domingo, 20 de marzo de 2011

PARA NUESTRA CONSIDERACIÓN...


"MODELO DE SUBIR Y BAJAR DEL MONTE"

En el evangelio de ahora, tomado de San Mateo 17, se nos narra que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los hizo subir a solar con él a un monte alto elevado. Ante la transfiguración de Jesús, Pedro exclama: "Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí" Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para tí, otra para Moisés y otra para Elías". San Pedro estupefacto, emocionado, nervioso o con miedo, como sea, lo notable es que no quería bajar ya del monte y sí permanecer en esa experiencia espiritual. 

"El monte como lugar de máxima cercanía con Dios" (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth). Nos puede pasar como a San Pedro: al estar contemplando a Dios, se nos puede pasar la noción del tiempo y olvidar la realidad circundante a nosotros. Nos sentiremos felices, tranquilos, regocijantes, en paz estando solo en oración, en las delicias espirituales... es decir, sin deseos de bajar del monte. Es que realmente es más cómodo estar absortos en lo espiritual sin una aplicación en lo terrenal. Cuando Moisés subió al monte para dialogar cara a cara con Dios, se lleno de su presencia a tal punto que su rostro resplandecía, pero al mismo tiempo, subió para recibir los mandatos para su pueblo, es decir, tenía claro que el subir era para luego bajar y aplicar lo experimentado en lo alto. Aquí ubicó al querido y recordado Monseñor Romero, en categoría ignaciana-jesuita: un auténtico contemplativo en la acción.

Monseñor es un modelo a seguir, pues el nos enseña imitando a Jesús, a no quedarnos en lo alto olvidando que tenemos una realidad por transformar, iluminar desde el evangelio. Claro, como platicaba con unos seminaristas mayores ahora, cuando a veces experimentamos algo mejor que nuestra realidad (en cualquier ámbito imaginable), a veces ya no queremos bajar, hasta el punto de olvidar orígenes y hasta nuestra misión. Monseñor Romero bajó del monte, la realidad del momento en el país no era bonita, había pasado la transfiguración, pero en conciencia el sabía que tenía que obedecer la voz del Padre: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias; escúchenlo".  Monseñor escuchó, asimiló en su interior la voluntad de Dios y se hizo escuchar, por lo que ha merecido el llamarse "el voz de los sin voz". 

Para nosotros los sacerdotes, es un llamado serio en este XXXI aniversario del martirio de Monseñor Romero: el ser contemplativos pero también activos. El. como sacerdote diocesano nos ayuda a evitar los dos extremos: el espiritualismo y el materialismo con ropaje de justicia. El, como nuestro Señor Jesús, nos enseña a ser hombres de oración pero también de acción, de acción por tener una solida oración. Monseñor Oscar Romero dijo: "La santidad, el sacerdote la alcanza por el ejercicio del ministerio que la Iglesia le ha confiado". y, ¿en qué consiste el ministerio que le la Iglesia le ha confiado?... Para nuestra consideración. 

Algún laico o laica puede preguntarse: para los sacerdotes está bien aplicado, pero ¿para nosotros? También, porque él antes de ser sacerdote, es cristiano, y eso es el común con todos los creyentes. Como decía en una predicación de ahora: estando en la celebración litúrgica, ante el santísimo, en las actividades grupales eclesiales, pueda que nos sintamos tan bien, no queremos volver a la realidad ordinaria, o por lo menos, evadirla por un buen momento. Aquí está el reto, pues hermanos y hermanas, movernos en la realidad ordinaria o extra-ordinaria con una visión nueva, con una mirada de fe en el Señor muerto y resucitado. 

Los que en ese momento histórico compulsivo en nuestro país, esperanza de las gentes, decidieron quedarse en lo alto del monte, protegerse con chozas permanentes, posiblemente han pasado al olvido... Monseñor Romero bajo, sufrió, murió, pero en el pueblo resucitó. 

Dios y María Santísima les bendigan a todos y todas.