viernes, 16 de diciembre de 2011

PARA MEDITAR Y VIVIR MEJOR ESTE TIEMPO DE NAVIDAD


Al poner hoy el Nacimiento o Belén

Francisco Varo 

Llega la Navidad. Es la "fiesta de familia" por excelencia. Todos disfrutamos poniendo el viejo Belén, que es siempre nuevo. El Evangelio no es un simple relato del pasado, sigue siendo actual
Navidad es la fiesta de los niños, de los padres, de los abuelos, de los tíos y los primos, de los amigos. Todos disfrutamos poniendo el viejo Belén, que es siempre nuevo. Allí están los pastores guardando los rebaños en la noche, cuando se les presenta el ángel que anuncia la buena noticia, a la vez que escuchan el canto de los cielos: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres". Allí están, también hoy, hombres y mujeres que trabajan duro, o que buscan y rebuscan el puesto de trabajo que les hace falta, con los mismos deseos en su corazón: una ocupación que proporcione estabilidad a sus familias y una vida en paz. Un trabajo digno al servicio de las personas -no sólo fuente de ingresos para unos pocos- y paz en el mundo. Paz justa en Belén y en Tierra Santa, paz para Iraq, paz para Costa de Marfil, paz para Colombia y Venezuela, paz en nuestra tierra. No más guerras, terrorismo ni violencia. Necesitamos que el canto de los ángeles siga siendo actual.
Los pastores se dirigen a Belén, donde ha nacido el Rey de la Paz. Le ofrecen lo que tienen, el fruto de su trabajo. Y allí se encuentran con una familia pobre que los acoge en un portal. No tienen mejor casa donde recibirlos. José, un carpintero. María, con sus tareas de ama de casa. Un niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Un buey y una mula que dan calor. Nada se echa en falta.
El abuelo sigue explicando a los nietos cada una de las figuras y dice dónde hay que ponerlas. Las más vistosas son tres personajes montados en un camello: los Magos. Dice el Evangelio que habían visto una estrella en Oriente y que, dejando allí todas sus cosas, la siguieron. Las gentes de Jerusalén no están acostumbrados a ver hombres así. Uno tiene la piel morena, otro los ojos rasgados. Son extranjeros. Hablan otra lengua y no conocen la cultura ni las tradiciones locales. Su presencia suscita recelos a Herodes y a toda su corte de poderosos. Pero vienen guiados por la estrella de Dios y, con esfuerzo y perseverancia, con valentía, logran dar con la familia de Belén. Allí se encuentran en su casa. Son buena gente, que ofrecen lo que tienen. Por eso, son acogidos con afecto. En la familia de Dios no sobra nadie. Ahí siguen llegando. Unos en patera. Otros agotados por los días de autobús. No faltan los que gastaron todo en un pasaje de avión. Mujeres y hombres que vienen a dar lo que tienen, su trabajo…
Los niños saben que no están soñando cuando ponen el Belén. Por eso sitúan a San José muy cerca de la Virgen, y los dos mirando al Niño. Porque necesitan verse siempre así. Con papá y mamá muy unidos, notando el calor del afecto.
Los pastores, los magos, todos los que llegan al Portal saben el motivo de tanto gozo: "Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor".
El Evangelio no es un simple relato del pasado, sigue siendo actual. La vida cristiana es la vida de Cristo, del bautizado identificado con Cristo, que actúa hoy en la vida ordinaria de los hombres en medio del mundo. La Navidad, los Reyes, la Semana Santa o la Pascua forman parte de nuestras raíces, de nuestras costumbres, del patrimonio cultural de nuestra tierra. La identidad cristiana no es sectaria ni excluyente. ¿Por qué tanto empeño por parte de algunos en eliminarla? Merece ser reconocida. Creyentes y no creyentes, hombres y mujeres de todas las razas, sea cual sea su visión de la vida, estamos invitados a acercarnos al calor de esta familia sencilla y acogedora, la de Jesús, María y José. Es Navidad.
"Que cada familia pueda abrir las puertas al Señor que vendrá en Navidad para traer al mundo la alegría, la paz y el amor", es el deseo de Juan Pablo II para todos.

Navidad: Mensaje de Amor

Jutta Burggraf 

Dios nos manifiesta que su entrega a los hombres no tiene límites. Jesús revela a un Dios que se oculta en la pequeñez, desciende a la debilidad completa y se deja vencer.
Es nuestro mundo al revés. Y es un mensaje de amor. Estamos de nuevo en esta lógica de amor de un Dios que desciende, y desciende a lo más bajo. Un Dios que se humilla. Nos encontramos ante un Dios que se hace pequeño y pobre, que ocupa el último puesto, el puesto del niño. El niño simboliza a todos los que no pueden desenvolverse solos, el pobre representa a los que tienen «hambre y sed», los que están encarcelados o en una tierra extranjera. «Cuánto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios –la grandeza, la belleza y el poder absoluto– se oculte en el más pequeño, en el más débil, en el que sufre más.
Dios nos manifiesta desde el misterio de la Navidad que su entrega a los hombres no tiene límites. Está dispuesto a compartir nuestras necesidades y nuestros sufrimientos. Por eso oculta la gloria de su divinidad y se hace presente en un Niño. Toma libremente el camino descendente para sanarnos en lo más hondo de nuestro ser y atraernos al corazón de su amor trinitario.
Isaías había anunciado ya la ternura del Mesías: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha que se extingue». Su misión consistirá en «llevar la Buena Nueva a los pobres, curar los corazones oprimidos, anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los presos»
Jesucristo ofrece a todos los hombres el don de una nueva vida, que consiste esencialmente en una nueva amistad con Dios. No excluye a nadie, por pobre y pequeño que sea. Se muestra cercano a los afligidos y abatidos, a los enfermos e ignorantes, a los marginados y condenados: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso». Los débiles y despreciados de toda clase descubren en Jesús una felicidad inesperada. Se ha acabado el tiempo de la soledad, de la vergüenza y de la humillación. Sienten cómo son acogidos, cómo se les devuelve una dignidad en la que ya no creían.
Jesús se hace amigo de los niños y de los pobres, e incluso se identifica con ellos. El niño simboliza a todos los que no pueden desenvolverse solos, el pobre representa a los que tienen «hambre y sed», los que están encarcelados o en una tierra extranjera. «Cuánto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios –la grandeza, la belleza y el poder absoluto– se oculte en el más pequeño, en el más débil, en el que sufre más.

La lógica del amor

Los hombres solemos admirar a una persona importante y grande, pero también la tememos. Ordinariamente es más fácil amar a alguien que es débil y que nos necesita. Quizá sea esta una de las razones por las que Jesucristo se hace pequeño y vulnerable: quiere entrar en comunión con nosotros. Nos enseña así que la lógica del amor es distinta de la de la razón o del poder: amar es ponerse al alcance del otro.
En su paso por la tierra, Jesucristo perdona los pecados a los que se arrepienten de ellos; al mismo tiempo nos revela la alegría de Dios al perdonar; nos muestra a un Dios que se «conmueve» ante nuestro destino. La parábola de la oveja extraviada, por ejemplo, nos da a conocer la felicidad del pastor que recupera su pequeño animal; no dice nada sobre el «estado anímico» de la oveja: cuando el pastor la encuentra, se la coloca, rebosante de alegría, sobre los hombros.
En la narración de la mujer pobre que ha perdido una moneda, Jesús nos lleva de nuevo más allá de la escena cotidiana. El desvalimiento y la angustia de esta pobre mujer son una imagen de otro dolor, en este caso infinito: el «dolor» del mismo Dios en su búsqueda del hombre perdido. A través de la protagonista de la parábola, Jesús nos habla de Dios que está removiendo cielo y tierra para encontrar lo que está perdido. Y la alegría de la mujer al encontrar su moneda es la felicidad de Dios por haber encontrado al hombre desviado".

Padre misericordioso

La historia del hijo pródigo expresa el mismo hecho con la máxima claridad. Cuando el padre ve a su hijo volver a él –descamisado, flaco y mugriento–, corre a abrazarle, sin juzgarle, sin hacerle reproches, sin ni siquiera decirle «te perdono». El padre sólo tiene un deseo: recuperar a su hijo, vivir en comunión con él. Este deseo es más fuerte que las heridas que el joven le ha provocado.
Así ama Dios a los hombres. Baja del cielo para liberarles de su culpa y su miseria. No es nuestro amor la causa y la medida del perdón divino. Es el amor misericordioso y absolutamente gratuito de Dios el que, por el contrario, tiende a provocar nuestro amor contrito y agradecido.
Cuando Jesucristo comienza su ministerio público, Juan el Bautista declara que no es digno de ponerse de rodillas ante Él para desatarle la correa de sus sandalias`. Más tarde, una mujer pecadora lava con sus lágrimas los pies del Mesías, y María de Betania los unge con un valioso perfume . Estos gestos, por pequeños que sean, parecen adecuados en el trato con un Dios que se ha hecho hombre, ya que expresan mucho respeto y un gran amor.

Maestro que sirve

Sin embargo, poco antes de la pasión vemos a Jesús arrodillado ante los apóstoles lavando sus pies. En lugar de servir al maestro, es ahora el maestro quien sirve a sus discípulos. De esta manera les da a entender que el Reino prometido ya ha llegado el Reino en el que el mismo Señor «se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá».
Estamos de nuevo en esta lógica de amor de un Dios que desciende, y desciende a lo más bajo. Un Dios que se humilla". Nos encontramos ante un Dios que se hace pequeño y pobre, que ocupa el último puesto, el puesto del niño o del esclavo. En la cultura judaica de aquel tiempo, era normalmente el esclavo el que lavaba los pies a su señor. «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve».
Jesús –como se canta en un villancico navideño- bajó «a la tierra para padecer». Nos ha prestado el máximo servicio con su muerte en la cruz. Allí escuchamos la última palabra del amor, si es que puede tenerla el amor. Que Dios se haya revelado definitivamente en un crucificado es algo que contradice todas las expectativas humanas. Es «escándalo para los judíos, locura para los gentiles». Dios pobre, se pone de rodillas como un simple criado, se deja atacar e injuriar, ya crucificado. Es un escándalo. Es nuestro mundo al revés. Y es un mensaje de amor.
Jesús revela a un Dios que se oculta en la pequeñez, desciende a la debilidad completa y se deja vencer. Su descenso se inicia cuando toma la naturaleza humana, se manifiesta claramente en el lavatorio de los pies y culmina en la pasión y la muerte. «Hemos visto su gloria», exclama San Juan, refiriéndose principalmente a la gloria de la cruz. La «gloria de Dios» es el amor.
Es el descenso de Dios por amor al hombre (kenosis) en la pasión de Jesús lo que comienza a exaltar a Jesús (cfr. Jn 12, 32). De este modo se cumple en Jesús la paradoja que se cumple en todo amor auténtico: es la entrega y el empequeñecerse a sí mismo por el bien del otro, lo que más engrandece a una persona.

Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra

Dar gloria a Dios -«en el Cielo», cantan los Ángeles en Belén-, pero también en la tierra, no es simplemente una forma de hablar, sino una forma de vivir. Dios nos llama a un estilo de vida completamente nuevo: nos invita a entrar en su Reino, no sólo después de la muerte, sino aquí y ahora. Para quien ha comprendido esto, la unión con Cristo llega a ser más importante que cualquier otra cosa. Una pequeña anécdota lo ilustra de un modo gráfico: en una ocasión, preguntaron a un párroco por uno de sus feligreses: «¿Quién es el señor que acaba de salir de la iglesia?» Y el párroco contestó: «Es uno de mis ancianos que vive en comunión con Dios y que, además, hace zapatos»
Vivir con Dios es una experiencia liberadora; es como si una persona hubiera atravesado el Mar Rojo, haciendo el paso de la esclavitud a la libertad. Tiene ahora una nueva conciencia de sí misma, siente un gran alivio y un amor que corresponde a los deseos más profundos de su corazón. El hombre no se contenta con soluciones pasajeras. No quiere vivir cien años, sino para siempre. No quiere ser un poco feliz, sino plenamente. El único camino para lograrlo es la comunión con Cristo.
Una persona libre sabe liberar también a los demás. Despierta la vida de los que le han sido confiados, y ayuda a cada uno a crecer según su propio ritmo.
No es verdad que la fe en la vida eterna haga insignificante la vida terrena. Por el contrario, sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre la tierra es grande y su valor inmenso. Estamos llamados a vivir en íntima comunión con Dios y con los demás hombres, y a convertir así toda nuestra existencia en una alabanza al Creador. De este modo podemos anticipar la realidad del Reino de Dios. En otras palabras, nuestra vida tiene la seriedad de un «ensayo general» de lo que haremos por toda la eternidad: transparentar el amor, la bondad y la misericordia divinas.
No se trata de una relación externa entre la tierra y el cielo, tal como un niño puede entender las enseñanzas religiosas: si cumples la voluntad de Dios en este mundo, recibirás un premio en el otro. Hay más bien una conexión interna y necesaria entre nuestra actuación aquí y allá. Si una persona no llegara a ser «alabanza de su gloria», sería un cuerpo extraño en el cielo.
Conviene estar preparados para la «representación final» cuando se realice plenamente el plan creador de Dios. Lo que vamos a hacer después de nuestra vida no debería cogernos por sorpresa. Por eso es tan importante darnos cuenta de que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. Dar gloria al Señor en la tierra es descubrir y comunicar, aquí y ahora, la felicidad del cielo: «alabamos tu nombre por siempre, ahora y en la eternidad», rezamos en el Te Deum.
El sentido del misterio de Belén, del humanarse de Dios Hijo, haciéndose Niño, pequeño, desvalido, se podría resumir así: «Dios nos llama a su propia bianeventuranza» (CEC, n. 1719). Por eso, el Ángel les dice a los pastores: «¡Alegraos!, os anuncio una gran noticia, que lo será para todo el pueblo…»


Diálogo con el «Niño Lindo»

Pbro Dr. Antonio Orozco Delclós 

Meditación de Don Antonio Orozco-Delclós: – Aquí me tienes, en el pesebre. Aquí, tu Dios-disponible, tu Dios Acción de gracias, tu Dios Humilde, tu Dios que todo lo recibe y todo lo da, dándose…
Dime, Niño, ¿de quién eres, todo vestido de blanco…?
- Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo
- ¿DE LA VIRGEN MARÍA? ¿Cómo es éso? ¿Cómo puede ser virgen, UNA MADRE?
- Cosas del Creador del Universo. Él puede hacer madre a una mujer sin contar con varón. Si el varón vivifica es porque ha recibido poder de Dios, Vida en plenitud, infinitamente fecunda. El Espíritu es Señor y Dador de vida.
- Niño lindo, eres un milagro grandísimo…Pero me asalta una cuestión: ¿era menester que fuera virgen, tu Madre?
- La maternidad es una maravilla y la virginidad por Amor es otra. Ninguna de las dos podía faltar en la Maravilla de maravillas. La virginidad es flor enhiesta de alta montaña, belleza inaccesible, sólo para el honor de Dios, esplendor del Espíritu en la tierra. Lo saben los limpios de corazón. La maternidad es poder de participar en la fecundidad infinita del Padre, belleza distinta, co-creante del número de los elegidos. María, es Virgen y Madre. Por tan singular privilegio, puedes colegir el valor –a los ojos de Quien todo lo ve- de lo castísimo, la hermosura de la joya en apariencia infecunda, dedicada por entero al Amor.
- Por eso debe de ser, Niño de Madre Virgen, que tu carita es preciosa y tus ojos enamoran… Dime, ¿desde dónde miran tus ojos?
- Mi mirada es de Niño y de Dios. Yo soy Hijo de Dios en lo eterno y de María en el mundo. Entiéndelo bien: soy Dios Hijo. El Padre y Yo somos uno. Vislúmbralo: cuando tú eras una persona pequeñita en el seno de tu madre, erais dos –dos personas distintas, pero como una sola vida. En rigor, no erais una sola vida, sino dos vidas (creadas). La tuya no era la de tu madre ni viceversa, pero tu vida estaba totalmente inmersa en el seno materno y vivías enteramente a expensas de ella, ¿me sigues?
- Con esa analogía, por elevación me parece atisbar que una sola Vida (increada, infinita, plena) pueda "palpitar" en dos Personas distintas (increadas), porque ambas -siendo distintas- posean… ¿una sola substancia o naturaleza … ?
- Correcto. Y puedes intuir que Yo sea engendrado eternamente por mi Eterno Padre, y permanezca eternamente en su seno de infinita fecundidad, viviendo en plenitud la vida de mi Padre. Yo soy –el Niño remarca con énfasis el «Yo soy»- Hijo eterno en el seno eterno de la vida plena, infinitamente fecunda de Dios Padre.
- ¡No es tan difícil, aunque misterioso!. Continúa, Niño Lindo.

LA PLENITUD DE VIDA QUE SE DA

- En mi Padre no existe el límite material que hay en las madres. Para ser Yo -engendrado eternamente por el Padre-, no he de ser «dado a luz». Yo soy la Luz, Luz de Luz. No he de nacer propiamente, y de ningún modo crecer o evolucionar dentro o fuera de Dios. Yo soy eternamente Yo. El Padre y Yo somos dos en uno. Créeme, este misterio es la sencillez suma. Somos Amor eterno, eternamente enamorados, rostro con rostro; el mío es Imagen perfecta del suyo. Con un amor tan grande y perfecto que es Amor-Persona, la tercera, el Espíritu Santo, Fruto personal de nuestro Amor, sin comienzo ni término; el Espíritu Santo es la Persona-Amor.
- Tres en Uno… ¡Es de noche! Pero amanece. La Aurora es María, Madre Virgen. El Día, la Luz, es el Niño Dios, Niño Lindo, ante quien me rindo.
- Yo lo he recibido todo del Padre. El Padre es EL QUE DA: LA PLENITUD DE VIDA QUE SE DA, Yo soy EL QUE RECIBE: LA PLENITUD DE VIDA RECIBIDA DEL PADRE. Mi Padre es el DAR TOTAL, Yo soy el RECIBIR TOTAL, en el seno del Único Dios verdadero. Este es el punto que quisiera meterte en la cabeza y en el corazón: en la intimidad del Dios tres veces Santo hay un RECIBIR EN PERSONA: YO. Todo lo recibo del Padre.
- ¿Por eso no tienes padre en la tierra?
- Es una poderosa razón. Pero, cuidado, José es más padre que todos los padres del mundo; virginal, un prodigio del Espíritu, para salvaguardar la virginidad de mi Madre y darme una familia en el mundo, y sacarla humanamente adelante, defenderla, conducirla, ¿cómo te lo diría?, para ser providencia de la Providencia; y para enseñarme a ser hombre, a trabajar el hierro y la madera; y enseñar a ser padre a todos los padres.
- Realmente, Niño Lindo, tú tienes palabras de vida eterna. ¡Qué preciosidad!. Eres Dios …, ¿por qué te has metido en este «berenjenal», en el espacio y en el tiempo…?
- ¿¡Por qué me has pellizcado!?
- Para ver si eres niño de verdad, no vayas a ser un fantasma, un espectro virtual o algo así. También te podrías aprovechar de tu poder divino para neutralizar un eventual sufrimiento humano…
- ¡Yo bajé a la tierra para padecer…!
- ¿Por qué tienes que padecer?
- ¡Para salvarte! Mi nombre es Jesús, que significa Salvador.
- Salvarme, ¿de qué?
- De ti mismo, de tus cadenas
- ¿De mis cadenas?
- Sí, de tus cadenas.
- Sí…, de mis cadenas…
- De tu autosuficiencia; de la falsa autosuficiencia de la humanidad. Tú y tus hermanos estáis como en Babel, construyendo un mundo de espaldas a Dios, desafiando a Dios, os creéis dioses sin Dios, empeñados en eternizar el tiempo. Sois soberbios como hijos de satanás…
- ¡Niño! ¡Niño Lindo! ¡Qué severidad! Asoman lágrimas grandes a tus ojos claros … ¿También los dioses lloráis?

LOS DIOSES NO LLORAN, DIOS SÍ

- Los dioses no lloran, que son de piedra y metal. Dios sí, que es Amor. No se puede ver la autoperdición de un hijo, sin llorar amargamente. Se ha de hacer lo que sea, cualquier locura que el corazón dicte para recobrar la vida, ¡el amor!, de los amados. La vida es muy severa, muy seria… y ha de ser muy alegre.
- Yo creía que…
- Creías que Dios no tiene corazón, ni entrañas, ni lágrimas. No has leído bien la Escritura. Creías que el pecado del hombre es una banalidad. En cierto modo lo comprendo, porque el pecado supera infinitamente al hombre finito que lo comete. Precisamente porque Dios no es de piedra, ni de oro, ni de plata, por eso sufre inescrutablemente, por eso Yo he venido a la tierra: para padecer, libremente, por puro amor, para dar la vida en redención de muchos…
- Niño mío, Dios mío, Madre mía… Tú, Dios Hijo, el Amado del Padre, Rostro Imagen del Padre, has venido a ser Sufrimiento del Hombre, imagen del Sufrimiento del Padre… Redentor del hombre, de la esclavitud y la muerte de los hijos, por el sufrimiento … Muchos creen en un Dios majestad, todopoderoso, y sin embargo, les repugna un Dios inerme, como tú, Niño Lindo, entre pañales, en un pesebre, y después clavado -¡vencido!- en la tortura de la cruz…
- Porque su imagen es la de un Dios grande a la medida de la pequeñez creatural, un Dios en majestuosa soledad, solitario, no Amor, no Humildad. Un Dios que no sabe recibir y, en consecuencia, no sabe dar. Puede ser el Hacedor del mundo, el Arquitecto del universo, pero no el dador del don perfecto, el perdón. Un Dios que no es el Dios Vivo revelado en las Escrituras.

«DIOS ES FAMILIA»

¡Dios es Familia!, es Padre (Paternidad), Hijo (Filiación) y Amor (tercera Persona), la esencia de la familia. Por eso, al venir al mundo, al humanarme, he querido nacer en una «familia esencial», espejo de la Trinidad del Cielo, modelo de todas las familias de la tierra, para iniciar un gran movimiento -«revolución», podrías decir, en tu concepto- que alcance a hacer de todas ellas, una sola, íntimamente enlazada a la Familia que es Dios Trinidad.
Sólo hay un enemigo: la gran estupidez bien llamada soberbia, la autosuficiencia. Mi Padre os ha hecho a nuestra imagen y semejanza: el hombre supera infinitamente al hombre. Finito por naturaleza se halla abierto al Infinito por la inteligencia y el amor. Por eso se puede confundir con Dios. Pero con un Dios falso, soberbio, sin humildad, sin capacidad íntima de recibir.
Por eso vengo Yo, Humildad en Persona, despojado de todo vestigio de gloria celestial y me veréis en la más ignominiosa humillación. Para que entendáis que si la indigencia, la pobreza, la tortura, la angustia, el pavor, la tristeza de muerte y tantas cosas que sufriré en mi Pasión hasta la muerte de cruz, es digna de Dios –porque si no, por ahí no pasaría-, todo eso es también digno del hombre. Más aún, ahí está la medicina, la salvación de lo que más importa: la curación radical de la soberbia. ¡Contra soberbia, humildad! ¿O has olvidado lo más elemental del Catecismo?

SÓLO EL QUE SABE RECIBIR, SABE DAR

YO SOY LA HUMILDAD, la virtud del que recibe, no de cualquier manera, sino reconociendo el don. ¿Reconoces ahora mismo estar recibiendo cada uno de los latidos de tu corazón? ¿Reconoces que cada instante de tu vivir, sea como sea, es don? Saber recibir, es saber agradecer el don. ¿Agradeces cada respiración, cada uno de los pasos que puedes dar en la vida, y los que no puedes dar, porque no los necesitas? ¿Andas por ahí quejumbroso como si no fueses hijo de Dios?
Yo me siento tan a gusto entre las pajas del pesebre, como en los mullidos divanes de los ricachones, como en el lecho vertical de la cruz. Entiéndeme, estoy feliz, porque lo entiendo, en todo caso, como don recibido del Padre para mucho bien. Sólo el que sabe recibir, sabe dar. Recibir, reconocer, agradecer, es tanto como decir estar disponible, ponerse a disposición de mi Padre, puesto que todo cuanto soy y puedo es don suyo. Toda su providencia es amorosísima y sapientísima. Es preciso aprender a leer en ella, en las cosas que pasan y me pasan, que te pasan.
Disponibilidad es actitud de darse sin reservas a la sabiduría y al amor del Padre. Es no tener otro norte. Vivir por Él y para Él. Más fácil: mirarme, contemplarme, y seguirme, sin pararte a pensar que no vales, que no sirves, que eres un miserable… ¡los miserables! Muchos le llaman a esto humildad, pero no es más que cobardía y comodidad. Es verdad si lo dices prescindiendo de Mi: sin Mi no puedes nada, no vales nada, no puedes nada, ni siquiera existes. Pero si tienes un aliento de vida, puedes amar, puedes seguirme. Intentarlo al menos, ya es seguirme. Ya tienes un don que reconocer, agradecer y dar y hacerlo fructificar en la banca del amor. Yo también daré un último aliento y pondré mi espíritu en manos de mi Padre en un acto supremo de Redención.
Aprende de mi Madre. Ella no dice: ¡ah, Señor, yo sirvo de esclava, pero nada más. No podré ser tu Madre!. ¡No! Dice: ¡Hágase en mi según tu palabra!. Esto es humildad. Si te quedas enredado en tus miserias serás cada vez más miserable. ¡Eres hijo de Dios! ¡Atrévete a serlo cada día más! Tienes talentos. Aprende a recibirlos, los que sean, sin humillación. ¡Agradécelos!. Da gracias siempre por todo, a mi Padre y a aquellos de quienes se sirve mi Padre. Así estarás siempre disponible para dar y darte con una humildad que te llenará de alegría.
- Niño Lindo, ante ti me rindo, Niño lindo, eres tú mi Dios… Me lo das todo, te me das entero en la Eucaristía. ¡Belén permanente! Sálvame de mí mismo, de todas las cadenas que me impiden recibir con libertad tus dones y darme, a Ti y a los demás.
- Aquí me tienes, en el pesebre. Aquí, tu Dios-disponible, tu Dios Acción de gracias, tu Dios Humilde, tu Dios que todo lo recibe y todo lo da, dándose: ha venido no a ser servido sino a servirte, despojado de toda gloria divina y de toda gloria humana, para necesitarte, para recibir tu calor y tu fuego, tu ternura y compasión, delicadezas de amor y reciedumbre, fortaleza, oración, trabajo, apostolado… ¡Ven y sígueme!. Crece conmigo, en sabiduría, estatura íntima y gracia ante Dios y ante los hombres. Hazte niño y cántame como si fueras Yo:
Mi Madre es del Cielo, mi Padre también.
Yo bajé a la tierra para padecer (bis)…,
Después, el Belén eterno. Ahora, el ciento por uno y más tarde, no mucho más tarde, la Vida eterna.