viernes, 19 de octubre de 2012

SÍNODO DE LOS OBISPOS 2012. XIII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA


HOMILÍA A LA HORA DE TERCIA,
DIRIGIDA AL PAPA Y A LOS PADRES SINODALES

El lunes 15 de octubre, Monseñor José Elias Rauda, Obispo de San Vicente, El Salvador, en el inicio de la segunda semana del Sínodo, después de la escucha de las presentaciones (relatio) de los padres sinodales, tuvo lugar la Oración inicial (Hora Tercia), en la cual se le asignó hacer la Homilía para todo los Padres Sinodales y en presencia del Papa Benedicto XVI. A continuación, damos a conocer la homilía dada por el Señor Obispo de la Diócesis de San Vicente, al cual se le agradece conceder y autorizar dicha publicación en este blog. 

Homilía a la Hora de Tercia, 15.10.12
                                                                                                     +Mons. José Elías Rauda.OFM
                                                                                                   Obispo de San Vicente, El Salvador.

Santo Padre, Venerables Padres Sinodales, hermanos y hermanas,  también hoy en la hora Tercia, hemos cantado: Ut simus habitaculum illi Sancto Spiritui. Es nuestra oración que pide al Padre la acción de su Espíritu en esta XIII Asamblea Sinodal cum Petrus; que experimentemos el soplo del Espíritu en la Iglesia para que la renueve, la enriquezca con sus dones, especialmente con muchos santos y santas. Necesitamos un viento que nos impulse a remar mar adentro en la tarea de la Nueva Evangelización, un fuego que nos purifique e ilumine, trasforme nuestros corazones como hizo con los Apóstoles; haga arder en nosotros el amor a Cristo, para que con pasión, alegría y entusiasmo anunciemos la novedad absoluta de Jesucristo y todo cuanto Él nos ha mandado (Mt 28,19-20). De modo que sigamos el ejemplo de los 12 Apóstoles que llevaron a todos los pueblos y culturas el Evangelio de Cristo. Todos necesitan del anuncio de la Palabra:“La Iglesia es misionera en su esencia. No podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo: son para todos, para cada hombre. Toda persona de nuestro tiempo, lo sepa o no, necesita este anuncio” (VD 91b).
Me llama profundamente la atención el amor desmesurado que el salmista tiene por la Palabra de Dios. El salmo 119 que hemos apenas cantado es un elogio a la Palabra de Dios y constituye la composición más extensa del salterio, está recogida en estas 22 estrofas, cuantas son las letras del alfabeto hebraico. Usa 10 términos diferentes, cada uno de los cuales coloca la Palabra de Dios en un ámbito o función particular: Ley; enseñanzas, preceptos, decretos, sentencias, mandamientos, palabras, vías, promesa, juicios. Es la voz de Dios para sus hijos, la luz que resplandece en las tinieblas de la ignorancia del hombre sobre las cosas de Dios.
El amor del salmista por la Palabra de Dios es fruto del conocimiento profundo de la misma, y es para él guía, alegría y sabiduría perfectas. Lo debe ser mucho más para nosotros pues esta Palabra, Logos, está a nuestro alcance y tiene rostro humano en Jesucristo (cfVD 12) y debe habitar en nosotros con toda su riqueza.
Dice el salmista “Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma, enséñame tus leyes, guardaré tus preceptos”. Experimenta dolor frente a los que no los observan. Rívulos aquarum deduxérunt óculi mei, quia non custodierunt legem tuam. Peor sufrimiento siente ante aquellos que no la conocen. Esto nos recuerda las palabras de San Jerónimo: Conocer las Escrituras es conocer a Cristo, desconocerlas es desconocer a Cristo. Aquí conviene recordar que, como dice el Santo Padre Benedicto XVI:Tantos hermanos están bautizados, pero no suficientemente evangelizados. Con frecuencia, naciones un tiempo ricas en fe y vocaciones van perdiendo su propia identidad, bajo la influencia de una cultura secularizada. La exigencia de una nueva evangelización, tan fuertemente sentida por mi venerado Predecesor, ha de ser confirmada sin temor, con la certeza de la eficacia de la Palabra divina” (VD, 96). De ahí la urgencia de que la Palabra de Dios llegue a todos  los hombres y mujeres a través de testigos que la hacen presente y viva” (VD 97), como lo han hecho los santos, quienes son para nosotros modelos, amigos e intercesores.
«Santi sarete per me, poiché io il Signore, sono santo e vi ho separati dagli altri popoli, perché siate miei» (Lv 20,26). Para entender mejor este versículo es bueno recordar que todo el libro del Levítico tiene una verdad basilar: toda la vida del pueblo es regulada  de la voluntad de Dios. Israel tiene la obligación  de ser un pueblo santo, observando los mandamientos que Dios le ha dado. Dios es santo y su pueblo debe acercarse a Él en santidad (Lv 11,45).
La expresión Ut essetis mei, perché siate miei, para que seáis míos, es un modo de expresar la ley. Ser santos significa ser propiedad de Dios, Kλερόσ. Este pertenecer a Dios, implica prolongar la santidad de Dios por medio de la justicia y el amor a los hermanos.  Esta misma idea la encontramos en el Evangelio: “Vosotros pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48). También San Pablo nos dice: “Por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef. 1,4). Versículo ubicado dentro del plan divino de salvación.
El nos ha elegido para que en este momento histórico, con un nuevo ardor y una fe sólida y robusta, propia de los mártires y santos  cumplamos con el mandato de Cristo de ir al mundo entero a hacer discípulos a todas las gentes… (Mt 28, 19). El Beato Papa Juan Pablo II recordaba que “La evangelización necesita, ante todo, de testigos, es decir, personas que hayan experimentado la transformación real de su existencia por la fe en Jesucristo y sean capaces de transmitir esta experiencia a otros. La Nueva Evangelización ha de tener como primer objetivo el hacer vida el ideal de santidad…” (Juan Pablo II, Alloc.,18 de feb. 1994).
La santidad es la meta de todos los bautizados (cf. LG 50). Los santos han vivido realmente la Palabra de Dios. Santa Teresa de Jesús, carmelita, es un ejemplo de ello. Santa Teresa “recurre continuamente en sus escritos a imágenes bíblicas para explicar su experiencia mística, recuerda que Jesús mismo le revela que «todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura».[ Libro de la Vida, 40,1 (VD 48).
“Eritis mihi sancti” (“Sarete santi per me”): es la llamada vigorosa de la lectura breve de hoy. Hasta el diseño arquitectónico de la Basílica de San Pedro y de la Plaza nos invitan a la santidad. Contemplamos a Cristo, y a sus santos apóstoles en la fachada, las colosales estatuas de San Pedro y San Pablo y las 140 estatuas de santos que coronan las 284 columnas de la plaza. Los santos: modelos, amigos e intercesores: "Nos ofrecen el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión para que alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita" (Prefacio de los Santos I). Que la mirada a la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nos estimule a evangelizar como ellos lo hicieron, ordenando nuestra vida según Dios.
Oh Santa Teresa, Regis superni núntia, O Caritas Víctima… Ora pro nobis… (P. Urbano VIII,+1644).