domingo, 24 de julio de 2011

FORMACIÓN PERMANENTE


"LA ESPIRITUALIDAD DEL SACERDOTE DIOCESANO"

Este viernes 22 regresaron de Managua, Nicaragua, la delegación de sacerdotes salvadoreños que asistieron a este curso de formación permanente para sacerdotes. De nuestra diócesis de San Vicente asistieron los dos sacerdotes encargados de la Pastoral Sacerdotal: Revdo. Padre Eduardo Chávez y revdo. padre Inocencio Alvarez, a quienes acompañó el revdo. padre Rogelio Pacas. De todo nuestro país, fueron en total 14 sacerdotes relacionados con esta área de trabajo. 

Este Lunes 18 de Julio, en el Seminario Mayor Arquidiocesano “La Purísima”, inició dicho curso de formación permanente para Sacerdotes. Este curso ha sido impartido por S.E. Mons. Silvio Báez, Obispo Auxiliar de Managua a delegados de cada Diócesis de la Provincia Eclesiástica de Nicaragua y fuera de ella. Finalizó el Jueves 21 de Julio.

El padre Eduardo expresa la satisfacción de haber asistido a este curso, porque fueron a conocer nuevas ideas y a profundizar las que ya se tenían; la calidad de las exposiciones, la fraternidad y visión común entre los participantes, el buen trato de los organizadores y otros aspectos más.

Los padres de nuestra diócesis, por lo tanto, fueron para ir teniendo cada vez más clara esta encomienda pastoral, para fundamentar y aplicar los elementos necesarios para una buena formación permanente en el clero. Valoramos el esfuerzo de nuestro obispo en estar empujando la formación permanente, tan necesaria tanto para los sacerdotes jóvenes como para los adultos. Esperamos cosechar frutos en nuestro clero por la asistencia de nuestros hermanos sacerdotes, en concreto, el vivir según la espiritualidad de un auténtico sacerdote diocesano. 

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¿Cómo debe ser la formación permanente en la vida del sacerdote?

El Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, en el no. 74, responde: “Tal formación debe comprender y armonizar todas las dimensiones de la vida sacerdotal; es decir, debe tender a ayudar a cada presbítero: a desarrollar una personalidad humana madurada en el espíritu de servicio a los demás, cualquiera que sea el encargo recibido; a estar intelectualmente preparado en las ciencias teológicas y también en las humanas en cuanto relacionadas con el propio ministerio, de manera que desempeñe con mayor eficacia su función de testigo de la fe; a poseer una vida espiritual profunda, nutrida por la intimidad con Jesucristo y del amor por la Iglesia; a ejercer su ministerio pastoral con empeño y dedicación. En definitiva, tal formación debe ser completa: humana, espiritual, intelectual, pastoral, sistemática y personalizada”.

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