domingo, 14 de noviembre de 2010

¿NO SERIA TODO MAS SENCILLO SIN LA IGLESIA, QUE CONSTITUYE UN OBSTACULO?

I PARTE

De golpe, el titulo puede parecer un ataque a la institución a la cual orgullosamente pertenezco, pero cuya intención no es esa, sino más bien, una reflexión inspirada en el maravilloso libro del eclesiologo jesuita, el cardenal Henry de Lubac: "Meditación sobre la Iglesia". En esta primera parte, expondré algunas ideas expresadas por pensadores, los cuales responden y afirman el encabezamiento del presente tema.

Podemos plantearnos, pues, la cuestión. De hecho, muchos filosófos que se lo ha preguntado. ¿No será todo más sencillo sin la Iglesia, que constituye un obstáculo? ¿No sería todo más ordenado, más racional? La Antigûedad no conocía semejante dualismo. Incluso cuando el sacerdote era distinto del jefe de familia, del jefe militar o del magistrado, la religión de cada uno era la religión de la ciudad. Cuando surgieron nuevos cultos, la ciudad no los reconoció más que absorbiéndolos, y ellos se prestaban a esta solución razonable. Por muy diferentes que fueran sus dogmas y sus sistemas de gobierno, griegos y judíos ignoraban igualmente esta herida que la institución de la Iglesia Católica ha abierto en el costado de los Estados y en las conciencias. El mal data del Evangelio. Es él que ha distinguido lo que hoy llamamos lo "temporal" y lo "espiritual". El que ha hecho de la Iglesia y de la Ciudad dos cosas, cuyos límites e intereses no coinciden. Es él el que, "al separar el sistema teológico del sistema político, ha hecho que el Estado dejara de ser uno, y ha causado las divisiones internas que no han dejado nunca de agitar a los pueblos cristianos". La Iglesia da a los hombres "dos legislaciones, dos jefes, dos patrias, los somete a deberes contradictorios, y les impide poder ser a la vez devotos y ciudadanos". Un solo remedio será eficaz: volver al sistema antiguo, "reunir las dos cabezas del aguila, a fin de realizar la unidad política, sin la cual jamás Estado ni gobierno alguno estaría bien constituido".

Hemos reconocido en estas palabras la voz elocuente de Jean-Jacques Rosseau, en su obra "Contrat social". ¡A cuántos otros escuchamos en ella! Resume una larga tradición doctrinal. Es la que resuena ya en el grito de Benzon de Alba, que se vuelve contra Gregorio VII y falsea la palabra de Jesús: "¡No pueden servir a dos señores!". y casi no hay ningún día que nos traiga un nuevo eco. Partidarios y adversarios del estatismo se unen en una misma queja. Proudhon, en su obra "La Fédération et l'unité en Italie", sentía que el cristianismo, que ha sabido "devolver al mundo lo espiritual que había perdido", no hubiera sabido unificar mejor la Iglesia y el Estado; reprochaba al Evangelio haber destruido la "conciencia común" en los países que han adoptado su ley y de haber puesto en su lugar "el desorden, la insurrección, el regidicio": situación violenta, a la que la Revolución debería poner término haciendo "entrar a la Iglesia en el Estado" (De la justice dans la Révolutions et dans l'Eglise).

No son sólo los teóricos del Estado los que parecen haber pensado en ello. Yendo más lejos, y en una dirección distinta al gran sueño agustiniano de unidad espiritual y de paz en la justicia que estuvo en el origen de la cristiandad, téologos canonistas han razonado igual. Les han irritado las mismas complicaciones. Les ha seducido un mismo ideal simplista. Porque hay dos maneras de unir, como nos decía Rosseau, las dos cabezas del aguila. Dos maneras contrarias, pero con un resultado parecido. ¿Por qué, en efecto, dos jefes en la sociedad? ¿Por qué dos cabezas en un solo cuerpo? ¿No se obtiene de esta manera un monstruo? ¿Pero desde el momento en que la sociedad era ahora la Iglesia, "el cuerpo místico" no había que concluir que el Papa, cuyos títulos eran más sagrados que los del príncipe, debía concentrar en su persona todo el poder, disponiendo a la vez de las "dos espadas"?.

Lo concederemos sin dificultad. Sí, por cualquier procedimiento que se llevara a cabo la reducción todo sería infinitamente más simple. Todo sería, teóricamente al menos más viable. Queda sólo por saber si semejante simplicidad sería deseable. Queda por saber si semejante facilidad de vida representa un ideal.

Continuaremos la reflexión y desenlace en una próxima ocasión.