte de los olivos. Los discípulos se le acercaron aparte diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y que señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (cfr., v. 3). Cuando serán, cuando sucederán estas cosas, se refiere a la predicción que hizo Jesús sobre la destrucción del Templo de Jerusalén (ver Marcos 24, 1-2).


Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca (v. 38) Y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre (v. 39)

El Señor Jesús hace una afirmación partiendo de una comparación en el tiempo: “Como en los días que precedieron al diluvio”, “así como sucedió en los tiempos de Noé” (el pasado), “así será también la venida del Hijo del hombre” (el futuro, al final de los tiempos). La Palabra de Dios nos presenta el diluvio como un castigo a la generación de Noé, ¿qué causas provocaron el diluvio, el castigo universal? Leamos el libro del Génesis 6, 5: “Viendo el Señor que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo”. Jesús dice: “comían, bebían, tomaban mujer o marido”. Podríamos decir que la gente estaba apegada, mas relacionada con lo mundano, con lo temporal que con Dios. Las acciones muestran lo que hay en el corazón del ser humano. Les invito a leer los capítulos 6, 7 y 8 del libro del Génesis. Noé obedece a Dios al pedirle que haga una barca, el entra con su familia, los animales en parejas, mientras tanto la gente se burla y continúan en su visión horizontal de la vida. “La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella "unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvadas a través del agua" (1 Pe 3,20):« ¡Oh Dios!, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad (Vigilia Pascual, Bendición del agua: Misal Romano). Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo” (Catecismo de la Iglesia Católica 1219-1220).


Después del diluvio surge una nueva generación humana, pero no por ello impecable, basta leer la Biblia para darnos cuenta que el ser humano tiene una inclinación a la bondad y a la maldad, al amor de Dios o a su rechazo. Ciertamente, en los tiempos contemporáneos vemos, palpamos una sociedad secularizada, relativista, consumista, atea teórica y práctica, con elementos humanos e inhumanos a la vez, una llamada crisis de fe. Podríamos poner una cantidad incontable de ejemplos, baste la descripción conceptual que he dado (secularización, relativismo, posmodernismo, etc.). Les invito a investigar por su cuenta y conectarlos con los ejemplos presentes en la sociedad… “Así será también la venida del Hijo del hombre”. Desde la caída de nuestros primeros padres la naturaleza humana está inclinada al bien, pero también al mal (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica n. 405).


Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; (v. 40). Dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada (v. 41)

“¿Qué significa habrá dos hombres en el campo? Lo que dice el Apóstol: Yo planté, Apolo regó, pero el crecimiento lo dio Dios. Sois cultivo de Dios (1 Corintios 3,6.9). Trabajamos en el campo. Los dos hombres que están en el campo son los clérigos; de ellos se tomará a uno y se dejará a otro: se tomará al bueno y se dejará al malo. Las dos mujeres que se hallan en el molino simbolizan al pueblo. ¿Por qué se dice que están moliendo? Porque, encadenadas al mundo, están como retenidas por la piedra del molino en el afán por las cosas temporales. También una de ellas será tomada y otra dejada. ¿Cuál de ellas será tomada? La que obra bien y atiende a las necesidades de los siervos de Dios y a la indigencia de los pobres; la que es fiel en la alabanza, se mantiene firme en el gozo de la esperanza, se entrega de lleno a Dios, a nadie desea mal y ama cuanto puede no sólo a los amigos, sino también a los enemigos; quien no conoce a otra mujer fuera de la suya ni a otro varón fuera de su marido: ésta es la mujer que será tomada de las que estaban en el molino. La que no se comporte de esta manera será dejada” (San Agustín).


Dos hombres, dos mujeres haciendo el mismo trabajo, conviviendo juntos pero no iguales en su proceder de cara a Dios, por eso, dos son tomados y dos son dejados (“raptados”, “arrebatados” dicen muchos cristianos evangélicos). Pensemos en la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13, 24-52).



“Velad, pues, porque no sabéis que día vendrá nuestro Señor” (v. 42)

El tiempo de Adviento nos invita, nos motiva, nos introduce a velar, es decir, a vigilar (observar atentamente), a vigilar nuestra vida fundamentados en los principios cristianos, con dos orientaciones unidas: la Navidad y la Parusía. Que no nos vaya a pasar como en tiempos de Noé: viene la Navidad, vendrá el Señor como juez, y nosotros anclados en lo mundano, en lo terrenal, en lo finito.



“San Pablo en la segunda lectura, tratad de «pertrecharos con las armas de la luz» (Romanos 13, 12), que son la palabra de Dios, los dones del Espíritu, la gracia de los sacramentos, y las virtudes teologales y cardinales; luchad contra el mal y abandonad el pecado, que entenebrece nuestra existencia. Al inicio de un nuevo año litúrgico, renovemos nuestros buenos propósitos de vida evangélica. «Ya es hora de espabilarse» (Rm 13, 11), exhorta el Apóstol; es decir, es hora de convertirse, de despertar del letargo del pecado para disponerse con confianza a acoger al «Señor que viene». Por eso, el Adviento es tiempo de oración y de espera vigilante… A la «vigilancia», que por lo demás es la palabra clave de todo este período litúrgico, nos exhorta la página evangélica que acabamos de proclamar: «Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24, 42). Jesús, que en la Navidad vino a nosotros y volverá glorioso al final de los tiempos, no se cansa de visitarnos continuamente en los acontecimientos de cada día. Nos pide estar atentos para percibir su presencia, su adviento, y nos advierte que lo esperemos vigilando, puesto que su venida no se puede programar o pronosticar, sino que será repentina e imprevisible. Sólo quien está despierto no será tomado de sorpresa” (Benedicto XVI, 2 de diciembre de 2007).



Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a que hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa (v. 43) Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento en que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre (v. 44).


Es interesante que nuestro Señor Jesús utilice la figura del ladrón para referirse al Hijo del hombre, es decir, así mismo; por supuesto, no en el sentido de la acción de robar, sino en la actitud de entrar a un hogar cuando los demás no están, o están dormidos o distraídos. Desde este punto de vista escatológico, es triste cuando una persona, familia y sociedad se siente segura por su “tener”. Por ejemplo, observando la conducta social y en general de los europeos, me da la sensación “que ellos no necesitan a Dios”, por el desarrollo alcanzado en sus países o en regiones internas de sus países. Es lamentable como en muchos países del llamado primer mundo estén cambiando el contenido de la navidad, desvirtuando el concepto.



“Estad preparados, porque en el momento en que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre”. El Señor Jesús nos invita a prepararnos. Como ya dije anteriormente, los miembros de la Iglesia debemos prepararnos para la navidad y la parusía. La navidad tiene fecha concreta en el calendario litúrgico y civil, la parusía no. ¿Cuándo vendrá el Hijo del hombre? En el momento que menos lo esperemos, esto contrasta o se contradice con el famoso “Cristo viene pronto” de los cristianos no católicos por ejemplo.



¿Cómo debemos prepararnos? ¿Cómo debemos estar en vela? Pienso que en la lectura de la Carta a los Romanos 13, 10-14 (2ª lectura de la misa)  encontramos la respuesta, las pautas a seguir: “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud. Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracherasnada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidiasRevestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias”. He subrayado a manera de principios lo negativo a evitar y lo positivo a adquirir con la ayuda del Espíritu Santo.


“El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar en la vida, es la Virgen María. Una sencilla muchacha de pueblo, que lleva en el corazón toda la esperanza de Dios. En su seno, la esperanza de Dios se hizo carne, se hizo hombre, se hizo historia: Jesucristo. Su Magníficat es el cántico del Pueblo de Dios en camino, y de todos los hombres y mujeres que esperan en Dios, en el poder de su misericordia. Dejémonos guiar por Ella, que es madre, es mamá, y sabe cómo guiarnos. Dejémonos guiar por Ella en este tiempo de espera y de vigilancia activa” (Papa Francisco, 1 de diciembre de 2013).

Pbro. Gustavo Romero
Pamplona, 26-Noviembre-2016

NATIVIDAD DEL SEÑOR



Primera lectura: Isaías 52, 7-10
Salmo: 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6
Segunda lectura: Hebreos 1, 1-6
Santo Evangelio: San Juan 1, 1-18

“En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió” (Evangelio de San Juan 1, 4-5).

En primer lugar, ¡¡Feliz navidad para todos y todas!! El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo nos reúne en esta celebración, para elevar una acción de gracias comunitaria y renovarnos por medio de su gracia.
Haré una breve reflexión, basándome en el evangelio propuesto para esta gran fiesta de la Iglesia, es decir, en el Prólogo de San Juan, y sobre todo, en los versículos 4 y 5.

El Prólogo en el evangelio de San Juan se encuentra en el capítulo 1, versículos del 1 al 18. El Papa San Juan Pablo II, en la catequesis impartida el 3 de junio de 1987, con respecto al Prólogo de San Juan dijo: “Este constituye una síntesis singular que expresa la fe de la Iglesia apostólica: de aquella primera generación de discípulos, a la que había sido dado tener contactos con Cristo, o de forma directa o a través de los Apóstoles que hablaban de lo que habían oído y visto personalmente, y en lo cual descubrían la realización de todo lo que el Antiguo Testamento había predicho sobre Él”.

¡¡Qué gran misterio y celebración contiene la Navidad!! Como dice San Atanasio de Alejandría: “El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192B).

“En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió” (v. 4-5).

La Palabra, el Verbo es el Hijo de Dios, en Él se encuentra la vida en plenitud, por eso, “por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho” (v. 3). La Palabra, el Verbo, el Hijo de Dios hecho hombre, no es solamente el dador de vida, más aún, Él es la Vida, por eso afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (San Juan 14, 6). “Y la vida era la luz de los hombres”, antes de Jesús, a raíz del pecado original, las tinieblas, la oscuridad, el pecado cubrió la humanidad, y “la paga del pecado es la muerte” (Romanos 6, 23). En Jesucristo encontramos vida y luz, contrarios a muerte y oscuridad. “La luz brilla en la tiniebla”. En el cántico de Zacarías está descrita la misión del Hijo de Dios encarnado: “nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lucas 1, 68-79). ¿Cuál es la misión de Jesucristo sol que ha nacido de lo alto? Es iluminar, dar la vida ya en este mundo y por supuesto, la vida eterna; y si nos dejamos guiar por su luz, siempre permaneceremos en paz interior, aunque tengamos problemas, pruebas o dificultades.

“Y la tiniebla no la recibió” En griego se encuentra: κατέλαβεν, lo cual se traduce como “comprendieron, retuvieron”. Donde hay luz no puede haber oscuridad. Hermanos y hermanas, estamos invitados por tanto, a comprender, retener, recibir a Jesucristo Luz y Vida. Seamos prudentes y no imprudentes, seamos sabios y no necios (Leer Lucas 6, 47-49). Rechazar a Jesús es optar por la muerte, las tinieblas, la oscuridad y el sinsentido en esta vida, en nuestra vida.

Muchos quieren encontrar la luz y vida en filosofías, ideologías, psicologías, poderes humanos, rechazando rotundamente como las tinieblas a Dios, sabiduría perfecta. Nos dice el Papa Francisco: “Jesús, entrando en el mundo, nos da fuerza para caminar con él hacia la plenitud de la vida y vivir el presente de un modo nuevo” (21 de diciembre de 2016). ¡Vivir el presente de un modo nuevo! No el presente como nos dice el mundo o el pensamiento hedonista, puesto esto lleva al vacío y a la tristeza, por eso no extraña que se busque la muerte como salida.

Nuestro Padre (Dios) tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas” (Papa Francisco, 24 de diciembre de 2013). “La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (v. 9). La Virgen María y San José, nos ayuden a vivir y a caminar bajo la guía de Jesús.

Pbro. Gustavo Romero
Capilla de la Asunción, Burlada,Navarra
25-Diciembre-2016

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
-1 DE ENERO DE 2017-



Primera lectura: Números 6, 22-27
Salmo: 66, 2-3. 5. 6 y 8
Segunda lectura: Gálatas 4, 4-7
Santo Evangelio: San Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. 

“En este primer día del año, la Iglesia fija su mirada en la celestial Madre de Dios, que estrecha entre sus brazos al Niño Jesús, fuente de toda bendición. Salve, Madre santa —canta la liturgia—: tú has dado a luz al Rey que gobierna el cielo y la tierra por los siglos de los siglos" (Benedicto XVI, 1 de enero de 2006).

El dogma de la Maternidad Divina se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. Fue solemnemente definido por el Concilio de Éfeso (año 431). Tiempo después, fue proclamado por otros Concilios universales, el de Calcedonia y los de Constantinopla.

En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores.

En el Evangelio de San Lucas 2, 9-11, se nos narra que un ángel del Señor se les apareció a los pastores, el cual les transmitió una gran noticia: "Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David”, y les dio una señal. “Así que los ángeles se fueron al cielo, se dijeron los pastores unos a otros: Vamos a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado. Fueron con presteza y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre, y viéndole, contaron lo que se les había dicho acerca del Niño” (15-17). En primer lugar, Dios elige pastores: “Los pastores no gozaban de buena fama, pues se los tenía por ‘ladrones’ (cfr. 1 Samuel 17). Un fariseo temería comprarles lana o leche por temor a que proviniesen del robo. Pero, si éste era el concepto, real o ficticio, debía de haber también entre ellos almas sencillas, como las de estos pastores“(José Gálvez Krüger, Director de Studia Limensia, en ACI Prensa). En segundo lugar, se pusieron en camino rápidamente hacia donde Dios quería que fueran, así como María cuando se dirigió a las montañas de Judea para cuidar a Isabel y Abraham cuando lo hizo hacia la tierra prometida saliendo de Ur de Caldea. Y en tercer lugar, estos pastores saben comprender la señal y se abren a ella sin más: “Dios devela sus secretos y su misterio sólo a los sencillos de corazón” (cfr. Lucas 10, 21-24). Hay razones por las cuales la gente se admiraba al escuchar a los pastores, por el hecho mismo de ser pastores, por lo que presenciaron, lo que les fue dicho, por la gloria y alabanzas tributadas a Dios. “A estos sencillos pastores se les concedió ser los primeros testigos del acontecimiento” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 525).  

Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción. 

La Circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento (cf. Lucas 2, 21) es señal de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cf. Gálatas 4, 4) y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo prefigura "la circuncisión en Cristo" que es el Bautismo (Colosenses 2, 11-13)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 527).

Por otra parte, el mensaje del Papa Francisco para la celebración de la 50 jornada mundial de la paz, tiene por título: «La no violencia: un estilo de política para la paz». Al final del numeral 1 encontramos la finalidad del mensaje:En esta ocasión deseo reflexionar sobre la no violencia como un estilo de política para la paz, y pido a Dios que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos. Que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Cuando las víctimas de la violencia vencen la tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles en los procesos no violentos de construcción de la paz. Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas” (n.1).

“El siglo pasado fue devastado por dos horribles guerras mundiales, conoció la amenaza de la guerra nuclear y un gran número de nuevos conflictos, pero hoy lamentablemente estamos ante una terrible guerra mundial por partes. No es fácil saber si el mundo actualmente es más o menos violento de lo que fue en el pasado, ni si los modernos medios de comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos hace más conscientes de la violencia o más habituados a ella.

En cualquier caso, esta violencia que se comete «por partes», en modos y niveles diversos, provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien.


En el 2017, comprometámonos con nuestra oración y acción a ser personas que aparten de su corazón, de sus palabras y de sus gestos la violencia, y a construir comunidades no violentas, que cuiden de la casa común. «Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz… Pidamos a la Virgen que sea ella quien nos guíe” (Mensaje del Papa Francisco por la Paz, nn. 2 y 7).

Pbro. Gustavo Romero 
Burlada, Navarra

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO




Primera lectura: Isaías 49, 3. 5-6
Salmo: 39, 2 y 4ab, 7-8a. 8b-9. 10
Segunda lectura: Corintios 1, 1-3
Santo Evangelio: San Juan 1, 29-34


Con esta proclamación solemne: «He aquí el Cordero de Dios...» saluda a Jesús su precursor S. Juan Bautista, la primera vez que aparece en el Evangelio de Juan (1,29). Esta frase es de gran importancia mesiánica; es una definición del misterio y de la misión de Jesús. Tiene un sentido bíblico profundo y trascendental; está cargada de imágenes, de pensamientos y de aspiraciones de Israel. Será, pues, interesante tratar de conocer su elaboración en el A. T. y auscultar su sentido más profundo en la primitiva tradición cristiana, desde S. Juan Bautista hasta S. Juan Evangelista, a finales del s. I. El cometido es delicado y nada fácil; por una parte se mezclan y entrecruzan en esta frase bíblica diversas corrientes y resonancias, que no siempre es fácil discernir; y por otra, «se puede decir con razón que hoy la exégesis católica no conviene en el sentido fundamental de este bello texto del cuarto evangelio, que tantas veces repite la Iglesia en su Liturgia» (J. Leal, o. c. en bibl.).

      La imagen del cordero en Israel. La imagen del c. es muy corriente en los pueblos de origen y vida pastoril. En Israel se empleaba con significados diversos. En la Biblia sale unas 150 veces, y de ellas, en 127 el c. va unido al sacrificio profano o sagrado, que es su papel primario en la vida del pueblo judío. El c. era el animal más frecuentemente sacrificado para el alimento de todos; y no faltaba nunca en los sacrificios ordinarios y solemnes; según cálculos de Flavio Josefo en la Pascua se inmolaban unos 250.000.

      La historia religiosa del pueblo judío y su práctica litúrgica habían hecho del c. el tipo de la víctima pura y acepta a la divinidad. Así, el profeta jeremías, perseguido por sus enemigos, se comparaba con «un cordero al que se lleva al matadero» (Ier 11,19). La misma imagen se aplicó al Siervo de Yahwéh (v.) que, muriendo para expiar los pecados de su pueblo, aparece «como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» f s 53,7). Este texto, que subraya la humildad y resignación del Siervo, anunciaba de la mejor manera el destino de Cristo, como lo explica Felipe al eunuco de la reina de Etiopía (Act 8,3035). Y es posible que también Juan Bautista se refiera a él con las palabras citadas (lo 1,29).

      Para Israel el c. era la víctima ordinaria de los diversos sacrificios. Cada mañana y cada tarde se ofrecía un c. sobre el altar del Templo de Jerusalén; este rito cotidiano constituía el «holocausto perpetuo» que leemos en Ex 29, 38. 42 y en Num 28,38 (y en estadios anteriores en 2 Reg 16,15 y Ez 46,13. 15). Expresaba esto la continuidad no interrumpida del culto del Pueblo de Dios (v.). Al evangelista S. Juan, que veía en Jesús el Templo definitivo (lo 2,19.22; Apc 21,22) y el adorador por excelencia (lo 4,22.24), este c. del culto perpetuo le pudo proporcionar una figura sugestiva.
     
 Hay otra significación del c., presente con probabilidad en el pensamiento de S. Juan: la del c. pascual; varios son los detalles que lo indican en el cuarto Evangelio, con esa sobriedad luminosa que es su característica. Uno de los más claros es la cita de Ex 12,46 que S. Juan aplica a Jesús en la Cruz: «No le será quebrantado ninguno de sus huesos» (lo 19,36); con este detalle, sacado del ritual del c. pascual, S. Juan designa claramente a Jesús como el c. «verdadero». También S. Pablo escribe a propósito: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Cor 5,78); y S. Pedro es tal vez más explícito al respecto, en 1 Pet 1,18-19. Y el mismo Jesús, ¿no vio y quiso esta relación con el c. pascual, en Mc 10,32-34? 

El cordero pascual. La historia religiosa del pueblo hebreo, su culto y práctica litúrgica hicieron del c. el tipo de la víctima en general. Y en ella, el tema del c. pascual está tan íntimamente unido al de la Pascua (v.) que es imposible hablar del uno sin tratar al mismo tiempo del otro.

      Para Israel, ya desde el principio, la Pascua es ante todo la conmemoración de un acontecimiento histórico. Está ligada a la salida de Egipto del pueblo que guiaba y dirigía Moisés. Para su celebración los hebreos utilizaron tal vez las costumbres y los ritos de una antigua fiesta de primavera de los pastores del desierto, o pudieron haber incorporado más tarde, al entrar en Canaán, diversos ritos y costumbres agrícolas, como la ofrenda de las primicias de la cosecha (Lev 23,914). Esto, a fin de cuentas, no es más que la forma exterior, la expresión material de un hecho. Lo esencial es la fe que les anima. Así, en la salida de Egipto, que les ha liberado de la esclavitud del faraón y ha hecho de ellos un pueblo, Israel ve la intervención de su Dios, Yahwéh. El pueblo judío encuentra en este hecho pasado la esencia de todo su dogma, a saber: la elección (v.) divina gratuita, que le consagra como el único Pueblo de Dios; la Alianza que le une a Él para siempre: el designio misterioso que se va a cumplir a lo largo de los siglos. La Pascua no es para él solamente la salvación temporal realizada una vez, en otro tiempo; la Pascua es el principio de esta historia santa de salvación, en la que las exigencias y las delicadezas de Dios trascienden siempre los hechos contingentes que las ponen de manifiesto; V. ALIANZA (RELIGIÓN) II; SALVACIÓN II.

      Así, pues, se comprende por qué los historiadores de la Biblia señalan la celebración de la Pascua entre las grandes fechas de la vida de su pueblo. Cuando el pueblo de Israel ha pasado el Jordán conducido y guiado por Josué y se dispone a emprender la conquista de la Tierra prometida, celebra en Guilgal una Pascua solemne (los 5,10-11); así reconoce y afirma su fe en el poder y benevolencia de Yahwéh, su Dios, que volverá a manifestarse en la conquista de Canaán. Muchos siglos después, las grandes reformas que los reyes de Judá llevan a cabo bajo la influencia de los profetas son también señaladas por la celebración de la Pascua; así, tenemos la de Ezequías, poco conocida (2 Par 30,127); la de Josías (2 Reg 23,2123). Cuando Israel vuelve del destierro de Babilonia, el libro de Esdras refiere la celebración de la Pascua una vez más (Esd 6,1922); el pueblo, al encontrarse nuevamente en su tierra, celebra su salvación; los cánticos del DeuteroIsaías describen la vuelta desde Babilonia a Palestina a través del desierto con todas las imágenes del Éxodo (Is 40,15; 41,1720; 42,1516; 43,1921; 51,910).

      Pero la Pascua no es sólo para Israel una llamada a renovar de generación en generación su fidelidad a Yahwéh, su Dios y Salvador; es también, y sobre todo, una promesa de salvación definitiva, que los profetas anuncian, proyectándola hacia el futuro, como una gran esperanza. Esta gran perspectiva mesiánica parece haberla ya descubierto el profeta Isaías en la Pascua tradicional; en su oráculo sobre la destrucción de Asur (Is 30,27-33) no encuentra una imagen mejor para indicar la alegría de Israel liberado que la de la «Noche pascual». La relación es normal: la historia santa que comienza con el Éxodo no acaba realmente más que en el Reino mesiánico (v. REINO DE DIOS); es en él donde únicamente cobra todo su sentido. La tradición judía a lo largo de los siglos fue enriqueciendo el tema primitivo y dio un valor redentor y mesiánico a la sangre del c.

      El Cordero de Dios. Este sentido mesiánico de la Pascua en Israel permite captar algunas de las resonancias del título «Cordero de Dios», que evoca la salvación del pueblo por la intervención todopoderosa del Señor en su historia. El mismo título es excepcional, no conocido en el rito pascual ni en el A. T. Se trata, tal y como suena, del c. por excelencia, único, que viene de Dios y a Él pertenece. Sugiere entre Jesús y Dios una relación misteriosa, como los otros títulos análogos en S. Marcos: el «Santo de Dios» (Mc 1,24) y el «Hijo de Dios» (Mc 3,11).

      Pero el final de las palabras del Bautista, «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», es la parte más original, propia y concreta, y la que precisa el sentido de la metáfora del «Cordero». Ciertamente, sólo Dios puede perdonar los pecados (Mc 2,67); y este perdón era para los profetas del A. T. la gracia suprema de los tiempos mesiánicos (Ier 31,31-34; Ez 36,24-28). Hay, sin embargo, en el A. T. un oráculo famoso que sugiere y prepara la idea del c. «que quita el pecado del mundo»; es el cántico de Isaías 53,7, en que el Siervo de Yahwéh es comparado al «cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores». La identidad de este personaje misterioso, el Siervo, ha sido discutida; pero sin entrar ahora en este problema, se pueden distinguir algunos datos ciertos del sentido de este oráculo; el Siervo es un profeta; él es responsable de su pueblo y, por solidaridad con él, carga con la pena de sus pecados (Is 55,48); Dios acepta su sufrimiento como un sacrificio expiatorio (vers. 10); trae a sus hermanos el bien de la justicia y paz. Ciertamente éste no es aún el pensamiento cristiano sobre la Redención (v.); sin embargo, hasta este momento ninguno de los profetas había sentido con tanta profundidad el cometido del profeta en la salvación de sus hermanos; ninguno había llegado tan cerca del misterio de Jesús. Cuando Juan Bautista saluda así al C. de D. es muy probable que pensara en el cántico del Siervo de Yahwéh; la frase misma, «que quita el pecado del mundo», parece propiamente tomada de Isaías 53,12.

      La designación de Jesús como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» completa, pues, el tema del c. pascual con el del Siervo de Yahwéh. Es ésta una síntesis acertada, pues entre las dos figuras se representan los valores fundamentales de la Revelación del A. T. Jesús es el C. de la nueva Pascua; pero, en su sacrificio salvador, difiere absolutamente del c. inconsciente y sin valor; para representar su libre entrega en el sacrificio redentor de la Pasión, la imagen del c. era insuficiente. La del Siervo, en cambio, la pone a plena luz. Aunque también el tema del Siervo es superado a su vez, ¿cómo habría podido concebir el viejo profeta un hombre que realmente quita el pecado del mundo? (v. SIERVO DE YAHWÉH).

      La tradición primitiva bíblico-cristiana. La tradición ha visto en Cristo «al verdadero cordero» pascual y su misión redentora, como se describe ampliamente en la catequesis bautismal de I Pet, en S. Juan, en la carta a los Hebreos y en el Apocalipsis.

      Jesús es el C. (1 Pet 1,19; lo 1,29; Apc 5,6) sin tacha (Ex 12,5), es decir, sin pecado (lo 8,46; Heb 9,14), que rescata a los hombres al precio de su sangre (1 Pet 1,18 ss.; Heb 9,1215). Y gracias a la sangre del C. (Apc 12,1), han vencido a Satán, cuyo tipo era el Faraón, y pueden entonar «el cántico de Moisés y del Cordero», que exalta su liberación (Apc 15,3; 7,917; cfr: Ex 15).

      Esta tradición bíblicocristiana, que ve en Cristo al verdadero c. pascual, se remonta a los orígenes del cristianismo. Así, S. Pablo exhorta a los fieles de Corinto a vivir como ázimos «en la pureza y la verdad», puesto que «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Cor 5,7), y se refiere a las tradiciones litúrgicas de la Pascua cristiana muy anteriores. Según la cronología del evangelio de S. Juan, Jesús fue entregado a la muerte la víspera de la fiesta de los ázimos (lo 18,28), por tanto, el día de la Pascua judía por la tarde (19,14), y a la hora misma, según la ley mosaica, de la inmolación de los corderos pascuales en el Templo (v. CENA DEL SEÑOR). La misma idea ve S. Juan en el hecho de no quebrar las piernas de Jesús crucificado, prescripción ritual en el c. pascual (lo 19,3336; Ex 12,46).

      La liturgia cristiana ha hecho suyas también las palabras de S. Juan Bautista. Se repite varias veces en la Misa y en la Comunión: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo»; se sustituye en latín, con la Vulgata, el singular por el plural, acentuando así más la afinidad con Isaías. El hecho de la Cruz, la luz de Pascua, el misterio de Jesús revelado, dan a estas palabras la plenitud de su sentido.

      El Cordero celestial. El Apocalipsis conserva fundamentalmente el tema del Cristo, C. pascual (5,9 s.), que aparece hasta 29 veces en 12 capítulos. Pero establece además un impresionante contraste ante la debilidad del C. inmolado y el poder que le confiere su exaltación en el cielo. Cordero en su muerte redentora, Cristo es al mismo tiempo un león, cuya victoria libertó al pueblo de Dios, cautivo de los poderes del mal (Apc 5,5 ss.; 1211).

      Aparece ahora investido de poder divino, compartiendo el trono de Dios (22,13), recibiendo la adoración de los seres celestiales (5,813; 7,10). Celebrará sus nupcias con la Jerusalén celestial, símbolo de la Iglesia (Apc 19,79; 21,9). Y será el pastor que conducirá a los fieles a las fuentes de agua viva de la bienaventuranza celestial (Apc 7,17; 14,4). Él es quien ejecuta los decretos de Dios contra los impíos (6,116), y su victoria le ha de consagrar «rey de reyes y señor de señores» (Apc 17,14; 19,16).

 Fuente: 
http://www.mercaba.org/Rialp/C/cordero_de_dios_i_sagrada_escritura.htm

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el domingo pasado, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado «ordinario». En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, a orillas del río Jordán. Quien lo relata es el testigo ocular, Juan evangelista, quien antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto a su hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores. El Bautista, por lo tanto, ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado desde lo alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por ello lo indica con estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

El verbo que se traduce con «quita» significa literalmente «aliviar», «tomar sobre sí». Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene los rasgos del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Is 53, 4), hasta morir en la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el río de nuestro pecado, para purificarnos.

El Bautista ve ante sí a un hombre que hace la fila con los pecadores para hacerse bautizar, incluso sin tener necesidad. Un hombre que Dios mandó al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento el término «cordero» se le encuentra en más de una ocasión, y siempre en relación a Jesús. Esta imagen del cordero podría asombrar. En efecto, un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez si carga en sus propios hombros un peso tan inaguantable. La masa enorme del mal es quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí mismo. El cordero no es un dominador, sino que es dócil; no es agresivo, sino pacífico; no muestra las garras o los dientes ante cualquier ataque, sino que soporta y es dócil. Y así es Jesús. Así es Jesús, como un cordero.

¿Qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el sitio de la malicia, la inocencia; en el lugar de la fuerza, el amor; en el lugar de la soberbia, la humildad; en el lugar del prestigio, el servicio. Es un buen trabajo. Nosotros, cristianos, debemos hacer esto: poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero no significa vivir como una «ciudadela asediada», sino como una ciudad ubicada en el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.

 Papa Francisco, 19-Enero-2014

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO



Primera lectura: Isaías 8, 23b - 9, 3
Salmo: 26, 1. 4. 13-14
Segunda lectura: Corintios 1, 10-13. 17
Santo Evangelio: Mateo 4, 12-23

"En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».


En Mateo 3, 1-2 encontramos a Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielo está cerca". "Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él" (Mateo 3, 13). Unas semanas después, Jesús al enterarse del arresto de Juan, se retiró a Galilea, dirigiendo concretamente a Cafarnaúm,  junto al mar o lago de Tiberíades, cumpliéndose de este modo lo profetizado en Isaías 8, 23b. Este texto profético complementemolo con lo proferido en Lucas 1, 78-79: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". Jesús inicia su predicación en estas tierras donde habitan las tinieblas y sombras de muerte. 

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Primero lo dijo Juan el Bautista y ahora el Maestro. Pero, a qué se refiere esta cerca el Reino de los Cielos? La respuesta nos la da el Papa teólogo: "Jesús es el Reino de Dios en persona: el hombre en el cual Dios está en medio de nosotros y a través del cual podemos tocar a Dios, acercarnos a Dios. Donde esto acontece, el mundo se salva" (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22-XII-2006). Por eso, en palabras de  San Juan Pablo II: «La predicación de la Iglesia primitiva se ha centrado en el anuncio de Jesucristo, con el que se identifica el Reino de Dios» (Enc. Redemptoris missio, n. 16; cfr. n. 18). En resumen, "Dios ha venido al encuentro del hombre", como lo dice el Catecismo de la Iglesia Catolica. "En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica" (RM 13).

Pasando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Jesús predica, mas quiere incluir colaboradores, por eso elige a los Apóstoles. En estos versículos aparece el grupo de los pescadores. Jesús les explica desde su oficio de pescadores, la misión para la cual les está eligiendo. Todos los cristianos estamos llamados ser pescadores de hombres para Dios, pero por el contexto de la elección de los Doce, los sacerdotes somos los que debemos llevar el liderazgo en esta noble misión, por ello nos consagramos de una manera permanente. 

"Desde que Cristo nace, se ha cumplido el tiempo. Dios interviene en la historia del hombre fundando su Reino en el corazón de cada discípulo. Y desde entonces hasta hoy, el mensaje, no ha sido otro sino la preparación para le llegada definitiva del Reino de Dios. Para ello, se ha querido valer de tantas almas consagradas a su servicio. Los sacerdotes, los diáconos, obispos y papas, las religiosas y religiosos dedicados a la vida contemplativa o al apostolado, a la educación o a las misiones en tierras lejanas... Todos ellos han sido la prolongación de las obras de Nuestro Señor" (Pbro. Juan Pablo Menéndez).

Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo".

"Así era la vida de Jesús" (Papa Francisco, 2015). Resaltemos los verbos: enseñar (instruir), proclamar (predicar la Buena Nueva) y curar (servicio al prójimo). La ultima parte del versiculo es sugerente: "en el pueblo". 

"Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz»" (Papa Francisco, 2014). Nuestra Madre, Reina de los Apóstoles y estrella de la evangelización, nos acompañe en esta noble tarea a favor del Reino de Dios. 

Pbro. Gustavo Romero
Burlada, Navarra

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO



Primera lectura: Sofonías 2, 3; 3, 12-13
Salmo: 145, 7.8-9a. 9bc-10
Segunda lectura: Corintios 1, 26-31
Santo Evangelio: Mateo 5, 1-12a

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, el Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud —escribe san Mateo—, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la “cátedra” del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96). Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (ib., p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios… una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).

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«Referidas a la comunidad de los discípulos de Jesús, las Bienaventuranzas son una paradoja: se invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas en la perspectiva correcta, esto es, desde la escala de valores de Dios (1). que es distinta de la del mundo. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres y perdidos son los realmente felices, los bendecidos, y pueden alegrarse y regocijarse, no obstante todos sus sufrimientos. Las bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, y en las que "se invierten los valores"» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 99).
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Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, la Bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza para buscar al Señor (cf. So 2, 3) y seguirlo siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas.

1. Ejemplo de esta idea: la actitud posterior del Arzobispo Romero, ahora Beato, ante la muerte de Rutilio Grande S.J. (1977).

Benedicto XVI, 30-Enero-2011

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO



Primera lectura: Isaías 58, 7-10
Salmo: 111, 4-5. 6-7. 8a.9
Segunda lectura: 1 Cor 2, 1-5
Santo Evangelio: Mateo 5, 13-16

En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.

El 11 de febrero, celebraremos la memoria de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, y viviremos la Jornada mundial del enfermo. Es la ocasión propicia para poner en el centro de la comunidad a las personas enfermas. La actitud generosa y cristiana hacia los enfermos es sal de la tierra y luz del mundo. Que la Virgen María nos ayude a practicarlo, y obtenga paz y consuelo para todos los que sufren.

Papa Francisco, 9-Febrero-2014

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO




Primera lectura: Eclesiástico 15, 16-21 
Salmo: 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34
Segunda lectura: 1 Cor 2, 6-10

Santo Evangelio: Mateo 5, 17-37

El Evangelio de este domingo forma parte aún del así llamado «sermón de la montaña», la primera gran predicación de Jesús. Hoy el tema es la actitud de Jesús respecto a la Ley judía. Él afirma: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5, 17). Jesús, sin embargo, no quiere cancelar los mandamientos que dio el Señor por medio de Moisés, sino que quiere darles plenitud. E inmediatamente después añade que esta «plenitud» de la Ley requiere una justicia mayor, una observancia más auténtica. Dice, en efecto, a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 20).

¿Pero qué significa esta «plenitud» de la Ley? Y esta justicia mayor, ¿en qué consiste? Jesús mismo nos responde con algunos ejemplos. Jesús era práctico, hablaba siempre con ejemplos para hacerse entender. Inicia desde el quinto mandamiento: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”; ... Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado» (vv. 21-22). Con esto, Jesús nos recuerda que incluso las palabras pueden matar. Cuando se dice de una persona que tiene la lengua de serpiente, ¿qué se quiere decir? Que sus palabras matan. Por lo tanto, no sólo no hay que atentar contra la vida del prójimo, sino que tampoco hay que derramar sobre él el veneno de la ira y golpearlo con la calumnia. Ni tampoco hablar mal de él. Llegamos a las habladurías: las habladurías, también, pueden matar, porque matan la fama de las personas. ¡Es tan feo criticar! Al inicio puede parecer algo placentero, incluso divertido, como chupar un caramelo. Pero al final, nos llena el corazón de amargura, y nos envenena también a nosotros. Os digo la verdad, estoy convencido de que si cada uno de nosotros hiciese el propósito de evitar las críticas, al final llegaría a ser santo. ¡Es un buen camino! ¿Queremos ser santos? ¿Sí o no? [Plaza: ¡Sí!] ¿Queremos vivir apegados a las habladurías como una costumbre? ¿Sí o no? [Plaza: ¡No!] Entonces estamos de acuerdo: ¡nada de críticas! Jesús propone a quien le sigue la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida, de ir más allá de todo cálculo. El amor al prójimo es una actitud tan fundamental que Jesús llega a afirmar que nuestra relación con Dios no puede ser sincera si no queremos hacer las paces con el prójimo. Y dice así: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (vv. 23-24). Por ello estamos llamados a reconciliarnos con nuestros hermanos antes de manifestar nuestra devoción al Señor en la oración.

De todo esto se comprende que Jesús no da importancia sencillamente a la observancia disciplinar y a la conducta exterior. Él va a la raíz de la Ley, apuntando sobre todo a la intención y, por lo tanto, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones buenas y malas. Para tener comportamientos buenos y honestos no bastan las normas jurídicas, sino que son necesarias motivaciones profundas, expresiones de una sabiduría oculta, la Sabiduría de Dios, que se puede acoger gracias al Espíritu Santo. Y nosotros, a través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu, que nos hace capaces de vivir el amor divino.

A la luz de esta enseñanza, cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo.

Papa Francisco, 16-Febrero-2014

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO DE LA CUARESMA


Primera lectura: Éxodo 17, 3-7
Salmo: 94, 1-2. 6-7. 8-9
Segunda lectura: Romanos 5, 1-2. 5-8
Santo Evangelio: Juan 4, 5-42

Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José (ver Génesis capítulos 48-49). Ahí se encontraba el pozo de Jacob. Jesús como hombre experimenta el cansancio físico, teniendo en cuenta que este cansancio era debido a su labor misionera, por tanto, se sienta para descansar junto al pozo. San Juan detalla que eran alrededor de la hora sexta, es decir, un periodo entre las doce del mediodía y las tres de la tarde.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Como es Dios, posiblemente previó la llegada de esa mujer y planeó sacarle provecho, pues gracias al anuncio que hará ella, muchos samaritanos creerán en el Señor (cfr. Juan 11, 45).  Jesús expresa su sed, pide agua a esta mujer necesitada de agua para su casa, y se vale de estas circunstancias para suscitar un diálogo interpersonal entre ambos. En este diálogo se dan intercambios de preguntas y respuestas, concluyéndolos el Maestro con un ofrecimiento. Jesús, de una manera sabia, paciente y pedagógica va llevando a la samaritana hasta que abra sus ojos, sus ojos internos, transcienda lo humano del hombre que tiene enfrente y descubra al Mesías prometido, al llamado Cristo (ver Juan 20, 11-18). De una manera parecida mas no igual, actuaba el filósofo Sócrates, pensador del siglo V a.C., con sus interlocutores, cuya técnica llamada “elenjos”, llevaba a la persona a descubrir y comprender por sí misma una verdad. Jesús es la Verdad.  

Destaquemos, pues, tres elementos: 1) Jesús, el Buen pastor, quien vino a buscar las ovejas perdidas, restituye la dignidad herida, perdida de esta mujer. Te invito a leer el tema: “Restituir la dignidad personal: misión noble de Jesús y los cristianos”, en http://luzparalospueblos.blogspot.com.es/2016/10/restituir-la-dignidad-personal-mision.html 2) El Señor “se arriesga” a ser criticado, por estar hablando con una mujer (vers. 27) y de ribete, samaritana (vers. 9); por eso los discípulos se sorprendieron. Él estaba centrado en salvar a esa mujer. 3) Jesús, luz de los pueblos, ilumina y sacia la sed existencial y espiritual de la samaritana. Ella a su vez, iluminada por el Mesías prometido, lleva esa luz con alegría a los de su ciudad, lo cual provoca el movimiento de esta gente al encuentro del hombre Dios, quien les está esperando con los brazos abierto, como el padre al hijo pródigo. Se convierten muchos y abren las puertas de sus vidas, de sus hogares, de su pueblo al Dios que da la vida plena. Los considerados paganos acogen la salvación de Cristo… La actitud pastoral y hasta creativa de Jesús debe ser la de la Iglesia, la nuestra. Que Jesús nos suscite el sincero arrepentimiento, cuando los miembros de la Iglesia hemos provocado una cadena de mal, de pecado, iniciándola al aprovecharnos de una persona herida o inocente en su dignidad, pues así como el bien se multiplica, también el mal. La autenticidad de nuestro Señor, también, es clave en su estar frente a frente con esta mujer. Esto no lo pasemos por alto en nuestra consideración, especialmente los pastores. 

Que el Espíritu Santo nos haga ver la necesidad de Dios, de su agua "que brota como ríos de agua viva" (Juan 7, 38). Que seamos más astutos que los hijos de las tinieblas para colaborar el encuentro entre Dios y el pecador. Que seamos capaces de perder la vida para ganarla. Así sea.

Pbro. Gustavo Romero
Pamplona, 19-Marzo-2017



CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO DE LA CUARESMA

QUINTO DOMINGO DE LA CUARESMA

Primera lectura: Ezequiel 37, 12-14
Salmo: 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6.7-8
Segunda lectura: Romanos 8, 8-11
Santo Evangelio: Juan 11, 1-45




DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO




"Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré"

Primera lectura: Zacarías 9, 9-10
Salmo: 144
Segunda lectura: Romanos 8, 9. 11-13
Santo Evangelio: Mateo 11, 25-30

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en el Evangelio el Señor Jesús nos repite unas palabras que conocemos muy bien, pero que siempre nos conmueven, nos llenan de esperanza y nos animan, sobre todo si nos sentimos mal interiormente: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30). Cuando Jesús recorría los caminos de Galilea anunciando el reino de Dios y curando a muchos enfermos, sentía compasión de las muchedumbres, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36). Esa mirada de Jesús parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro mundo. También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de vida difíciles y también desprovista de válidos puntos de referencia para encontrar un sentido y una meta a la existencia. Multitudes extenuadas se encuentran en los países más pobres, probadas por la indigencia; y también en los países más ricos son numerosos los hombres y las mujeres insatisfechos, incluso enfermos de depresión. Pensemos en los innumerables desplazados y refugiados, en cuantos emigran arriesgando su propia vida. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente, más aún, sobre cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, y repite: «Venid a mí todos…». Conmueve cuando una persona narra su desesperación por tener deudas y cosas por comprar y todo siendo necesario para subsistir, a pesar de rebuscarse en un país con pocas oportunidades. En nuestro El Salvador se viven desesperaciones por el desempleo, el deseo de robar por subsistir, la violencia, las pandillas, la irresponsabilidad paterna, la corrupción, los escándalos... Hay un cansancio social que repercute en un cansancio y agobio personal. Ante esto Jesús se ofrece como descanso seguro y renovador. 

Jesús promete que dará a todos «descanso», pero pone una condición: «Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». ¿En qué consiste este «yugo», que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia? El «yugo» de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf. Jn 13, 34; 15, 12). Los mandamientos de Dios no atentan contra nuestra libertad, ni nos reprime a ser felices, al contrario, cuando se trata de vivir los mandamientos de Dios la persona vive con mayor paz interior. El verdadero remedio para las heridas de la humanidad —sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar— es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa. También por respeto al medio ambiente es necesario renunciar al estilo agresivo que ha dominado en los últimos siglos y adoptar una razonable «mansedumbre». Pero sobre todo en las relaciones humanas, interpersonales, sociales, la norma del respeto y de la no violencia, es decir, la fuerza de la verdad contra todo abuso, es la que puede asegurar un futuro digno del hombre.

Queridos amigos y amigas, el sábado pasado celebramos la memoria litúrgica de María santísima, alabando a Dios por su Corazón Inmaculado. Que la Virgen nos ayude a «aprender» de Jesús la humildad verdadera, a tomar con decisión su yugo ligero, para experimentar la paz interior y ser, a nuestra vez, capaces de consolar a otros hermanos y hermanas que recorren con fatiga el camino de la vida.

Basado en homilía del Papa Benedicto XVI, 3 julio 2011

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

"Mujer, ¡qué fe tan grande tienes!"

Primera lectura: Isaías 56, 1.6 -7
Salmo: 66
Segunda lectura: Romanos 11, 13-15. 29-32
Santo Evangelio: Mateo 15, 21-28

Queridos hermanos y hermanas:

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1:PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, en el contexto de su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
"El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas"



Primera lectura: Sabiduría 6, 12-16
Salmo: 62, 2.3-4, 5-6. 7-8
Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 4, 13-18
Santo Evangelio: Mateo 25, 1-13

Basándonos en el Evangelio que trata sobre la parábola de las diez vírgenes, podemos decir que estamos ante un texto escatologico. Esto es así porque estamos a dos domingos de finalizar el año litúrgico, con la fiesta de Cristo Rey del universo. Se llama parábolas escatológicas a aquellas que su mensaje tiene que ver con el fin de todas las cosas y el futuro eterno del hombre. 

Esta parábola esta centrada en la demora del Señor en llegar. La atención incide sobre la obligación de estar preparado, para cuando el esposo llegue. Las vírgenes dormían todas, pero no todas estaban preparadas. Tengamos en cuenta el objetivo común de las diez vírgenes: estar en espera del esposo que las ha elegido a ellas. Lo que las divide en dos grupos es la actitud Si unimos las tres lecturas de este domingo, sobre todo la primera y el evangelio, observamos la presencia de tres términos: sabiduría, sensatez y prudencia. 

"El Evangelio de hoy es una célebre palabra, que habla de diez venes invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del Reino de los cielos, de la vida eterna. Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace cuestionarnos; de hecho, de aquellas diez chicas: cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, tontas, no han llevado aceite. ¿Qué representa este ´aceite´, indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, pero se recibe como regalo, se conserva en la intimidad y se practica en las obras. Verdadera sabiduría es aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia, porque, tras la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio final, este se basará en el amor practicado en la vida terrena. Y este amor es don de Cristo, infundido en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara con la que atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida. Cfr. Benedicto XVI, 6 de noviembre de 2011).

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Las lecturas bíblicas de este domingo XXXII del tiempo ordinario, nos invitan a prolongar la reflexión sobre la vida eterna, la cual iniciamos con la Solemnidad de todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos. En base a estas reflexiones sobre la vida eterna, se hace clara la diferencia entre "una persona que cree y otra que no cree, o también podríamos decir, entre quien espera y quien no espera". La fe en la muerte y resurrección de Jesucristo marca, también en este campo, un momento decisivo. Asimismo, san Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso que, antes de acoger la Buena Nueva, el Evangelio, estaban «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 12). De hecho, la religión de los griegos, los cultos y los mitos paganos no podían iluminar el misterio de la muerte, hasta el punto de que una antigua inscripción decía: «In nihil ab nihilo quam cito recidimus», que significa: «¡Qué pronto volvemos a caer de la nada a la nada!». Por consiguiente, si quitamos a Dios, si quitamos a Cristo, el mundo, una sociedad, una familia, una persona cae y vuelve a caer en el vacío y en la oscuridad. Y este nihilismo se puede comprobar en las expresiones contemporáneas o actuales que se escuchan, un nihilismo que lamentablemente atrae y arrastra con mayor fuerza a los jóvenes.

En cuanto al Santo Evangelio de hoy, se trata de una célebre parábola que habla de diez muchachas invitadas a una fiesta de bodas, la cual es símbolo del reino de los cielos, de la vida eterna (cf. Mt 25, 1-13). Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace reflexionar; de hecho, de aquellas diez muchachas vírgenes, cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, necias, no han llevado aceite. ¿Qué representa este «aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Podríamos también decir que se refiere el traje de bodas de san Mateo 22. Por consiguiente, hermanos y hermanas, aprovechar la vida mortal, la vida terrenal que poseemos para amar al prójimo, para realizar obras de misericordia, es la verdadera sabiduría, es ser prudentes, porque, después de la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio final, este se realizará según el amor practicado en la vida terrena (cf. Mt 25, 31-46). Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu Santo. La persona que cree en Dios-Amor, lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara que ilumina. Nosotros los cristianos con esta luz y con esta esperanza invencible, damos el testimonio de que después de la vida terrenal, hay algo más allá, hay algo más.

A María, Sedes Sapientiae, pidamos que nos enseñe a cultivar la verdadera sabiduría, la cual se encuentra en plenitud en la persona de su Hijo Jesús.

Cizur Menor, 12 de noviembre de 2017 

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO




Primera lectura: Ezequiel 34, 11-12. 15-17
Salmo: 22
Segunda lectura: Corintios 15, 20-26. 28
Santo EvangelioMateo 25, 31-46



Queridos hermanos y hermanas: Celebramos hoy, último domingo del año litúrgico, la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Sabemos por los Evangelios que Jesús rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político, al estilo de los "jefes de las naciones" (cf. Mt 20, 25). En cambio, durante su Pasión, reivindicó una singular realeza ante Pilato, que lo interrogó explícitamente:  "¿Tú eres rey?", y Jesús respondió:  "Sí, como dices, soy rey" (Jn 18, 37); pero poco antes había declarado:  "Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 36).En efecto, la realeza de Cristo es revelación y actuación de la de Dios Padre, que gobierna todas las cosas con amor y con justicia. El Padre encomendó al Hijo la misión de dar a los hombres la vida eterna, amándolos hasta el supremo sacrificio y, al mismo tiempo, le otorgó el poder de juzgarlos, desde el momento que se hizo Hijo del hombre, semejante en todo a nosotros (cf. Jn 5, 21-22. 26-27).

El evangelio de hoy insiste precisamente en la realeza universal de Cristo juez, con la estupenda parábola del juicio final, que san Mateo colocó inmediatamente antes del relato de la Pasión (cf. Mt 25, 31-46). Las imágenes son sencillas, el lenguaje es popular, pero el mensaje es sumamente importante:  es la verdad sobre nuestro destino último y sobre el criterio con el que seremos juzgados. "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis" (Mt 25, 35), etc. ¿Quién no conoce esta página? Forma parte de nuestra civilización. Ha marcado la historia de los pueblos de cultura cristiana:  la jerarquía de valores, las instituciones, las múltiples obras benéficas y sociales. En efecto, el reino de Cristo no es de este mundo, pero lleva a cumplimiento todo el bien que, gracias a Dios, existe en el hombre y en la historia. Si ponemos en práctica el amor a nuestro prójimo, según el mensaje evangélico, entonces dejamos espacio al señorío de Dios, y su reino se realiza en medio de nosotros. En cambio, si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo no puede menos de ir hacia la ruina. El día de nuestro bautismo comenzamos a formar parte de la realeza de Cristo, pero no lo veamos como un mero honor, elección especial, sino más bien, como un compromiso a desarrollar en la historia que nos toca vivir. Ser reyes al estilo de Jesucristo Rey, significa servir. Ya el Papa Francisco nos ha dicho que en la Iglesia tener poder es equivalente a ser servidor. ¿Cómo colaboró en la extensión del Reino de Dios? ¿Me esfuerzo por ser humilde y practico la caridad, el servicio y la justicia? ¿A través de mis palabras, actitudes, testimonio y acciones pastorales concretas permito que Jesús sea Señor? ¿Qué resalte su pastoreo? ¿Me esfuerzo por instaurar su reino en un ambiente consumista, individualista, egoísta y propiciatorio de la cultura de la muerte? ¿Soy cómplice del reino humano de la injusticia, la soberbia y la opresión? ... Al final de la vida nos examinaran en el amor (cf. San Juan de la Cruz), un amor operativo, un amor que tiene en cuenta al prójimo, especialmente a los que no cuentan para la sociedad. Les sugiero leer lo referente a la civilización de la pobreza de Ignacio Ellacuria s.j. Se necesita una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia capaz de salir de los esquemas egoístas del mundo, para enriquecer a los pobres en sus diversas connotaciones. ¡Esto es servir!

Queridos amigos, el reino de Dios no es una cuestión de honores y de apariencias; por el contrario, como escribe san Pablo, es "justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17). Al Señor le importa nuestro bien, es decir, que todo hombre tenga la vida y que, especialmente sus hijos más "pequeños", puedan acceder al banquete que ha preparado para todos. Por eso, no soporta las formas hipócritas de quien dice:  "Señor, Señor", y después no cumple sus mandamientos (cf. Mt 7, 21). En su reino eterno, Dios acoge a los que día a día se esfuerzan por poner en práctica su palabra. Por eso la Virgen María, la más humilde de todas las criaturas, es la más grande a sus ojos y se sienta, como Reina, a la derecha de Cristo Rey. A su intercesión celestial queremos encomendarnos una vez más con confianza filial, para poder cumplir nuestra misión cristiana en el mundo.

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