miércoles, 19 de enero de 2011

ANTE LAS PROPUESTAS AUTOSUFICIENTES, FIRMES EN LA VERDAD

 "PARA VIVIR DEL ESPÍRITU DE CRISTO, HAY QUE PERMANECER EN SU CUERPO"
(SAN AGUSTÍN)

"El célebre Ulises (Odiseo) quien se hizo "atar" al mástil de su nave para poder escuchar -sin sucumbir al embrujo- el canto de las Sirenas cuando pasaron por delante de la "Isla de las Sirenas"

Prácticamente, para cada uno de nosotros, Jesucristo es, pues, su Iglesia, tanto si tenemos en cuenta sobre todo a la jerarquía que nos recuerda estas palabras de Jesús: "Quien a ustedes les escucha, a mí me escucha; y quien a ustedes los rechaza, a mí me rechaza" (Lucas 10, 16), como si tenemos que ver con todo el Cuerpo, con toda esta Asamblea en cuyo seno Él reside y se muestra, de cuyo seno se eleva, ininterrumpida en su nombre, la alabanza a Dios (Salmo 34, 18, Salmo 25, 12; Salmo 67, 27). 

Santa Juana de Arco expresaba en sus palabras ante los jueces, la profundidad mística de la creencia y el buen sentido práctico del creyente: "De Jesucristo y la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello".

POR LO TANTO...
 
Cualquiera que puedan ser las dificultades que nos asaltan o las turbaciones que corren el riesgo de extraviarnos, mantengámonos siempre firmes en los expuesto en los párrafos anteriores. Como ULISES que se hacía atar al mástil del navío para defenderse de las voces de las sirenas, agarrémonos, si es necesario, sin escuchar ni ver nada más que la verdad salvadora, cuya fórmula nos la da San Ireneo: "Allí dónde esta la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y allí dónde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es verdad; alejarse de la Iglesia, es rechazar el Espíritu", y por ello mismo "excluirse de la vida" (Contra las herejías, I. III, c. 24, n. 1: Por esto la Iglesia es las arras de la incorruptibilidad, la confirmación de nuestra fe y la escalera para subir hacia Dios". 
Por eso creo con San Juan que es imposible oir al Espíritu sin escuchar lo que dice a la Iglesia (cf. Apocalipsis 2, 7). 
Así que recordemos hermanos y hermanas, que no existe ninguna esperanza de unidad sólida fuera de aquella que ha recibido las promesas.
"Tengamos como un principio absoluto que no puede haber una razón válida para separarse de ella" (Cf. San Agustín, Réplica a la carta de Parmeniano, I. III, c. 5, n. 28)