HOMILÍAS. CICLO "C"

TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXXIII




Primera lectura: 2 Malaquías 4, 1-2a
Salmo: 97
Segundo lectura: 2 Tesalonicenses 3, 7-12
Evangelio: Lucas 21, 5-19

El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) consiste en la primera parte de un discurso de Jesús: sobre los últimos tiempos. Jesús lo pronuncia en Jerusalén, en las inmediaciones del templo; y la ocasión se la dio precisamente la gente que hablaba del templo y de su belleza. Porque era hermoso ese templo. Entonces Jesús dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida» (Lc 21, 6). Naturalmente le preguntan: ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuáles serán las señales? Pero Jesús desplaza la atención de estos aspectos secundarios —¿cuándo será? ¿cómo será?—, la desplaza a las verdaderas cuestiones. Y son dos. Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor.

Este discurso de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el siglo XXI. Él nos repite: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre» (v. 8). Es una invitación al discernimiento, esta virtud cristiana de comprender dónde está el espíritu del Señor y dónde está el espíritu maligno. También hoy, en efecto, existen falsos «salvadores», que buscan sustituir a Jesús: líder de este mundo, santones, incluso brujos, personalidades que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos alerta: «¡No vayáis tras ellos!». «¡No vayáis tras ellos!».

El Señor nos ayuda incluso a no tener miedo: ante las guerras, las revoluciones, pero también ante las calamidades naturales, las epidemias, Jesús nos libera del fatalismo y de falsas visiones apocalípticas.

El segundo aspecto nos interpela precisamente como cristianos y como Iglesia: Jesús anuncia pruebas dolorosas y persecuciones que sus discípulos deberán sufrir, por su causa. Pero asegura: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Nos recuerda que estamos totalmente en las manos de Dios. Las adversidades que encontramos por nuestra fe y nuestra adhesión al Evangelio son ocasiones de testimonio; no deben alejarnos del Señor, sino impulsarnos a abandonarnos aún más a Él, a la fuerza de su Espíritu y de su gracia.

En este momento pienso, y pensamos todos. Hagámoslo juntos: pensemos en los muchos hermanos y hermanas cristianos que sufren persecuciones a causa de su fe. Son muchos. Tal vez muchos más que en los primeros siglos. Jesús está con ellos. También nosotros estamos unidos a ellos con nuestra oración y nuestro afecto; tenemos admiración por su valentía y su testimonio. Son nuestros hermanos y hermanas, que en muchas partes del mundo sufren a causa de ser fieles a Jesucristo. Les saludamos de corazón y con afecto.
Al final, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (v. 19). ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son una llamada a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, conduce todo a su realización. A pesar de los desórdenes y los desastres que agitan el mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá. Y ésta es nuestra esperanza: andar así, por este camino, en el designio de Dios que se realizará. Es nuestra esperanza.

Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con valentía y esperanza, en compañía de la Virgen, que siempre camina con nosotros.

Papa Francisco, 17 de noviembre de 2013

DOMINGO XXXII



Primera lectura: 2 Macabeos 7, 1-2. 9-14
Salmo: 16
Segundo lectura: 2 Tesalonicenses 2, 16-3, 5
Evangelio: Lucas 20, 27-38

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús enfrentando a los saduceos, quienes negaban la resurrección. Y es precisamente sobre este tema que ellos hacen una pregunta a Jesús, para ponerlo en dificultad y ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos. Parten de un caso imaginario: «Una mujer tuvo siete maridos, que murieron uno tras otro», y preguntan a Jesús: «¿De cuál de ellos será esposa esa mujer después de su muerte?». Jesús, siempre apacible y paciente, en primer lugar responde que la vida después de la muerte no tiene los mismos parámetros de la vida terrena. La vida eterna es otra vida, en otra dimensión donde, entre otras cosas, ya no existirá el matrimonio, que está vinculado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados —dice Jesús— serán como los ángeles, y vivirán en un estado diverso, que ahora no podemos experimentar y ni siquiera imaginar. Así lo explica Jesús.

Pero luego Jesús, por decirlo así, pasa al contraataque. Y lo hace citando la Sagrada Escritura, con una sencillez y una originalidad que nos dejan llenos de admiración por nuestro Maestro, el único Maestro. La prueba de la resurrección Jesús la encuentra en el episodio de Moisés y de la zarza ardiente (cf. Ex 3, 1-6), allí donde Dios se revela como el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. El nombre de Dios está relacionado a los nombres de los hombres y las mujeres con quienes Él se vincula, y este vínculo es más fuerte que la muerte. Y nosotros podemos decir también de la relación de Dios con nosotros, con cada uno de nosotros: ¡Él es nuestro Dios! ¡Él es el Dios de cada uno de nosotros! Como si Él llevase nuestro nombre. A Él le gusta decirlo, y ésta es la alianza. He aquí por qué Jesús afirma: «No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para Él todos están vivos» (Lc 20, 38). Y éste es el vínculo decisivo, la alianza fundamental, la alianza con Jesús: Él mismo es la Alianza, Él mismo es la Vida y la Resurrección, porque con su amor crucificado venció la muerte. En Jesús Dios nos dona la vida eterna, la dona a todos, y gracias a Él todos tienen la esperanza de una vida aún más auténtica que ésta. La vida que Dios nos prepara no es un sencillo embellecimiento de esta vida actual: ella supera nuestra imaginación, porque Dios nos sorprende continuamente con su amor y con su misericordia.

Por lo tanto, lo que sucederá es precisamente lo contrario de cuanto esperaban los saduceos. No es esta vida la que hace referencia a la eternidad, a la otra vida, la que nos espera, sino que es la eternidad —aquella vida— la que ilumina y da esperanza a la vida terrena de cada uno de nosotros. Si miramos sólo con ojo humano, estamos predispuestos a decir que el camino del hombre va de la vida hacia la muerte. ¡Esto se ve! Pero esto es sólo si lo miramos con ojo humano. Jesús le da un giro a esta perspectiva y afirma que nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida plena. Nosotros estamos en camino, en peregrinación hacia la vida plena, y esa vida plena es la que ilumina nuestro camino. Por lo tanto, la muerte está detrás, a la espalda, no delante de nosotros. Delante de nosotros está el Dios de los vivientes, el Dios de la alianza, el Dios que lleva mi nombre, nuestro nombre, como Él dijo: «Yo soy el Dios de Abrahán, Isaac, Jacob», también el Dios con mi nombre, con tu nombre, con tu nombre..., con nuestro nombre. ¡Dios de los vivientes! ... Está la derrota definitiva del pecado y de la muerte, el inicio de un nuevo tiempo de alegría y luz sin fin. Pero ya en esta tierra, en la oración, en los Sacramentos, en la fraternidad, encontramos a Jesús y su amor, y así podemos pregustar algo de la vida resucitada. La experiencia que hacemos de su amor y de su fidelidad enciende como un fuego en nuestro corazón y aumenta nuestra fe en la resurrección. En efecto, si Dios es fiel y ama, no puede serlo a tiempo limitado: la fidelidad es eterna, no puede cambiar. El amor de Dios es eterno, no puede cambiar. No es a tiempo limitado: es para siempre. Es para seguir adelante. Él es fiel para siempre y Él nos espera, a cada uno de nosotros, acompaña a cada uno de nosotros con esta fidelidad eterna.

Papa Francisco, 10 de noviembre de 2013

DOMINGO XXXI



«Era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis» (Mateo 25, 35-36). Partiendo de estas palabras del Señor Jesús, el Papa Francisco dice lo siguiente, reflexionado sobre una de las obras de misericordia corporales: “Y la otra cosa es vestir a quien está desnudo: ¿qué quiere decir si no devolver la dignidad a quien la ha perdido? Ciertamente dando vestidos a quien no tiene; pero pensemos también en las mujeres víctimas de la trata, tiradas por las calles, y demás, demasiadas maneras de usar el cuerpo humano como mercancía, incluso de los menores. Así como también no tener un trabajo, una casa, un salario justo es una forma de desnudez, o ser discriminados por la raza, por la fe; son todas formas de «desnudez», ante las cuales como cristianos estamos llamados a estar atentos, vigilantes y preparados para actuar (Audiencia General, 26 de octubre de 2016). Sinceramente, la pregunta que hizo el Papa me impactó: ¿qué quiere decir si no devolver la dignidad a quien la ha perdido? De modo corporal está claro de proporcionar vestido a quien está desnudo, no se necesita tanta explicación porque es entendible, más al vestir la desnudez como una aplicación espiritual, el Papa Francisco en su pregunta nos pone como núcleo“la dignidad”. Que cosa más hermosa: devolver la dignidad a la persona que la ha perdido. “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 357). En los evangelios podemos encontrar textos donde Jesús devuelve la dignidad a las personas, en este escrito solo nos concentraremos en la historia de Zaqueo. La misión de la Iglesia, de los cristianos es la misma de Jesús: restituir, devolver, recobrar la dignidad en quien la ha perdido.

El Papa nos da ejemplos concretos: “pensemos también en las mujeres víctimas de la trata, tiradas por las calles, y demás, demasiadas maneras de usar el cuerpo humano como mercancía, incluso de los menores. Así como también no tener un trabajo, una casa, un salario justo es una forma de desnudez, o ser discriminados por la raza, por la fe”. Ciertamente, de cada uno de los ejemplos dados por el Papa, podemos hacer temas enteros con sus valoraciones, pero de modo general, invito a considerar las veces en que varias personas se nos han cruzado en la vida, se nos están cruzando o se nos cruzaran con la dignidad perdida, ante esta realidad, solo tenemos tres opciones: aprovecharnos de esa dignidad herida, destrozada; con madurez y espíritu cristiano ayudar a repararla, o simplemente hacernos indiferentes. Qué triste y escandaloso cuando una persona cristiana, “de iglesia” y en el peor de los casos un sacerdote, se aprovecha de esa persona con su dignidad perdida, herida, lastimada, desgarrada en su inocencia, para la satisfacción de su egoísmo; esa persona se hunde más. Debemos pedir un profundo perdón los sacerdotes y cristianos, cuando en vez de reparar hemos terminado de derrumbar lo que aun queda en pie de esa persona, imagen de Dios. Qué triste cuando contribuimos a la cadena de atropelladores de la dignidad de una persona. Horroroso ha de ser el manchar la inocencia de un ser humano.

San Lucas (19,1-10): “Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús. 

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy he de quedarme en tu casa.» Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador. 

Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido”. Jesús le restituye, le devuelve la dignidad a Zaqueo. Nos enfocamos en este texto, para relacionarlo con el Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo c. 

En la tradición judeocristiana, la ciudad de Jericó es conocida como el lugar donde los israelitas retornaron de la esclavitud en Egipto, dirigidos por Josué, el sucesor de Moisés (Josué 6). En esa ciudad vivía Zaqueo. Lucas le señala tres características: rico, jefe de los publicanos, hombre de baja estatura. San Lucas no ha señalado estas características por casualidad o simple modo de escribir, pues no, hay una intención para ello.

Zaqueo era rico. Ser rico no es el problema. Cuanta gente estudia honestamente para obtener una profesión, con vistas a trabajar o trabaja duro para mejorar su nivel de vida personal y familiar. Pero, otra manera de ser rico es a base de corrupción, robo, engaño, fraude. Zaqueo cobraba para las arcas de Roma, y el ser jefe le daba más espacio para hacer algo indebido en relación al dinero. 

Jefe de publicanos. Los de «segunda clase» y como recaudadores de impuestos que abusaban de su poder (éstos eran odiados, ya que cobraban más de lo que la ley les exigía, y al estar amparados por ella, las personas no tenían defensa. Por otra parte, eran odiados por los judíos, ya que cobraban de más a su propio pueblo en beneficio de los invasores). Los publicanos eran tenidos como pecadores, y no digamos a Zaqueo por ser líder.

Era de baja estatura. Las personas formaban un muro para su visión y acercamiento a Jesús. Eran un obstáculo para el encuentro con el Señor. 

Zaqueo quería conocer a Jesús. El texto no nos dice si por curiosidad o movido por un deseo inexplicable. Aunque hay personas que la llegada del Papa a un país, un personaje de la Iglesia o un acontecimiento cultual o de religiosidad popular les da igual, a Zaqueo no. Se puede pensar que había una multitud, para que Zaqueo haya optado por subirse a un árbol. Esta actitud de Zaqueo personalmente la admiro. Un hombre que se “rebusca” por lograr su objetivo. No se rindió ni lo dejó para otra ocasión, no le importó siendo un hombre odiado por su condición de publicano, tratar de llegar hasta de Jesús en medio de la gente. “Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús. “Quien busca encuentra” dice el Señor (Mateo 7, 8). Que hermoso y edificador es cuando una persona se esfuerza por encontrarse con Jesús, a través de los sacramentos, la oración, del necesitado. 

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy he de quedarme en tu casa.» Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. La mirada de Jesús la encontramos en otros pasajes bíblicos. La mirada de Jesús ve lo externo y lo interno, “sondea el corazón y examina los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras” (cfr. Jeremías 17, 10). Jesús no solamente lo mira y le habla, sino que le concede una gran bendición: quedarse en su casa. 

Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más«. “Así, cuando Jesús, al atravesar Jericó, se detuvo precisamente en casa de Zaqueo, suscitó un escándalo general, pero el Señor sabía muy bien lo que hacía. Por decirlo así, quiso arriesgar y ganó la apuesta: Zaqueo, profundamente impresionado por la visita de Jesús, decide cambiar de vida, y promete restituir el cuádruplo de lo que ha robado. «Hoy ha llegado la salvación a esta casa», dice Jesús y concluye: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Dios no excluye a nadie, ni a pobres y ni a ricos. Dios no se deja condicionar por nuestros prejuicios humanos, sino que ve en cada uno un alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las que se considera perdida y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse. En otro pasaje del Evangelio Jesús afirma que es muy difícil para un rico entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 19, 23). En el caso de Zaqueo vemos precisamente que lo que parece imposible se realiza: «Él —comenta san Jerónimo— entregó su riqueza e inmediatamente la sustituyó con la riqueza del reino de los cielos» (Homilía sobre el Salmo 83, 3). Y san Máximo de Turín añade: «Para los necios, las riquezas son un alimento para la deshonestidad; sin embargo, para los sabios son una ayuda para la virtud; a estos se les ofrece una oportunidad para la salvación; a aquellos se les provoca un tropiezo que los arruina» (Sermones, 95)” (Papa Benedicto XVI, 31 octubre de 2016). Ojala viéramos esto en muchos políticos de muchas naciones del mundo, que se han enriquecido con dinero del pueblo, por tanto, “dinero sagrado, dinero ajeno”. 

Espero más adelante desarrollar con más extensión y profundidad lo referente a “devolver la dignidad”, pues estoy viendo ahora con mayor visión esta realidad, la cual puede estar pasando por alto ante muchos . Que los cristianos actuemos a favor de la dignidad humana, tanto para proteger como restituir en el nombre de Jesucristo. 

Pbro. Gustavo Romero

DOMINGO XXII



Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este domingo (Lc 14, 1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a este”... Al contrario, cuando seas convidado, ve a sentarte en el último puesto» (Lc 14, 8-10). El Señor no pretende dar una lección de buenos modales, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo «tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente» (Deus caritas est, 35).

Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que no invite a su mesa a sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor (cf. Lc 14, 13-14), para que el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo... Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos y mientras él nos dé fuerzas» (Deus caritas est, 35). Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba» (cf. Lc 14, 10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él. San Luis IX, rey de Francia —cuya memoria se celebró el pasado miércoles— puso en práctica lo que está escrito en el Libro del Sirácida: «Cuanto más grande seas, tanto más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor» (3, 18). Así escribió en el «Testamento espiritual a su hijo»: «Si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas» (Acta Sanctorum Augusti 5 [1868] 546).

Queridos amigos, hoy recordamos también el martirio de san Juan Bautista, el mayor entre los profetas de Cristo, que supo negarse a sí mismo para dejar espacio al Salvador y que sufrió y murió por la verdad. Pidámosle a él y a la Virgen María que nos guíen por el camino de la humildad, para llegar a ser dignos de la recompensa divina.

Benedicto XVI, 2010


DOMINGO XX



¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división” (Lucas 12, 51).

La primera lectura tomada del profeta Jeremías 38, nos narra lo sucedido durante el sitio de Jerusalén. La ciudad había sido rodeada por los babilonios para atacarla. Los jefes de Jerusalén tenían prisionero al profeta de Dios llamado Jeremías, quienes se presentaron al rey para pedir la muerte del profeta. ¿Cuáles era la razón presentada por los jefes para quitarle la vida a Jeremías? “Porque las cosas que dice este hombre desmoraliza a los guerreros que quedan en este ciudad y a todo el pueblo”, por tanto, según el juicio de los jefes, con esas palabras Jeremías no busca el bienestar del pueblo, sino su perdición. El rey Sedecias o Sedequias,  último rey de Judá antes de la destrucción de este reino a manos de los babilonios, no evaluó la petición de los jefes ni escucho a Jeremías, simplemente dijo: “Lo tienen ya en sus manos y el rey no puede nada contra ustedes”. Esto me recuerda a Jesús, a Poncio Pilato, a los sumos sacerdotes y al pueblo. Poncio Pilato quería liberar a Jesús, pero ante la presión de los demás que pedían la muerte del inocente maestro, prefirió lavarse las manos, dejar la decisión a los demás, como el rey Sedecias. Poncio Pilato tenía poder para salvar a Jesús de la crucifixión, pero eso traía consecuencias, se exponía a pedir su poder político-social, perder su cargo, su prestigio y hasta la vida.

Considero que la pregunta más importante es: ¿Que decía Jeremías para pedir su muerte? Aconsejaba no atacar a Babilonia.  «Dios dice que Jerusalén caerá definitivamente bajo el poder del ejército del rey de Babilonia. Dios dice también que los que se queden en Jerusalén morirán en la guerra, o de hambre o de enfermedad. Por el contrario, los que se entreguen a los babilonios salvarán su vida. Serán tratados como prisioneros de guerra, pero seguirán con vida» (Jeremías 38, 2-3). Por eso lo llevaron a la cárcel, por decir a la verdad, una verdad que incomoda, pero era un mensaje de parte de Dios. San Juan Bautista, Jeremías, Jesucristo, todo ellos tienen algo en común: son profetas de Dios, por supuesto, Jesús por excelencia. Siempre la verdad incómoda a los hijos de las tinieblas, del error, el libertinaje y la imprudencia. Hay personas que quieren y piden que se les predique seguido la Palabra de Dios, pero cuando se les hace ver la verdad, su verdad, el buen camino, la toma de las mejores decisiones, se incomodan, critican, porque su oscuridad, falsedad, error queda al descubierto.

Por supuesto, siempre existen personas que ven la verdad, ven más allá del grupo y con valentía defienden la justicia y a los inocentes. En este caso Ebed-Melek, el etíope, oficial de palacio, fue a ver al rey y hablo a favor de Jeremías, quien estaba arrojado en un pozo, y acuso el mal hecho por los jefes. El rey lo escucho y libero al profeta del castigo.

“El Evangelio de este domingo contiene también una palabra de Jesús que nos pone en crisis, y que se ha de explicar, porque de otro modo puede generar malentendidos. Jesús dice a los discípulos: « ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12, 51). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34).

Por lo tanto, esta palabra del Evangelio no autoriza, de hecho, el uso de la fuerza para difundir la fe. Es precisamente lo contrario: la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad y del amor, que comporta renunciar a toda violencia. ¡Fe y violencia son incompatibles! ¡Fe y violencia son incompatibles! En cambio, fe y fortaleza van juntas. El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor.

Queridos amigos, también entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar, nos lo dice el Evangelio (cf. Mc 3, 20-21). Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 1, 14). Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta” (Papa Francisco, 2013), “para correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12, 1) .



DOMINGO XIX


El domingo pasado reflexionamos en torno a la frase de Jesús: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” (Lucas 12,  15). El Evangelio de este domingo (Lucas 12, 32-48) nos habla del deseo del encuentro definitivo con Cristo, un deseo que nos hace estar siempre preparados, con el espíritu en vela, porque esperamos este encuentro con todo el corazón, con todo lo que somos. “Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su Señor regrese de la boda, para abrirle en cuando llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su Señor, al llegar, encuentre en vela”. Y la segunda carta a los hebreos 11, 1 dice: “La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer las realidades que no se ven”. Este es un aspecto fundamental de la vida. Existe un deseo que todos nosotros, sea explícito u oculto, tenemos en el corazón. Todos nosotros tenemos este deseo en el corazón.

Esta enseñanza de Jesús también es importante verla en el contexto concreto, existencial, donde Él la transmitió. En este caso, el evangelista Lucas nos presenta a Jesús caminando con sus discípulos hacia Jerusalén, hacia su Pascua de muerte y resurrección, y en este camino los educa confiándoles lo que Él mismo lleva en el corazón, las actitudes profundas de alma. “No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino. Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón”. Este Evangelio quiere decirnos que el cristiano es alguien que lleva dentro de sí un deseo grande, un deseo profundo: el de encontrarse con su Señor junto a los hermanos, a los compañeros de camino. Y todo esto que Jesús nos dice se resume en un famoso dicho de Jesús: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 34). El corazón que desea. Pero todos nosotros tenemos un deseo. La pobre gente es la que no tiene deseo; el deseo de seguir adelante, hacia el horizonte; por eso venimos a Misa y nos confesamos, porque deseamos estar bien con Dios, deseamos estar en gracia, fortalecer nuestra espiritualidad cristiana para un día llegar a la unión definitiva con Dios. Y para nosotros cristianos este horizonte es el encuentro con Jesús, el encuentro precisamente con Él, que es nuestra vida, nuestra alegría, lo que nos hace felices. Pero yo haría dos preguntas. La primera: todos ustedes, ¿tienen un corazón deseoso, un corazón que desea? Piensen y respondan en silencio y en su corazón: tú, ¿tienes un corazón que desea, o tienes un corazón cerrado, un corazón adormecido, un corazón anestesiado por las cosas de la vida, por lo material, un corazón alienado? Como dice san Lucas 13, 18 sobre la semilla lanzada por el sembrador: “El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa”. El deseo: seguir adelante hacia el encuentro con Jesús. Y la segunda pregunta: ¿dónde está tu tesoro, aquello que tú deseas? —porque Jesús nos dijo: Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón—. Y yo pregunto: ¿dónde está tu tesoro? ¿Cuál es para ti la realidad más importante, más valiosa, la realidad que atrae mi corazón como un imán? ¿Qué es lo que atrae tu corazón? ¿Se puede decir que es el amor de Dios? ¿Están las ganas de hacer el bien a los demás, de vivir para el Señor y para nuestros hermanos? ¿Estás siempre disponible a ayudar con lo que cuentas a quien te necesite o necesite? ¿Se puede decir esto? ¿Amar a Dios sobre todas las cosas esta como primer lugar en tu corazón? El tesoro es lo más valioso para nosotros, por tanto, Dios, Jesucristo y su evangelio ha de ser nuestro máximo tesoro; la avaricia, la codicia, el dinero, la corrupción, un vicio, la lujuria quieren ocupar ese lugar que le corresponde solo a Dios, por ello les llamamos ídolos, pequeños dioses, tesoritos falsos, pero atractivos y esclavizantes.

“Pero alguien puede decirme: Padre, pero yo soy uno que trabaja, que tiene familia, para mí la realidad más importante es sacar adelante a mi familia, el trabajo... Cierto, es verdad, es importante. Pero, ¿cuál es la fuerza que mantiene unida a la familia? Es precisamente el amor, y quien siembra el amor en nuestro corazón es Dios, el amor de Dios, es precisamente el amor de Dios quien da sentido a los pequeños compromisos cotidianos e incluso ayuda a afrontar las grandes pruebas. Este es el verdadero tesoro del hombre. Seguir adelante en la vida con amor, con ese amor que el Señor sembró en el corazón, con el amor de Dios. Este es el verdadero tesoro. Pero el amor de Dios, ¿qué es? No es algo vago, un sentimiento genérico. El amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, Jesús. El amor de Dios se manifiesta en Jesús. Porque nosotros no podemos amar el aire... ¿Amamos el aire? ¿Amamos el todo? No, no se puede, amamos a personas, y la persona que nosotros amamos es Jesús, el regalo del Padre entre nosotros. Es un amor que da valor y belleza a todo lo demás; un amor que da fuerza a la familia, al trabajo, al estudio, a la amistad, al arte, a toda actividad humana (la lucha por la justicia). Y da sentido también a las experiencias negativas, porque este amor nos permite ir más allá de estas experiencias, ir más allá, no permanecer prisioneros del mal, sino que nos hace ir más allá, nos abre siempre a la esperanza. He aquí que el amor de Dios en Jesús siempre nos abre a la esperanza, al horizonte de esperanza, al horizonte final de nuestra peregrinación. Así, incluso las fatigas y las caídas encuentran un sentido. También nuestros pecados encuentran un sentido en el amor de Dios, porque este amor de Dios en Jesucristo nos perdona siempre, nos ama tanto que nos perdona siempre” (Papa Francisco 2013).

“Estén listos, con la túnica puesta y sus lámparas encendidas”. Estemos en gracia de Dios, como cristianos tenemos un compromiso con la historia, como les dijo el Papa Francisco a los jóvenes en la recién JMJ en Polonia: “No vinimos a este mundo a «vegetar», a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella.”. “Al final de la vida nos examinaran en el amor”, decía san Juan de la Cruz, y ese amor debemos hacerlo concreto día a día, en la realidad cotidiana que nos toca afrontar o en las situaciones extraordinarias que se nos llegaran a presentar.
“Y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.»

Pedro le pregunta si esa parábola la dice por los apóstoles o por todos los presentes. Jesús le respondió por medio de otra parábola. En resumen, la parábola habla de un administrador puesto por su amo al frente de la servidumbre. Este administrador puede tomar dos actitudes: fiel, prudente, cumplidor de su deber, responsable, o infiel, imprudente, maltratador, explotador, inconsciente, soberbio, irresponsable. El irresponsable recibirá azotes, castigo, mientras que el responsable será puesto al frente de todo lo que posee el amo. Jesús vendrá por segunda vez, sin avisar, vendrá como un ladrón, no sabemos ni el día ni la hora, vendrá y en ese momento ajustara cuentas.

“Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”. Ciertamente todos, más en concreto los cristianos, hemos recibido y seguimos recibiendo de parte de Dios, lo necesario para servirle a Él, a los otros y contribuir positivamente a nuestro alrededor, aunque algunos hemos recibido más de lo necesario, y por tanto estamos más obligados a dar más, en ello consistirá la glorificación de Dios y nuestra respuesta de gratitud por tantas bendiciones, carismas, dones hechos a nosotros que a la mayoría no se les ha concedido de igual forma.

Confiemos en el apoyo materno de la Virgen María, Reina de los santos, que comparte amorosamente nuestra peregrinación. 

DOMINGO XVIII


Queridos hermanos y hermanas, en esta Santa Misa correspondiente al Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo “C”, tenemos en cuenta las siguientes intenciones y celebraciones: En primer lugar, con esta Eucaristía abrimos formalmente el sexto festival del Maíz, en nuestra Parroquia “El Calvario”, San Vicente. En segundo lugar, nos unimos a la clausura de la XXXI Jornada Mundial de la Juventud, en Cracovia, Polonia, pedimos por los frutos de esta celebración, en la cual está presente nuestro obispo y representantes de nuestro país. Por último, ahora es el día de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, los jesuitas, cuyo lema principal es: “En todo amar y servir para la mayor gloria de Dios”, encomendamos por ello también, al Papa Francisco, quien es jesuita.

Hoy en la liturgia resuena la palabra provocadora de Qoèlet: « ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!» (1, 2), también se puede traducir por “ilusión de ilusiones”. “Este término, que es frecuente, puede referirse tanto al carácter ilusorio de las cosas y la decepción que ellas proporcionan a las personas, como el hecho de la personas que no perciben el sentido global de la realidad que la envuelve, que gira a su alrededor” (Biblia Sagrada, Franciscanos capuchinos, 2002).

En el Evangelio de este domingo, la enseñanza de Jesús se refiere precisamente a la verdadera sabiduría, la cual distingue la verdad de la falsedad, la ilusión de lo real, lo frágil de lo sólido, y está introducida por la petición de uno entre la multitud: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (Lc 12, 13). Jesús, respondiendo: “Amigo, quien me ha puesto como juez en la distribución de la herencia?, advierte a quienes le oyen sobre la codicia de los bienes terrenos con la parábola del rico necio, quien, habiendo acumulado para él una abundante cosecha, deja de trabajar, consume sus bienes divirtiéndose y se hace la ilusión hasta de poder alejar la muerte. «Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”» (Lc 12, 20). Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque el alma del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. Palabras precisas y contundentes del Maestro.

La avaricia es uno de los pecados capitales, está prohibido por el noveno y décimo mandamiento. (CIC 2514, 2534). Es importante en la vida del cristiano saber sobre este mal, para no caer en la insensatez, en la imprudencia y en la necedad.

Recordemos que el Señor también nos dice: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33) y en el Catecismo Católico (n. 2536) se dice que el décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Ayer aparecía en los noticieros, el caso de un ex diputado suplente, servidor público del pueblo, el cual fue condenado por haber lavado unos de 20 millones de dólares que provenían del narcotráfico, incluidos su mujer e hijo. Cuando la Ley nos dice: "No codiciarás", nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: "El ojo del avaro no se satisface con su suerte" (Si 14,9) (Catec. R. 3,37) (1 Co 6,10). "No robarás" (Dt 5,19). "Ni los ladrones, ni los avaros...ni los rapaces heredarán el Reino de Dios"  (CC 2450).

La avaricia es el afán excesivo de poseer y de adquirir riquezas para atesorarlas o la Inclinación o deseo desordenado de placeres o de posesiones.

“La avaricia (del latín "avarus", "codicioso", "ansiar") es el ansia o deseo desordenado y excesivo por la riqueza. Su especial malicia, ampliamente hablando, consiste en conseguir y mantener dinero, propiedades, y demás, con el solo propósito de vivir para eso”.

Nadie es eterno en el mundo dice una canción. Qué triste cuando se cae en el pensamiento y actitud del rico: ¡Que hago con tanto!! Cuando hay tantas penurias ajenas y validas por solventar, acciones que enriquecerían plenamente al dador generoso y creativo. En la sociedad tenemos disparidad, mientras unos abundan y hasta rebalsan en lo material, otros solo ellos saben cómo sobreviven el día a día. Da coraje escuchar a los funcionarios políticos hablar sobre la falta de dinero en el país y buscar soluciones, cuando sus sueldos, los de los suplentes y ahí a saber qué otras cosas más, bien podrían ser reguladas para nivelar la disparidad socioeconómica latente. El egoísmo cierra el horizonte y enferma la mente y el corazón. La generosidad y solidaridad enriquecen la vida y se gana espacio para la eternidad.

El miércoles 27 de julio, en los noticieros también sonó el caso de una familia salvadoreña, quienes fueron detenidos bajo cargos de lavar unos $18 millones de dólares entre el 2008 y 2014. “Hasta el 2008, los detenidos vivían en casas humildes, adobes, una mezcla de tierra y paja, mientras en la actualidad la Fiscalía les ha intervenido al menos ocho grandes residencias en las que se podía observar artículos de lujo y mucha ostentación en la forma en que vivían”. Digamos que esta familia tenía la intención de la familia salvadoreña común: salir adelante, buscar mejorar el nivel de vida, obtener mejores ingresos económicos. La intención es una y los mecanismos para lograr los objetivos es otra. Esta familia no fue a buscar ese vivir mejor fuera del país, como muchos lo están intentando diariamente, sino que lo buscó adentro. Por lo visto vivieron bien materialmente unos anos, pero como el mecanismo usado para potenciar el nivel de vida material y el pecado de la codicia y avaricia se hicieron presentes, pues se perdió todo lo adquirido con el lavado del dinero y peor aún, se perdió la libertad, la cual se tenía cuando eran pobres. Para muchos la pobreza es una maldición, es una desgracia, y hay que destruirla. Dice Santo Tomás: El ser humano quiere poseerlo todo para tener la impresión de que se pertenece a sí mismo de una manera absoluta. La avaricia es un pecado contra la caridad y la justicia. Es la raíz de muchas otras actitudes: perfidia, fraude, perjurio, endurecimiento del corazón.

La avaricia sobrepasa la precaución y la prudencia; es un vicio espiritual. La avaricia es la enfermedad del ahorro.

Teólogos y científicos han observado la psicología del avaro y han comprendido la perversión moral y psicológica de tal hombre. El avaro se aparta de los demás, se encierra en sí mismo y se impone una austeridad que va incluso en contra de sus necesidades vitales. Come menos de lo necesario, pierde horas de sueño (para velar su fortuna), vive en la obsesión del robo o del incendio.

El Evangelio (Mt, 6,24) dice “Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero”.

De acuerdo a este relato, el personaje de la parábola es un rico que, tras haber obtenido una abundante cosecha, decide almacenarla en unos nuevos y grandiosos graneros, saboreando ya el placer tanto de poseer muchos bienes como de disponer de muchos años para gozarlos alegremente. Sin embargo, Dios le despierta de su estupidez haciéndole consciente de que no es él el dueño de su vida y de que, de un momento a otro (siempre muy pronto), será llamado a entregarla al Señor.

El Señor nos quiere hacer ver que quien piensa en acumular bienes para enriquecerse en vistas a un interés sólo personal es un insensato, porque es ante Dios, realizando el precepto del amor, como se enriquece el hombre. En efecto, sólo dando es como nos enriquecemos del amor de Dios y de su premio eterno.

Jesús nos ha recomendado que no acumulemos tesoros en la tierra, sino en el cielo, y nos ha hecho conscientes de que allí donde consideremos que está nuestro tesoro, allí estará constantemente nuestro corazón (cf. Mt6,19 ss). En consecuencia, es importante que, especialmente en las profundidades del corazón, nos mantengamos libres de los “apetitos de la carne” que nos llevan a este desordenado instinto de la ambición.

Por otra parte, el 31 de julio de 2011, se celebró en esta Parroquia el primer festival del maíz, con la intención de dar gracias a Dios por el maíz y sus derivados, y en palabras del Beato Monseñor Romero: “Ese producto que es base de nuestra alimentación (el maíz) no falte en ninguno de nuestros hogares. Y que esa iniciativa de aprovechar hasta los desperdicios del maíz en obras, en industrias nacionales muy artísticas (el olote, la tuza, etc.); pues es un gesto de lo que puede ser una comunidad cuando, además del evangelio, trata también de promoverse en lo material” (1978). También, homenajeamos a los hermanos agricultores, las personas que laboran en el campo, en este contexto hago presentes las palabras del Papa San Juan Pablo II a los campesinos “Ustedes, campesinos, cumplen cabalmente el mandato del Señor de cultivar la tierra para que produzca los alimentos necesarios al sustento de todos. ¡Cuántos de ustedes pasan toda la vida sometidos al duro trabajo del campo, recibiendo quizás salarios insuficientes, sin la esperanza de conseguir un día un pedazo de tierra en propiedad, con problemas de vivienda, de inseguridad social, preocupados por el porvenir de sus hijos! Y los que son pequeños propietarios, ¡cuántas dificultades deben de afrontar para obtener créditos suficientes con intereses moderados, cuántos riesgos hasta llevar la cosecha a buen término, cuántas dificultades para conseguir una mejor capacitación agrícola!

Ante este panorama, a muchos asalta la tentación seductora de marcharse a la ciudad o fuera del país donde, por desgracia, se verán obligados a aceptar condiciones de vida todavía más deshumanizantes.

La solución a los nuevos problemas del campo requiere la colaboración solidaria de todos los sectores de la sociedad.  No es justo que intereses de grupos, no tengan en cuenta las exigencias del bien común ni las necesidades cada día más insoslayables de los campesinos, y pongan la ganancia a toda costa como única meta a conseguir” (México 1990).

Con la asistencia del Espíritu Santo, utilicemos los bienes que poseamos para la glorificación de Dios a través del servicio al prójimo. Ave María Purísima!!

Pbro. Gustavo Romero

BAUTISMO DEL SEÑOR



Primera lectura: Isaías 42, 1-4. 6-7
Salmo: 28
Segunda lectura: Hechos 10, 34-38
Santo Evangelio: Lucas 3, 15-16. 21-22


Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, durante la Santa Misa celebrada en la Capilla Sixtina, he administrado el sacramento del Bautismo a varios recién nacidos. Esta costumbre está unida a la fiesta del Bautismo del Señor, con la que se concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. El Bautismo expresa muy bien el sentido global de las festividades navideñas, en las que el tema de llegar a ser hijos de Dios gracias a la venida del Hijo unigénito en nuestra humanidad constituye un elemento dominante. Él se hizo hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios. Dios nació para que nosotros podamos renacer. Estos conceptos aparecen continuamente en los textos litúrgicos navideños y constituyen un motivo entusiasmante de reflexión y esperanza. Pensemos en lo que escribe san Pablo a los Gálatas: "Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5); o en lo que dice san Juan en el Prólogo de su Evangelio: "A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). Este estupendo misterio, que constituye nuestro "segundo nacimiento" —el renacimiento de un ser humano de lo alto, de Dios (cf. Jn 3, 1-8)— se realiza y se resume en el signo sacramental del Bautismo.

Con este sacramento el hombre se convierte realmente en hijo, en hijo de Dios. Desde ese momento el fin de su existencia consiste en alcanzar de manera libre y consciente aquello que desde el inicio era y es el destino del hombre. "Conviértete en lo que eres", constituye el principio educativo básico de la persona humana redimida por la gracia. Este principio tiene muchas analogías con el crecimiento humano, en el que la relación de los padres con los hijos pasa, a través de alejamientos y crisis, de la dependencia total a la conciencia de ser hijo, al agradecimiento por el don de la vida recibida, y a la madurez y la capacidad de dar la vida. Engendrado por el Bautismo a una nueva vida, también el cristiano comienza su camino de crecimiento en la fe que lo llevará a invocar conscientemente a Dios como "Abbá - Padre", a dirigirse a él con gratitud y a vivir la alegría de ser su hijo.

Del Bautismo deriva también un modelo de sociedad: la de los hermanos. La fraternidad no se puede establecer mediante una ideología y mucho menos por decreto de un poder constituido. Nos reconocemos hermanos a partir de la humilde y profunda conciencia del ser hijos del único Padre celestial. Como cristianos, gracias al Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, se nos ha concedido el don y el compromiso de vivir como hijos de Dios y como hermanos, para ser como "levadura" de una humanidad nueva, solidaria y llena de paz y esperanza. En esto nos ayuda la conciencia de tener, además de un Padre en los cielos, también una madre, la Iglesia, de la que la Virgen María es modelo perenne. A ella le encomendamos los niños recién bautizados y sus familias, y le pedimos para todos la alegría de renacer cada día "de lo alto", del amor de Dios, que nos hace sus hijos y hermanos entre nosotros.

Benedicto XVI, 2010

EPIFANÍA DEL SEÑOR




Primera lectura: Isaías 60, 1-6
Salmo: 71
Segunda lectura: Efesios  3, 2-3. 5-6
Santo Evangelio: Mateo 2, 1-12


Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la gran fiesta de la Epifanía, el misterio de la manifestación del Señor a todas las gentes, representadas por los Magos, venidos de Oriente para adorar al Rey de los judíos (cf. Mt 2, 1-2). San Mateo, que narra el acontecimiento, subraya que llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella, avistada al surgir e interpretada como signo del nacimiento del Rey anunciado por los profetas, es decir, del Mesías. Sin embargo, al llegar a Jerusalén, los Magos necesitaron las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar a donde debían dirigirse, es decir, Belén, la ciudad de David (cf. Mt 2, 5-6; Mi 5, 1). La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales se nos presentan como modelos de los auténticos buscadores de la verdad.

Los Magos eran sabios, que escrutaban los astros y conocían la historia de los pueblos. Eran hombres de ciencia en sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre. Su saber, por tanto, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. De hecho, no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos. Podrían haber dicho: actuamos por nuestra cuenta, no necesitamos a nadie, evitando, según nuestra mentalidad actual, toda "contaminación" entre la ciencia y la Palabra de Dios. En cambio, los Magos escuchan las profecías y las aceptan; y, en cuanto se vuelven a poner en camino hacia Belén, ven nuevamente la estrella, casi como confirmación de una perfecta armonía entre la búsqueda humana y la Verdad divina, una armonía que llenó de alegría su corazón de auténticos sabios (cf. Mt 2, 10). El culmen de su itinerario de búsqueda fue cuando se encontraron ante "el niño con María su madre" (Mt 2, 11). Dice el Evangelio que "postrándose lo adoraron". Podrían haber quedado decepcionados, más aún, escandalizados. En cambio, como verdaderos sabios, se abren al misterio que se manifiesta de modo sorprendente; y con sus dones simbólicos demuestran que reconocen en Jesús al Rey y al Hijo de Dios. Precisamente en ese gesto se cumplen los oráculos mesiánicos que anuncian el homenaje de las naciones al Dios de Israel.

Un último detalle confirma, en los Magos, la unidad entre inteligencia y fe: es el hecho de que "avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino" (Mt2, 12). Lo natural hubiera sido volver a Jerusalén, al palacio de Herodes y al Templo, para proclamar su descubrimiento. En cambio, los Magos, que han elegido como su soberano al Niño, lo protegen en el ocultamiento, según el estilo de María, o mejor, de Dios mismo y, tal como habían aparecido, desaparecen en el silencio, satisfechos, pero también cambiados por el encuentro con la Verdad. Habían descubierto un nuevo rostro de Dios, una nueva realeza: la del amor. Que la Virgen María, modelo de verdadera sabiduría, nos ayude a ser auténticos buscadores de la verdad de Dios, capaces de vivir siempre la profunda sintonía que hay entre razón y fe, entre ciencia y revelación.

Benedicto XVI, 6 enero 2010.



LA SAGRADA FAMILIA DE 
JESÚS, MARÍA Y JOSÉ




Primera lectura: Eclesiástico 3, 3-7. 14-17
Salmo: 127
Segunda lectura: Colosenses 3, 12-21
Santo Evangelio: Lucas 2, 41-52



Queridos hermanos y hermanas:

Se celebra hoy el domingo de la Sagrada Familia. Podemos seguir identificándonos con los pastores de Belén que, en cuanto recibieron el anuncio del ángel, acudieron a toda prisa, y encontraron "a María y a José, y al niño acostado en el pesebre" (Lc 2, 16). Detengámonos también nosotros a contemplar esta escena, y reflexionemos en su significado. Los primeros testigos del nacimiento de Cristo, los pastores, no sólo encontraron al Niño Jesús, sino también a una pequeña familia: madre, padre e hijo recién nacido. Dios quiso revelarse naciendo en una familia humana y, por eso, la familia humana se ha convertido en icono de Dios. Dios es Trinidad, es comunión de amor, y la familia es, con toda la diferencia que existe entre el Misterio de Dios y su criatura humana, una expresión que refleja el Misterio insondable del Dios amor. El hombre y la mujer, creados a imagen de Dios, en el matrimonio llegan a ser en "una sola carne" (Gn 2, 24), es decir, una comunión de amor que engendra nueva vida. En cierto sentido, la familia humana es icono de la Trinidad por el amor interpersonal y por la fecundidad del amor.

La liturgia de hoy propone el célebre episodio evangélico de Jesús, que a los doce años se queda en el templo, en Jerusalén, sin saberlo sus padres, quienes, sorprendidos y preocupados, lo encuentran después de tres días discutiendo con los doctores. A su madre, que le pide explicaciones, Jesús le responde que debe "estar en la propiedad", en la casa de su Padre, es decir, de Dios (cf. Lc 2, 49). En este episodio el adolescente Jesús se nos presenta lleno de celo por Dios y por el templo.

Preguntémonos: ¿de quién había aprendido Jesús el amor a las "cosas" de su Padre? Ciertamente, como hijo tenía un conocimiento íntimo de su Padre, de Dios, una profunda relación personal y permanente con él, pero, en su cultura concreta, seguro que aprendió de sus padres las oraciones, el amor al templo y a las instituciones de Israel. Así pues, podemos afirmar que la decisión de Jesús de quedarse en el templo era fruto sobre todo de su íntima relación con el Padre, pero también de la educación recibida de María y de José. Aquí podemos vislumbrar el sentido auténtico de la educación cristiana: es el fruto de una colaboración que siempre se ha de buscar entre los educadores y Dios. La familia cristiana es consciente de que los hijos son don y proyecto de Dios. Por lo tanto, no pueden considerarse como una posesión propia, sino que, sirviendo en ellos al plan de Dios, está llamada a educarlos en la mayor libertad, que es precisamente la de decir "sí" a Dios para hacer su voluntad. La Virgen María es el ejemplo perfecto de este "sí". A ella le encomendamos todas las familias, rezando en particular por su preciosa misión educativa.

Y ahora me dirijo, en lengua española, a quienes participan en la fiesta de la Sagrada Familia en Madrid.

Saludo cordialmente a los pastores y fieles congregados en Madrid para celebrar con gozo la Sagrada Familia de Nazaret. ¿Cómo no recordar el verdadero significado de esta fiesta? Dios, habiendo venido al mundo en el seno de una familia, manifiesta que esta institución es camino seguro para encontrarlo y conocerlo, así como un llamamiento permanente a trabajar por la unidad de todos en torno al amor. De ahí que uno de los mayores servicios que los cristianos podemos prestar a nuestros semejantes es ofrecerles nuestro testimonio sereno y firme de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, salvaguardándola y promoviéndola, pues ella es de suma importancia para el presente y el futuro de la humanidad. En efecto, la familia es la mejor escuela donde se aprende a vivir aquellos valores que dignifican a la persona y hacen grandes a los pueblos. También en ella se comparten las penas y las alegrías, sintiéndose todos arropados por el cariño que reina en casa por el mero hecho de ser miembros de la misma familia. Pido a Dios que en vuestros hogares se respire siempre ese amor de total entrega y fidelidad que Jesús trajo al mundo con su nacimiento, alimentándolo y fortaleciéndolo con la oración cotidiana, la práctica constante de las virtudes, la recíproca comprensión y el respeto mutuo. Os animo, pues, a que, confiando en la materna intercesión de María santísima, Reina de las familias, y en la poderosa protección de san José, su esposo, os dediquéis sin descanso a esta hermosa misión que el Señor ha puesto en vuestras manos. Contad además con mi cercanía y afecto, y os ruego que llevéis un saludo muy especial del Papa a vuestros seres queridos más necesitados o que pasan dificultades. Os bendigo a todos de corazón.


TERCER DOMINGO DE ADVIENTO 

Primera lectura: Sofonías 3, 14-18
Salmo: Isaías 12
Segunda lectura: Filipenses 4, 4-7
Santo Evangelio: Lucas 3, 10-18

"Hermanos míos: "Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡ alégrense!"

Este es uno de los meses más preciosos del año. Si parto del contexto nacional y de la ciudad de San Vicente, hace un clima agradable con relación al resto del año, algunas casas con decoraciones navideñas, las fiestas patronales en honor a San Vicente, Abad y Mártir; niños tirando cohetes, ventas por doquier, un fuerte movimientos de personas y automóviles, en fin, toda una algarabía social, y por supuesto, con mayor fuerza en las iglesias, tanto en las estructuras como en los cristianos. Se puede constatar un ambiente de fiesta. Pero, ¿qué provoca tal ambiente festivo?

"Hoy en la liturgia resuena la invitación del apóstol san Pablo: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. (...) El Señor está cerca" (Flp 4, 4-5). La madre Iglesia, mientras nos acompaña hacia la santa Navidad, nos ayuda a redescubrir el sentido y el gusto de la alegría cristiana, tan distinta de la del mundo" (Benedicto XVI, 13-Dic-2009). En este mes de diciembre, bien se pueden observar dos situaciones: la alegría cristiana y la alegría del mundo, valiéndose ésta de la tradición cristiana, pero cambiándole en buena parte el sentido auténtico. San Pablo exhorta a la alegría y lo remarca, porque en verdad el mundo, las personas necesitan experimentar la alegría. Tristemente, en estos días muchos pretender sentirse alegres a su manera, divorciada del sentido alegre cristiano navideño. Por ello, muchas veces esas alegrías terminan en desgracias, lamentaciones o vacíos interiores. La Iglesia pregona a grandes voces, que el nacimiento del Hijo de Dios trae alegría y esperanza. Realmente, es una necedad resistirse a esta fundamental oferta de alegría desbordante. Solo en el Señor hay alegría plena, por que es el Bien en absoluto, aquel Bien del cual no se puede esperar otro superior. 

Como  el pueblo estaba en expectación  y todos pensaban  que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles  "...Ya viene otro más poderoso que yo". Con la colocación del nacimiento en los hogares, aplicamos esa afirmación de Juan Bautista. Es un gesto simbolico sencillo, pero que al contemplarlo despierta una esperanza, y la esperanza conduce a la alegría. Por eso Juan se fue a preparar a la gente, para hacer ver que el tiempo de la liberación había llegado, donde la tristeza, la angustia  el sinsentido, estaban a punto de ser derrocados. "Me alegra saber que en vuestras familias se conserva la costumbre de montar el belén. Pero no basta repetir un gesto tradicional, aunque sea importante. Hay que tratar de vivir en la realidad de cada día lo que el belén representa, es decir, el amor de Cristo, su humildad, su pobreza. Es lo que hizo san Francisco en Greccio: representó en vivo la escena de la Natividad, para poderla contemplar y adorar, pero sobre todo para saber poner mejor en práctica el mensaje del Hijo de Dios, que por amor a nosotros se despojó de todo y se hizo niño pequeño" (Benedicto XVI, 13-Dic-2009).

"El belén es una escuela de vida, donde podemos aprender el secreto de la verdadera alegría, que no consiste en tener muchas cosas, sino en sentirse amados por el Señor, en hacerse don para los demás y en quererse unos a otros. Contemplemos el belén: la Virgen y san José no parecen una familia muy afortunada; han tenido su primer hijo en medio de grandes dificultades; sin embargo, están llenos de profunda alegría, porque se aman, se ayudan y sobre todo están seguros de que en su historia está la obra Dios, que se ha hecho presente en el niño Jesús. ¿Y los pastores? ¿Qué motivo tienen para alegrarse? Ciertamente el recién nacido no cambiará su condición de pobreza y de marginación. Pero la fe les ayuda a reconocer en el "niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre", el "signo" del cumplimiento de las promesas de Dios para todos los hombres "a quienes él ama" (Lc 2, 12.14), ¡también para ellos!" (Ibid.).

"En eso, queridos amigos, consiste la verdadera alegría: es sentir que un gran misterio, el misterio del amor de Dios, visita y colma nuestra existencia personal y comunitaria. Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María. Por eso el Niño, que ponemos en el portal o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo. Oremos para que toda persona, como la Virgen María, acoja como centro de su vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría" (Ibid). Que la Bondad conocida y experimentada, se irradie a través de nosotros como lo expresa San Pablo. La bondad lleva a la paz y la paz a la alegría, todo esto supera toda inteligencia humana y custodia los corazones y pensamientos en Cristo Jesús (cfr. Filipenses 4, 4-7). 


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