COMPARTIENDO EXPERIENCIAS

XI ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL
17-DICIEMBRE-2016

“Después de ser descubiertos como objetos de la misericordia, los ministros deben, como los clérigos santos, dar a los demás la riqueza más grande: la misericordia del Padre (Pbro. Laurent Touze).

En el tiempo de mi formación en el seminario escuchaba unas frases, las cuales dándoles orden son las siguientes: “¿Por qué existe el sacerdocio cristiano? Por el amor y la misericordia de Dios” “Por la gran misericordia de Dios hacia la humanidad fue instituido el sacerdocio, el Sacramento del Orden” “Somos indignos de participar del sacerdocio de Cristo, pero por su divina misericordia participamos de él”. Ciertamente es así, Jesús el Sumo y Eterno Sacerdote decidió elegir hombres para hacerlos participar de su Sacerdocio: “Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo” (Carta a los Hebreos 5, 1-3). El sacerdote, por tanto, es un hombre elegido por misericordia de Dios, para ser “testigo e instrumento de la misericordia divina” (Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne, Lima, 31 de mayo de 2002).

Aunque el sacerdocio existe por amor y misericordia de Dios, y el amor con la misericordia están estrechamente unidos, voy a resaltar la misericordia en unión con la acción de gracias y la humildad. En primer lugar, porque el 2015-2016 ha sido el año de la misericordia, y en segundo lugar, porque parto de mi consideración personal con ocasión de mis 11 años de sacerdocio.

“Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre”
(Salmo 115, 3-4).

Con 10 años y 8 meses de sacerdocio he llegado a la ciudad de Pamplona, España, para estudiar Filosofía en la Universidad de Navarra, enviado por el señor obispo. Separado de mi país, mi diócesis y del Seminario Menor “Pio XII”, y entrando en otra realidad con nuevos retos, he ido retrocediendo mentalmente a manera de película hasta el día de mi ordenación sacerdotal, lo cual me ha llevado a exclamar: “Gracias, Señor Jesús, por tu gran misericordia para conmigo. ¡! Como te pagare tanto bien, paciencia, compasión, compresión que has tenido conmigo!!” Estas exclamaciones han surgido desde el fondo de mi corazón, reconociendo a “Deus, dives in misericordia” (Efesios 4, 2).

Como cualquier ser humano, nos sentimos inclinados a quejarnos, a arrepentirnos de haber aceptado libremente una misión, de buscar excusas ante presiones, o incluso, sentirnos agrandados por un privilegio que se nos ha concedido, el cual tiene el objetivo de servir mejor en la diócesis, en la Iglesia. Tratando de ser profundo y sincero, reconozco que si se me ha dado la oportunidad de especializarme para servir mejor, si he llegado a 11 años de ministerio sacerdotal, si pude haber estado en situaciones deplorables, pero no llegue a ellas, si me salve providencialmente de merecidas reprensiones, es por pura misericordia de Dios. No es lo mismo decirlo cuando se ha comprendido todo esto existencialmente, que decirlo porque se ha leído en un libro, porque se ha aprendido en clases, meditaciones, predicaciones en el seminario, o repetirlo porque varios lo dicen en público. Sería un desagradecido si no valorara y agradeciera tanto bien, tanta misericordia, si me pusiera a juzgar a otros hermanos sacerdotes y demás personas en situaciones difíciles a causa de sus malas decisiones o errores, porque Dios me ha mostrado su misericordia. Bien decía el Papa Juan Pablo II, que la misericordia brota del amor. Es posible que alguien se sienta inclinado a hacer un análisis y quizá hasta un juicio por lo expresado en las anteriores líneas, mas espero sirva de motivación al lector hacia una auto consideración personal.

En la vida se nos dan momentos, ocasiones, situaciones que nos impulsa a revisar un presente concreto teniendo un punto de partida en el pasado. Mi humilde invitación es a tomarse un tiempo para hacer un viaje mental retrospectivo, con el objetivo de darle gracias a Dios, a abrirnos a la humildad, puesto que su misericordia se ha derramado en nosotros. Misericordia, acción de gracias, humildad.

Su Santidad el Papa Francisco nos ha dicho al respecto: “En este Año Santo Jubilar, celebramos con todo el agradecimiento de que sea capaz nuestro corazón, a nuestro Padre, y le rogamos que «se acuerde siempre de su Misericordia»; recibimos con avergonzada dignidad la Misericordia en la carne herida de nuestro Señor Jesucristo y le pedimos que nos lave de todo pecado y nos libre de todo mal; y con la gracia del Espíritu Santo nos comprometemos a comunicar la Misericordia de Dios a todos los hombres, practicando las obras que el Espíritu suscita en cada uno para el bien común de todo el pueblo fiel de Dios” (24 de marzo de 2016). Es que en verdad en toda nuestra vida está presente la acción misericordiosa de Dios. El descubrimiento de la misericordia en la vida personal es una fuerte invitación a serlo también con los demás.

Consideremos la reflexión de Laurent Touze (Profesor de Teología Espiritual en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, 3 de junio de 2016): “Embajador del Padre de las misericordias (2Co 1,3; 5,20) y siervo de sus hermanos, el sacerdote es animado a encarnar concretamente la caridad y la dulzura.

Para vivir su ministerio como donación de misericordia, el sacerdote está primero llamado a saberse receptor del agua de la misericordia, vocacionalmente misericordiado para vocacionalmente misericordiar. Pablo VI le recuerda que es «un preferido por la misericordia del Señor. Él lo amó de modo particular; lo marcó con un carácter especial, así lo habilitó para el ejercicio de potestades divinas; lo enamoró de Sí, hasta el punto de madurar en él el acto de amor más pleno y más grande del que el corazón humano sea capaz: la oblación total, perpetua, feliz de sí… Tuvo el valor de hacer de su vida un ofrecimiento, precisamente como Jesús, por los demás, por todos, por nosotros» (Audiencia general, 13 de octubre de 1971).

Similarmente, Juan Pablo II en una de sus cartas a los sacerdotes escribía: «Es importante [...] que sintamos la gracia del sacerdocio como una sobreabundancia de misericordia. Misericordia es la absoluta gratuidad con que Dios nos ha elegido: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16). Misericordia es la condescendencia con que nos llama a actuar como sus representantes, aun sabiéndonos pecadores. Misericordia es el perdón que Él nunca nos rechaza» (Carta a los Sacerdotes en el Jueves Santo 2001, n. 6).

Después de ser descubiertos como objetos de la misericordia, los ministros deben, como los clérigos santos, dar a los demás la riqueza más grande: la misericordia del Padre. El Papa Francisco dijo al inicio del año jubilar celestiniano: «San Celestino V, [...] como San Francisco de Asís, tuvo un sentido fortísimo de la misericordia de Dios, y del hecho de que la misericordia de Dios renueva el mundo. [...] Con esta compasión fuerte por la gente, estos santos sintieron la necesidad de dar al pueblo lo más grande, la riqueza más grande: la misericordia del Padre, el perdón. [...] Estos dos Santos dieron ejemplo. Sabían que, como clérigos –uno era diácono, el otro obispo, obispo de Roma–, como clérigos, los dos debían dar ejemplo de pobreza, de misericordia y de desprendimiento total de sí mismos» (Encuentro con la Ciudadanía y convocatoria del Año Jubilar Celestiniano, Isernia, 5 de julio de 2014). Esta vida misericordiosa debe caracterizar el estilo existencial del pastor, ha exhortado el Papa Francisco: «Un Pastor que es consciente de que su ministerio nace únicamente de la misericordia [...] no podrá jamás asumir una actitud autoritaria, como si todos fuesen a sus pies y la comunidad fuese su propiedad, su reino personal. [...] Ay si un obispo, un sacerdote o un diácono pensasen saberlo todo, tener siempre la respuesta justa para cada cosa y no necesitar de nadie. Al contrario, la conciencia de ser él el primer objeto de la misericordia y de la compasión de Dios debe llevar a un ministro de la Iglesia a ser siempre humilde y comprensivo respecto a los demás» (Audiencia general, nn. 2-3, 12 de noviembre de 2014)”.

María, madre de la misericordia, está pendiente de cada sacerdote, para animarlo a perseverar en la santidad y a volver al camino correcto si se ha desviado, a curarlo si está herido, a confortarlo si esta despreciado y abandonado. María, Madre de la misericordia, madre de la esperanza.

Pbro. Gustavo Romero
Pamplona, 26-Diciembre-2016
Fiesta de San Esteban, Protomártir


X ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL
17-DICIEMBRE-2015

“Hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y la Iglesia” (Papa Francisco, en la Audiencia General del 7 de octubre de 2015).

Del 4 al 25 de octubre del presente año, se celebró en el Vaticano, la XIV Asamblea General Ordinaria del sínodo de obispos, la cual versó sobre el tema «la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo». La asamblea expresó la voluntad de reflexionar sobre los puntos tratados en el Sínodo extraordinario de obispos sobre la familia (5-19 de octubre de 2014), con el fin de formular orientaciones pastorales adecuadas para la atención pastoral de la persona y la familia.

La asamblea de los obispos sobre la familia, la mirada materna y preocupante de la Iglesia hacia la Familia por medio de los Papas, me ha llevado a reflexionar en mi décimo aniversario sacerdotal sobre la importancia de la familia para el surgimiento de las vocaciones, en este contexto celebrativo, vocaciones al sacerdocio.

Las personas me han preguntado así como lo han hecho con otros sacerdotes: ¿Cómo surgió, nació su vocación? ¿Cómo fue su llamado? Quisiera compartir mi experiencia vocacional centrándome en la familia, mi familia como medio comunitario para escuchar la voz del pescador de hombres.

El año 1997, comencé a estudiar en la Universidad Nacional de “El Salvador”, en San Salvador, licenciatura en Química y Farmacia. Por supuesto, no quería estar viajando todos los días de San Vicente a San Salvador. Mi opción era una casa donde habitaban parte de mi familia paterna, con quienes me crie desde pequeño. Se dificultaba mi estadía en esa casa, así que mi nueva opción era donde dos tíos, a quienes no percibí muy de acuerdo, a pesar de haberme dicho que me esperaban. Le pregunté a mi papá si había otros familiares y él me mencionó la familia Romero, con cual nunca había tenido alguna convivencia. Como decimos en El Salvador: se rebuscó, gracias a Dios dio con una prima hermana y ella junto a su familia aprobaron la petición. La primera casa me quedaba a menos de un kilómetro de la Universidad Nacional, donde está tía en cambio me quedaba lejos, pues era en una colonia de Soyapango. La zona en ese tiempo ya era temida.

Con los familiares que crecí la pasaban bien, había confianza, pero en la familia Romero encontré un ambiente distinto: rezaban para comer, rezaban el Rosario todas las noches, iban a Misa, participaban en las Horas Santas, eras católicos comprometidos. No me considere en ese tiempo un joven con vicios o “perdido”, tampoco indiferente a lo relacionado con Dios, pero este ambiente familiar poco a poco me fue absorbiendo, acrecentando la semilla de mostaza puesta en mí. Pasado unos meses, yo iba por mi cuenta a la iglesia de Guadalupe, Soyapango. Crecía mi afecto hacia la Iglesia, la parroquia, el Santísimo Sacramento, la Virgen María. Lo que continua sería el desarrollo de mi vocación, pero quiero quedarme hasta acá. Pretendo resaltar lo siguiente: 1. Dios tiene un plan vocacional para cada persona y sabe cómo irlo ejecutando. 2. La familia cristiana es el ambiente propicio para el surgimiento vocacional. 3. La familia cuando está en sintonía con Dios, es una Iglesia doméstica, comunidad estrecha reflejo de la Santísima Trinidad, de la Iglesia Comunión. 4. La familia es una red. Mi familia significó la tierra propicia donde se desarrolló mi condición bautismal, mi fe, se clarificó el llamado por parte de Jesús el Buen Pastor.

El Papa San Juan Pablo II, el 26 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, del año 1993, dijo lo siguiente: “A pesar de los profundos cambios históricos, la familia sigue siendo la más completa y la más rica escuela de humanidad, en la que se vive la experiencia más significativa del amor gratuito, de la fidelidad, del respeto mutuo y de la defensa de la vida. Su tarea específica es la de custodiar y transmitir, mediante la educación de los hijos, virtudes y valores, a fin de edificar y promover el bien de cada uno y el de la comunidad.

Esta misma responsabilidad compromete, con mayor razón, a la familia cristiana por el hecho de que sus miembros, ya consagrados y santificados en virtud del bautismo, están llamados a una particular vocación apostólica por el sacramento del matrimonio (cf. Familiaris consortio52, 54).

La familia, en la medida que adquiere conciencia de esta genuina vocación suya y responde a ella, llega a ser una comunidad de santificación, en la que se aprende a vivir la mansedumbre, la justicia, la misericordia, la castidad, la paz, la pureza del corazón (cf.Ef 4, 1-4; Familiaris consortio21); llega a ser lo que, con otras palabras, san Juan Crisóstomo llama iglesia doméstica, esto es, el lugar en el que Jesucristo vive y obra la salvación de los hombres y el crecimiento del reino de Dios. Sus miembros, llamados a la fe y a la vida eterna, son "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4), se alimentan en la mesa de la palabra de Dios y de los sacramentos, y se manifiestan con aquel modo evangélico de pensar y de obrar que les abre a la vida de la santidad sobre la tierra y de la felicidad eterna en el cielo (cf. Ef 1, 4-5).

Los padres, desde la más tierna edad de sus hijos, manifestándoles cuidado amoroso, les comunican, con el ejemplo y con las palabras, una sincera y auténtica relación con Dios, hecha amor, fidelidad, oración y obediencia (cf. Lumen gentium35;Apostolicam actuositatem11). Los padres, pues, fomentan la santidad de los hijos, y hacen sus corazones dóciles a la voz del buen Pastor, que llama a cada hombre a seguirle y a buscar en primer lugar el reino de Dios.

A la luz de esta perspectiva de gracia divina y de responsabilidad humana, la familia puede ser considerada como un "jardín" o como el "primer semillero" donde las semillas de vocación, que Dios esparce a manos llenas, encuentran las condiciones para germinar y crecer hasta su plena madurez (cf. Optatam totius2)”.
“Jesús, cuando llamó a Pedro a seguirlo, le dijo que lo habría hecho “pescador de hombres”; y para esto se necesita un nuevo tipo de redes. Podemos decir que hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de la Iglesia. ¡No es una red que hace prisioneros! Al contrario, libera de las aguas malas del abandono y de la indiferencia, que ahogan muchos seres humanos en el mar de la soledad y de la indiferencia. Las familias saben bien qué es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extraños, o sólo un número del documento de identidad.
Desde aquí, de la familia, Jesús recomienza su pasaje entre los seres humanos para persuadirlos que Dios no los ha olvidado. Desde aquí Pedro toma vigor para su ministerio. Desde aquí la Iglesia, obedeciendo a la palabra del Maestro, sale a pescar, seguro que, si esto pasa, la pesca será milagrosa” (Papa Francisco, 7 octubre 2015).
El Santo Padre también ha señalado en alguna ocasión que “la que me enseñó a rezar fue mi abuela. Ella me enseñó mucho en la fe y me contaba las historias de los santos”. Es decir, en el seno familiar comenzó a abonarse la semillita de la fe del actual Pontífice. ¡Ojalá todas las familias cristianas reconocieran su potencial evangelizador! ¡Ojalá más familias se unan a la barca de la Iglesia y ser pescadoras de personas, semillero de vocaciones!

Tengo que reconocer que en estos últimos 4 o 5 años, el testimonio del obispo, de algunos sacerdotes formadores y otros, sobre todo mayores, la pastoral vocacional, han despertado, motivado y acrecentado en mí la inclinación pastoral hacia las familias. La cercanía y el deseo de acompañamiento familiar. A veces he notado hermanos padres no tan ordenados o sistemáticos en orden a la atención familiar, ciertamente la estructura ayuda, pero no podemos “casarnos” con la estructura, estar atados la gélida sistematización. Como decía un sacerdote misionero que nos habló de su experiencia hace años en una reunión de clero: “La amistad ha de ser como un octavo sacramento”. La amistad es primordial en la cercanía limpia, desinteresada y paternal hacia las familias. Esta aptitud pastoral hace introducir en la espiritualidad de la Sagrada Familia y desde ella anunciar y transmitir sus edificantes valores.

Queridas familias, oren por todos los sacerdotes y almas consagradas, gracias por su aprecio, por vernos como padres, hijos y hermanos al mismo tiempo; apóyennos, compártanos de su riqueza, formemos juntos la gran familia de Dios. Que la Sagrada Familia les bendiga.


Pbro. Gustavo Romero
Seminario Menor "Pío XII"
San Vicente



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